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Vestidos como abrazos

 


Mi madre no era una mujer de abrazos. Sería por timidez o por sentido práctico, no tenía la costumbre que yo he visto en otras madres de andar achuchando a sus hijos, o de decirles palabras cariñosas, incluso admirativas. No. No logro recordar cómo abrazaba hasta la fase final cuando se agarraba a ti porque no quería que se le escapara la vida. Tanto tiempo he tenido conciencia de que esa falta de efusiones me había convertido en una mujer insegura que me ha hecho olvidar que el amor a veces se escribe de otra forma. 



No era cariñosa pero me hacía vestidos. Compraba la tela e ideaba la forma, combinaba colores y, sin miedo al cansancio del día, se empeñaba en terminarlos cuánto antes porque sabía que a mí me gustaba estrenar. No me alababa pero cogía sola el tren y llegaba a verme a esta ciudad desde la suya, con el equipaje de su sonrisa, espectacular y de su curiosidad. No daba besos pero me escribía cartas en las que lo contaba todo, describiendo con detalle qué había ocurrido en mi ausencia, qué había pasado con cada pequeña cuita doméstica. No prodigaba abrazos pero me ayudaba a burlar la vigilancia estricta de mi padre para que pudiera salir de noche, viajar o irme de conciertos en moto por toda la provincia. 



Los figurines de moda me la recuerdan siempre. Era adusta y sencilla en su forma de vestir pero le encantaba imaginar hechuras, combinar colores, cortar sin miedo y convertir la nada en un hermoso vestido. O hacer muñecas a base de trapos que sobraban. Su espíritu creativo no tenía bastante con la lectura o el cine sino que necesitaba la creación y sus manos eran el vehículo. Sus manos eran como palomas y, al final de su vida, se posaban una junto a la otra, asustadas, sin saber apenas dónde estaba y por qué. No era cariñosa pero derramaba el amor en todo lo que hacía. 

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