Presencia intuida

 


Frío. Un frío de pobres. 


Los ventanales dejaban adivinar que en la calle el helor se aposentaba en los cuerpos. En la casa, en cambio, un agradable calorcillo hacía deseable estar así, cómodamente vestida, cálidamente arropada. Ha sonado el teléfono. Al otro lado de la línea se oye la voz de la única persona del mundo a quien quisiera oír siempre si pudiera elegir. Minutos después, el armario abierto de par en par, las pinturas por la encimera del cuarto de baño y las cajas de zapatos por el suelo, indican que algo va a pasar, que la tranquila comodidad de las horas lentas de la tarde se ha trastocado. 

Y así es. Sale corriendo al exterior. El frío desaparece. No existe nada más que esa voz y esa presencia intuida. En un rato, sin que su corazón haya dejado de latir con fuerza, allí está él, a lo lejos, sonriéndole y extendiendo los brazos hacia ella. 

Todo lo que siente ahora es el suave y definitivo ardor de la sangre.



(Ilustración: Enric Torres-Prat. Barcelona, 1940) 

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