Supervivientes

 


No están en una isla vigiladas por mil cámaras que se mueven de un sitio a otro, intentando captar cualquier movimiento, cualquier pelea, la pesca del primer pez, la charla confiada, el sueño...No van a cobrar un sueldo vertiginoso al final de las semanas o los meses de permanencia en un escaparate donde ellos son los objetos y nosotros los observadores...No tienen una reseña en el periódico ni se les va a conceder ningún premio ni siquiera son héroes anónimos de los que, alguna vez, habla la gente...

Simplemente están solas. 


Da igual la edad, la ocupación, el tiempo que dedican a ellas mismas, las ilusiones que tuvieron o las cosas que tienen que decir. Están solas. Han llegado a la soledad por distintos caminos. Han encontrado el mismo espacio sin quererlo. Han llegado a las mismas conclusiones. Son islas en medio de un océano de diversión y risa. Están solas. Cuando las vacaciones amanecen y todos hacen planes, ellas seguirán recorriendo la ciudad en silencio o se sentarán junto a la ventana mirando a través de los cristales o escribirán en cuadernos de pastas coloreadas algo de lo que piensan, algo de lo que sienten, algo de lo que temen. 

Lo han perdido casi todo. 

Han dejado atrás muchas cosas. Han perdido el tiempo buscando otras que nunca llegarán. Han esperado un milagro sin saber que los milagros solo existen si no los deseas. Han inventado un lenguaje propio que se conjuga sin verbos y adjetivos. Han deseado que la vida cambie y les lance un reto inalcanzable pero emocionante al menos. Lo han perdido todo. Y no tienen delante de sí nada más que horizonte. Y el horizonte tiene un marcado color púrpura que asfixia. Y la esperanza no se conjuga. Y los besos no existen. Y el termómetro arrasa la distancia y hace prosperar un llanto firme. 


A veces tienen la suerte de encontrar un alma gemela. Alguien que, solo por un instante, entienden su gesto, escuchan su conversación, sienten el mismo vértigo. Es raro, desde luego, porque la soledad es ya tan honda que poco puede hacerse por cambiar su signo. Ese tiempo singular en el que se sientan frente a frente a un rostro amigo quizá convierta milagrosamente el miedo en sonrisa y la aprensión en búsqueda. Pero será únicamente un espejismo y los espejismos no tienen duración ni siquiera en el desierto. Los caballos montados por expertos jinetes que aparecen en la película cuando los créditos están a punto de saltar tienen la vida breve. Se diluyen entre la niebla, entre las sombras o entre la brisa. 

Ya no les quedan sueños.

(Imágenes de Edward Hopper)


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