Oda al papel

 

Era una casa llena de niños. Una parte de la azotea miraba al levante y la otra, al poniente. Así, los dos vientos principales tenían asegurada su presencia muchos días al año. El estado del viento era la primera conversación del día y la que concitaba más disputas. Los vientos estaban tan humanizados que había categorías y hasta nombres cariñosos: levantito, levantazo, levantera, ponientazo, poniente ennortado...Hasta que el padre intervenía y sentaba cátedra. Él conocía la mar como si fuera su casa, y también sus salinas, sus barcos, los astilleros anclados a ambos lados del istmo, las playas y los fuertes que Napoleón hizo construir inútilmente. Los niños de la casa escuchaban extasiados sus historias. Parece que hoy el levante tiene malas intenciones, habrá que ver en qué acaba todo esto, decía con una voz suave pero firme. En algunas de esas historias podía existir algo de invención, pero eso era natural. También dibujaba unos grabados muy especiales, sobre todo un caballito, siempre era el mismo caballito, no cambiaba de forma, ni de color, ni de movimiento. El caballito del padre era como el árbol de la muchacha sin nombre de "Rebecca" porque, habiendo encontrado algo que es perfecto no hay necesidad de cambiarlo. Quizá el padre soñaba con montar a caballo y no con conducir un coche. Pero eso es una verdad que ellos, los niños, nunca quisieron preguntar. No es fácil convencer a un auditorio tan exigente, de modo que, con el paso del tiempo, hubo otros temas y otras vicisitudes, pero siempre con el aire cuajado de nostalgias pasadas, de vínculos familiares, de atrocidades con fecha de caducidad, de esperanzas. Esos relatos fueron cosiéndose a la piel de cada uno, a modo de suavísimo recipiente en el que anidaban las cosas que nunca dejarían de tener su sitio. 

Allí también estaban los poemas de Miguel Hernández, el poeta familiar, cuyos versos todos recitaban sin dudarlo, de tantas veces como se oían y comentaban. Y las obras de teatro clásico y mucho cine, cine, cine, diría Aute. La madre era cinéfila y leía libros de amor y de misterio. El padre, salinero y amante de las máquinas. Los dos, ávidos lectores de periódicos que llegaban puntualmente a la casa, desde siempre, desde toda la vida. La llegada del periódico, ese Diario de Cádiz de ancha sábana, era todo un espectáculo. Todos los niños querían ser los primeros en desplegar las páginas y había que formalizar una tregua para que el reparto de hojas fuera equitativo. Leer el periódico era uno de los placeres del día y la subsiguiente tertulia una consecuencia. Muchas ocasiones traían el desacuerdo, todos querían opinar y lo hacían con entusiasmo y con la formidable defensa que la adolescencia y la primera juventud hacen de sus ideas o de sus pasiones. Todo era objeto de debate, era una especie de ágora cubierta por la suave brisa que movía las cortinas y venía del Atlántico. De ese modo se forjaron muchos pensamientos y se descubrieron ideas antiguas. La palabra era el eco y el foco. La discusión el sistema por el cual los niños aprendieron que entre los seres humanos todo lo que no se escriba puede desaparecer sin remedio.

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