Ir al contenido principal

Los padres de las niñas

 


(Fotografía de Louis Faurer)

El padre de una de las niñas estaba liado con la vecina de enfrente. Ella llevaba siempre una coleta, vestía pantalones al tobillo y andaba en moto. El padre, en cambio, era un hombre recatado e invisible, muy dedicado a sus libros y a sus trabajos (tenía dos o tres). La familia no llegaba a fin de mes porque eran muchos y nadie comprendía cómo podía sacar tiempo para estar con la vecina de la coleta y, mucho menos, si era capaz de hacerle algún regalo a veces. Tampoco era lógico, decían, que la vecina no pidiera algo más si estaba con alguien que le doblaba la edad y que era tan feo. Las niñas pensaban que eso era cosa del amor y que el amor era fastidioso con algunos y terrible para otras. Ninguna de ellas tenía la más mínima intención de fijarse en un individuo tan patoso y con tan poco don de gentes. La hija del amante de la chica de la coleta no parecía darle ninguna importancia aquello y su madre también lo sabía. Aceptaban que su padre era así y que ellas no tenían nada que comentar al respecto. Era una familia rara, todos lo suponían. 


(Fotografía de Jay Leyda)

Algunos padres no aparecían nunca por la calle. Madrugaban tanto que solo se sabía su existencia porque las hijas afirmaban que era verdad. Tampoco participaban en las fiestas ni en las charlas. Solo estaban en el trabajo y allí parecían eternizarse. El mundo de las mujeres y de la calle no era suyo, era un mundo ajeno del que no conocían apenas nada, salvo cuatro chismes que les contaban las madres cuando los veían llegar del trabajo, tan cansados y perdidos que no merecía la pena gastar saliva. Las niñas no sabían si deberían estar orgullosas de sus padres o, por el contrario, sufrir de algún síndrome que los psicólogos tendrían que haber descubierto ya. Los padres ausentes eran la mayoría y solo uno que era profesor y el otro que tenía una tienda de comestibles parecían ser de carne y hueso. Era para dudar. Demasiado tiempo libre, decían las niñas. Mi madre tiene demasiado tiempo libre, comentaba una de ellas que era hija única. Mi madre se aburre y cualquier día va a fijarse en el tío que arregla las máquinas de coser, a pesar de que es cojo y gordo. Pero mi madre se arregla para nada, se viste para nada, se pinta para nada, mi padre no se fija en ella, no puede fijarse porque, definitivamente, no está. 


(Fotografía de George Platt Lynes)

Había un padre muy guapo. Vivía al final de la calle y tenía dos hijos, ambos tan guapos como él. No había hijas en la casa y por eso las niñas no sabían apenas nada de su vida. El padre era un artista de cine, de esos que siempre llevan el pelo hacia atrás y visten trajes cruzados. No entendían muy bien a qué se dedicaba pero la casa era la mejor de la calle y la madre aparecía compuesta y con bolsos extravagantes de colores vivos. Muchos bolsos, lo que no era razonable en una calle cuyas familias trabajaban la mayoría en los astilleros. Esos bolsos de colores vivos eran un auténtico dispendio y así lo tenían establecido el resto de las madres. Un bolso sólido, de color oscuro, para el invierno y un bolso claro, sencillo y grande, para el verano. Eso era todo y eso era lo lógico. Pero la esposa del hombre guapo tenía un bolso rojo de charol, muy pequeño y con asa dorada. Además, otro con un lazo zapatero en azul claro y una cesta de mimbre con flores y frutas alrededor e, incluso, una cartera de mano a cuadritos. La opulencia de la familia estaba muy clara. Gastar dinero en bolsos no podía considerarse austeridad. El hombre guapo y la mujer de los bolsos eran los únicos que paseaban por la calle agarrados del brazo, incluso de la mano, que era un contacto todavía más íntimo. Las niñas nunca habían visto así a sus padres y creían que aquello era solo cosa de películas. Debían estar enamorados y por eso ella no llevaba bolsos negros, sino rojos o azul claro. 


