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Construyendo recuerdos

 


Todos los padres, con intención o sin ella, se pasan buena parte de su vida construyendo recuerdos para sus hijos. Saben que esos recuerdos son una argamasa, una manera de unirlos entre sí, una forma de  educar y de crear los cimientos de cada una de sus vidas. Los hijos no logran darse cuenta hasta que ellos, a su vez, se convierten en padres. Es una de esas leyes que se cumplen siempre. Entonces comprendes hasta qué punto las preocupaciones que a ti te parecían tonterías, eran cosa seria para ellos. Comprendes que los sacrificios tienen todo el sentido y que los deseos de los padres se confunden siempre con el bienestar de los hijos. Ya sé que hay padres desnaturalizados pero esos no son padres, porque, el serlo, significa ser el camino de doble vía que conduce a los hijos. Lo otro es solamente biología. Es el amor el que surte todas estas acciones, el que logra sortear los obstáculos. Cualquier cosa que los padres hagan por sus hijos tiene una recompensa en sí mismo: la de ayudar a construir. 



En esa construcción hay películas del oeste, paseos y visitas, charlas ocasionales, libros compartidos, almuerzos, festividades, ritos. Los ritos establecen el hilo conductor que desembocará, pasado el tiempo, en los recuerdos, tan necesarios para andar los caminos, nada que ver con la nostalgia que a veces anestesia, sino con la voluntad de seguir. Las películas que viste con tus padres quizá no te gustaron en ese momento, o quizá sí, pero, en todo caso, habrá un momento en que pasarán a formar parte de tu armario de felicidad, de tu estructura íntima, de tu ser interior. Esas discusiones en las que los hijos quieren llevar la razón porque creen que lo saben todo y en las que los padres sonríen pensando que algún día las cosas serán de otro modo, constituyen el ágora en el que aprenderás a desenvolverte en el mundo hostil del exterior. Pero llevarás una cubierta agradable, una especie de abrigo, una bellísima forma de encontrarte contigo y con los otros. 



Lo escribió D. H. Lawrence y lo recuerdo a veces: los lazos del amor son difíciles de desatar. Los lazos entre los padres y los hijos tienen esa fuerza invisible de lo perdurable. Cuando repasas tu vida siempre aparecen en forma de héroes sin espada, de ayudantes de Santa Claus o de encargados del abastecimiento espiritual en tiempos de zozobra. Ellos tienen la facultad de hacerte sentir amparado, incluso cuando ya se fueron. La capacidad de escribirte una historia que compartieron desde el lado más difícil, el de los mayores. Los niños sueñan tan a menudo que confunden el deseo con la realidad, como si fueran poetas de lo efímero. Pero los mayores, los padres, tienen por seguro que la realidad vendrá a darse de bruces con el corazón y que entonces serán esos recuerdos, esos sueños cincelados en días especiales y en abrazos, los que harán que perdure la esperanza. Esa palabra que los padres conocen y que los hijos intuyen. 

(Pinturas de Winslow Homer, pintor estadounidense, 1836-1910)

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