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"La flor" de Mary Karr

 


Este es un libro que necesita su tiempo. No es de esos fulminantes que tienes que leerlos en una tarde y que te despiertan para acabar su lectura. Requiere madurar lo que se cuenta y darle un poco la vuelta, mirarte al espejo. Vas avanzando y observas que, aunque las circunstancias son distintas, tú también tuviste doce y trece años, y luego dieciséis, y te subiste al coche de aquellos dos amigos que te llevaban de paseo por la ciudad y una noche te escapaste en moto para ver a Serrat en una playa y te largaste de camping con otro muchacho que también iba en moto y así muchas otras cosas. Te das cuenta de que Mary Karr podría haber situado su historia en otro sur o en otro norte. Porque lo que importa es lo de dentro. Le quitas la cáscara y ahí está la mirada del padre preguntándose por qué te vas. Y ves a tu madre, agobiada sin duda por la carga de la familia, que te dice que hagas lo que quieras, que es tu vida y que debes vivirla. No como yo, añade. Las madres siempre tienen un diálogo oculto con las hijas y los padres son seres invisibles a los que no llegas a entender hasta que pasa mucho tiempo y ya no hay remedio. Mary es consciente de eso y su relato nos da muchas pistas de por qué no perdona su pobreza o su desidia o todo al mismo tiempo. 


Una niña excluida es una niña rara. No estar en el grupo de las que son populares, divertidas, guapas, traviesas y con gancho te convierte en un bicho al que nadie invita a las fiestas de pijamas, esas idioteces americanas que ahora copian las amigas de Tamara Falcó. Sentirse marginada debe ser muy doloroso. Mary Karr lo sabe y lo cuenta. Y por eso se pueden reconocer ciertas tristezas viejas. No dejar que nadie acuda a tu casa porque tu casa no es lo suficientemente poderosa como para disponer de un hermoso salón donde recibir. No dejar que nadie conozca a tu padre porque puede llegar con una copa de más. En todos los lugares del mundo, en los colegios y en las calles, hay niñas como ella, que no son aceptadas y que nunca tienen sitio en los planes. Eso te convierte seguramente en un personaje huidizo, cada vez más excéntrico. Todas hemos conocido a personajes así, a chicas así. Quizá muchas de nosotros también hemos sentido la exclusión por algún motivo. Una chica brillante puede ser excluida por eso mismo. Una chica torpe, también. Y ese es un dolor que se enquistado para siempre. Por mucho que triunfes y que logres tus objetivos siempre habrá un hueco que rellenar, el de aquella fiesta a la que no fuiste invitada, el de aquellas amigas que te miraban con recelo, el de aquella niña guapa que se puso delante de ti y de dijo cuatro verdades increíblemente duras. Y, por eso, Mary Karr comenzó a leer. 


Todas las escritoras terminan reconociendo que ellas fueron niñas raras, como Mary Karr, que no tenían un sitio reservado en ninguna parte, que sus madres olían a cebolla y a estiércol y que su padre bebía demasiado. Incluso las hijas de pastores anglicanos tienen la carencia del cariño. Incluso las que parecen no necesitar zalamerías también se sienten ninguneadas. Todas esas niñas se zambullen en los libros como en una piscina de agua limpia, limpísima, que las sacude y les quita la modorra, que les aviva los pensamientos y aguza su inteligencia, que reverdece sus deseos de ser de otro sitio, de ser de otra manera, de ser otra cosa. Mary Karr quería otros padres, otra casa, otra ciudad y otras amigas. Y, sobre todo, quería ser otra. Una muchacha triunfadora, gentil, hermosa, decidida y apreciada. 


De las amigas se pasa a los chicos. Ningún chico querrá salir contigo más de una vez. Así nos lo confiesa, en este itinerario vital que va dando saltos y que, desde una atalaya, avisa de las consecuencias de todo lo que ocurre. Y, desde luego, no intentará besarte. Al día siguiente, las confidencias en el gimnasio de la escuela de secundaria o en el parque o en el rellano de cualquier casa, tendrán que convertirse para ti en un elemento muy extraño. O te inventas una historia o te quedas sin historia. Pero esa invención puede acabarse enseguida: los chicos se lo cuentan todo entre ellos y desmentirían un affaire si tú fueras capaz de llegar a imaginarlo. El desprecio de los chicos es subsiguiente al desdén de las chicas, porque no eres lo bastante guapa, ni alta, ni simpática ni hueles tan bien como las otras. El olor a fracaso es algo que debe llevarse encima desde que  una nace.
 

En los años setenta, en los Estados Unidos, una joven rebelde sabía que tenía que tomar el camino que iba de Texas a California. En cualquier furgoneta desvencijada, con amigos del día anterior, una buena porción de drogas y música a tope. Pese a todo, nada de esto significa que se ahuyentaran los fantasmas y que la vida se trasmutara en una bendición. Porque la infancia y la adolescencia dejan sus huellas sin dudarlo y porque Mary Karr, en estas memorias desvergonzadas, no ha querido ocultar ni el dolor ni el fuego de la pasión. De niña a mujer, pero sin paliativos. 

La autora de "La flor" nació en Texas, en el año 1955. En la editorial Errata naturae, en colaboración con Periférica, se han publicado otros dos libros suyos, "El club de los mentirosos" e "Iluminada". Pero este "La flor" es el más potente de todos, el que saca a la luz con mayor relieve su lenguaje descarnado e ingenuo a la vez, sincero pero misterioso en algunos aspectos. Ha ganado muchos premios y es profesora de Literatura. Sobre todo, es una escritora que avanza con energía en el mundo de la literatura porque ha decidido no callarse.

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