Allá en Lisboa

Derrame la naturaleza su sol y su lluvia

sobre mi ardiente cabeza y que su viento me despeine

y después que venga lo que viniere o tiene que venir o no ha de venir.

(Pessoa, Álvaro de Campos)




¿Recuerdas?

Hicimos el viaje bajo la lluvia. No paraba de llover. La lluvia nos hizo reír durante todo el tiempo. Risas y más risas, mientras el sonido del agua golpeaba los cristales del coche. El limpiaparabrisas estaba viejo y tuvimos que parar a cambiarlo. Tardó tanto el chaval del garaje que seguimos riendo. Todo eran risas en ese otoño cargado de nubes oscuras y de fondos grises. Lisboa esperaba sin medida, sin culpa, sin motivo. Reíamos. 

Cruzamos las calles y los puentes entrando ya la noche. El hotel estaba iluminado. La gran plaza se abría para dejarnos ver su magnificencia, su estilo. Los ventanales estaban cerrados pero, a través de ellos, podía observarse la vida nocturna. La gente se movía con rapidez. Seguía lloviendo. Durante la cena comentamos que no queríamos agua, bastante agua habíamos tenido ya. Solo vino, el mejor vino para esa noche. Una noche en Lisboa no es cualquier cosa. 

De modo que bebimos y comimos y, en la media noche, el salón del hotel se llenó de luces indirectas, de bandejas que iban y venían en silencio, y todo el mundo escuchó a la cantante. Desgranaba la canción con aspecto cansado, tenía voz de soprano y actitud de superviviente. Nos gustó y quisimos seguir un rato más al lado de la ventana que se abría a la calle. La lluvia acompañaba los pasos, la voz de la cantante se escuchaba sin pausas, la mirada se llenó de cómplices que buscaron en ella algún motivo. Tú también. No lo hallaste. 

Este Lisboa no es el de siempre, dijiste. Con suficiencia y un poquito de orgullo. Ahora es mejor. Estás tú, dijiste. Y yo te creí, cómo no, igual que siempre. Te creí y era cierto. Lisboa era mejor con nosotros. 



(Fotos: Rui Palha, 1953)