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Confidencias

 

Lesser Ury pintó los paisajes lluviosos de las ciudades, con un agradable batiburrillo de coches de caballos, transeúntes y vigorosas pinceladas que destacan, sobre todo, el porte imperturbable de las mujeres que pasean sin importarles el mal tiempo, los charcos del suelo o el aviso de tormentas. Al fondo, detrás de los oscuros árboles, parece asomarse la esperanza de un sol tardío, pero, en realidad, a ellas no les importa. Subidas sobre sus altos botines negros, con sus medias oscuras y sus vestidos llenos de coquetería y de elegancia, se mueven con soltura y muestras sus rostros diminutos bajo los sombreros y detrás del rouge, el maquillaje y la sombra de ojos. 

Ese tiempo glorioso del paseo con amigas, lleno de confidencias que solo ellas conocen, de esa larga letanía de novedades que salpican la calle, como los coches salpican a los viandantes que recorren la acera. Esa sonrisa abierta y hasta cómplice, una complicidad genuina y sin alertas, esa sencilla forma de mirarse entendiendo, todo lo que la amistad tiene cuando la amistad se escribe entre personas que nunca van a usar las malas artes ni la envidia, ni siquiera el disimulo arrogante o la muestra innecesaria ante los ojos de las otras. Belleza de tiempo inhóspito, con rayo de sol al fondo; brillo inusitado del suelo, expandido en oro, fuego extenso; contraste entre la mujer de rojo y la de negro, algo que aparece con frecuencia en sus cuadros. Lesser Ury repitió muchas veces algunas escenas pero nunca podríamos decir que no captó como una Polaroid, ese mínimo instante de la confidencia única. 

(Pinturas de Lesser Ury) 

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