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Mira hacia el otro lado

 


(Gerda Wegener. "L'Aperitif " 1928 )

Te empeñas con enorme contumacia en mirar siempre allí, en una dirección equivocada y que tiene delante un muro de cristal, un obstáculo insalvable, una flecha que indica que no pases. Quizá no eres culpable de esta manía insumisa que te absorbe, porque en un tiempo no fuiste tú la que fundó una costumbre que se ha tornado peligrosa. Pero debería darte igual. Si un aparato se queda viejo y no funciona, si su mecanismo está averiado, si su utilidad es nula, cualquier persona razonable lo tiraría a la basura, a uno de esos modernos contenedores de colores, no sé de qué color. 

Pero te has obcecado en creer que una luz divina que salga de ese cielo que miras con asombro va a reverdecer sus gastados goznes, va a limpiar de suciedad su interior, va a arrasar con los tornillos cansados. Y, de este modo, todo se volverá a unir y a saltar de gozo, en un movimiento sincopado y feliz, como el de los tiovivos, como el de las depuradoras de la piscina que, sin cloro, solo con la humilde sal, son capaces de ser útiles y de devolver el azul a todas las aguas. Te equivocas. 

Te equivocas dos veces. Al mirar hacia allí y al no mirar hacia el otro lado. Allí está la penumbra, la tristeza, el miedo y la angustia. Ah, esa vieja amiga que te oprime al respirar y que te hace sentarte y no querer moverte de un solo ladrillo que te protege. Allí está y se mantendrá mientras no te des cuenta de que tu cabeza está orientada en una vía errónea, en un desasosiego calculado, en una fuente de absoluta desdicha. Miras allí y no hay nada. El emperador iba desnudo. La fuente está desnuda. El hombre que chapoteaba algunas veces, en unas corrientes turbias y opacas, se ha marchado sin avisar y vuelve de vez en cuando para perpetuar la pereza de un dolor cansino y acabado. 

Mira hacia el otro lado. Está la gente. La verdadera gente. La buena gente. Gente que no traspasa el corazón con un puñal. Que no miente, que no absorbe energía, que no reparte incertidumbres. La buena gente del color dorado y la que abre la puerta, no la cierra, no la atranca, no la bloquea. 

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