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Ahora no es el momento

 


(Peregrine Heathcote. The nigth call)

La vida está hecha de momentos. A veces esos momentos duran una eternidad. Y otras veces, un soplo. Pero en la memoria suelen convertirse en ráfagas, en pequeñas alucinaciones que simplemente sabemos que ocurrieron por algún detalle que se quedó fijado en la retina. O por una anotación en un cuaderno, una libreta de pastas de colores y hojas lisas. Una libreta sin espirales, con cinta roja y cosida a mano. 

La impaciencia convierte los momentos en una suerte de tiempo expectante, vivido a medias. Esperar es un desafío a nuestras emociones. Ninguna de ellas está hecha para ser convertida en el paso previo de algo. No. es mejor tener claro que todo forma parte de una vida y que toda la vida ha de ser vivida como se merece. Queremos que el tiempo pase deprisa, pero cuando pasa advertimos que hemos gozado a medias, que hemos sufrido a medias. 

Una vez leí un libro. Era un libro ínfimo, con muy pocas páginas, mal impreso y con hojas ásperas y de color vainilla. Estaba traducido del idioma original y en su portada no había dibujos, solamente el título y el nombre del autor. El libro no era prosa ni era verso, sino esa forma extraña de aforismo tan propia del mundo oriental. Descubrí en ese libro una especie de guía, como una advertencia inusual sobre el peligro de anticipar, esperar y saltarse la vida como si fueran charcos que debiéramos atravesar con botas de agua y mucha prudencia. 

En ese libro se decía que todo el tiempo es tiempo. Que todas las horas forman parte del mapa de las horas. Que las emociones, los sentimientos y las ideas, los pensamientos, las acciones y las dudas, componen un mosaico indisoluble, que puede estar más o menos acabado, ser más o menos perfecto, pero que existe sin que podamos evitarlo. En ese mosaico está la facultad de vivir o de dejar pasar la vida. De experimentar o de esperar a que las flores salgan solas y se vuelvan a agostar. Esa elección es siempre nuestra, decía el libro. Una espera sin meta, una expectativa sin ansiedad, un deseo sin convulsiones. 

Así, de esa manera, tranquilamente, sin buscarte, sin nada más que rosas de perfil perfumado, así te quiero. Como el mar quiere a su agua. Sabe que volverá al cauce, aunque la riada inunde otras tierras ajenas. Sabe que tendrá sentido pese a todo. 

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