(Fotografía de André Kertész)

Tres niñas tenían un mismo padre, aunque dos madres diferentes y ese hombre les parecía a todas una especie de sabio, porque leía mucho, llevaba siempre libros encima y compraba periódicos. Las niñas que eran sus hijas decían que había sido muy pobre y que estudiar le sirvió para encontrar un buen empleo, un empleo de cuello blanco, decían, y que así la familia vivía con cierta comodidad a pesar de que el hombre guardaba una pena evidente por su primera esposa, que había muerto muy joven y lo había dejado con dos niñas pequeñas y bastante perdido. Menos mal que la esposa tenía una hermana y esa hermana se casó con el hombre triste y que leía tantos libros. De ese modo, las niñas eran hermanas y primas a la vez lo que ocasionaba bromas y chistes por parte de las otras. Pero ellas no se daban por aludidas. Tener un padre sabio en esa calle era un salvoconducto del que estaban muy orgullosas. 

Entradas populares de este blog

"Tú eres buena, tú eres lista, tú eres importante"

(Aibileen Clark con la niña a la que cuida, Mae Mobley Leefolt en Criadas y señoras, 2011) Una frase puede valer tanto como un tratado. La mayoría de los que escriben darían oro por una buena frase. Las frases son como las ideas: lo más difícil de hallar, lo más fácil de plagiar y lo más duradero. Una buena frase representa un logro para el que la escribe o pronuncia. Detrás de una buena frase siempre hay una idea valiosa. Y, además, una buena frase te hace pensar en cuestiones que merecen la pena.  La película Criadas y señoras (The Help, 2011, de Tate Taylor) incluye esta frase en boca de la criada negra de la niñita blanca: "Tú eres buena, tú eres lista, tú eres importante" . La criada negra no ha estudiado psicología pero ha criado ella sola a diecisiete niños. Todos ajenos. Todos blancos. Resulta incongruente cómo en esta película ( y supongo que también en la realidad que retrata) las mujeres blancas dejan a sus preciosos hijos blancos en manos de criadas

"El placer de vivir sola" de Marjorie Hillis

Para quienes piensen que este es un libro más de esos de autoayuda que nos tienen cercados hace tiempo basta fijarse en el año de su publicación original, 1936. Marjorie Hillis (1889-1971) es una pionera en todos los sentidos. Su trabajo en la revista Vogue la puso en contacto con mujeres que, como ella, llevaban las riendas de su vida. La publicación del libro obtuvo un enorme éxito. Es verdad que ella terminó saliendo del círculo de solteras independientes a las que iba dedicado: se casó en 1939. Pero eso no significa nada, salvo que esperó a casarse el momento en que encontró al hombre adecuado. Este resultó ser Thomas Henry Roulston, viudo y propietario de algunas tiendas en Brooklyn. El matrimonio duró diez años pues su marido murió en 1949.  Hillis, que llegó a ser editora asistente de Vogue, era hija de un pastor congregacional y estudió en un colegio para señoritas en New Jersey. Después del éxito de este libro escribió otro dedicado a los negocios que podía emprend

Hombres solos, hombres solitarios

Presumes que eres la ciencia y yo no lo entiendo así porque siendo tú la ciencia no me has comprendido a mí. (Soleares. Juanito Mojama) ✿✿ En los tiempos del Oeste americano, que tanta literatura ha creado y, sobre todo, tanto cine, los hombres cargaban sobre sus hombres el peso de la valentía. Ser cobarde era un oprobio. Ningún cobarde podía sacar adelante a su familia, ni mantener sus tierras, ni vivir con dignidad. Pareciera que la valentía era la moneda de curso legal. Y, sin embargo, el cine nos cuenta que los valientes o los dignos eran la excepción. Más bien hombres solos, a veces también solitarios, que, llegada la hora de la verdad, se encontraban en la más estricta y descarnada soledad. Los guionistas de los westerns eran, como se ve, grandes conocedores de la naturaleza humana, bastante más que la propia señorita Marple que decía siempre, comparando a la gente que conocía con la de su pueblo natal Saint Mary Mead, que "es la misma en todas partes