Lo nuevo de Woody Allen


Desgraciaíto el que come
el pan por manita ajena
siempre mirando a la cara
si la pone mala o buena. 

(Martinete. La Moreno)


Los cinéfilos nos entendemos cuando hablamos de "lo último" de Woody Allen. Es un director prolífico y esperamos siempre la próxima película. Él también. Lo cuenta en sus Memorias. "A propósito de nada" es tanto su infancia y su adolescencia como su pasión por el cine. Además, un intento desesperado de aclarar que las acusaciones contra él, desestimadas por la Justicia, le han hecho un daño irreparable. Que esto es así lo demuestran algunas de sus películas. Desde que se volvió a poner sobre la mesa la cuestión, al calor de extremismos ideológicos que ahora están cubriendo el horizonte, Woody Allen no ha vuelto a ser el mismo director. Se acabó su libertad y se acabó la posibilidad de seguir haciendo películas cada año. Ahora, para hacerlas, tiene que "venderse". Para encontrar actores que quieran trabajar con él, para hallar productoras, para que los técnicos estén a su lado. Ya se vio lo que significa un trabajo lastrado por el marketing en "Vicky, Cristina, Barcelona", posiblemente su peor película hasta la fecha. Que el trabajo de Penélope Cruz fuera merecedor de un Oscar anuncia dos cosas: que lo políticamente correcto aún no había triunfado en la Academia y que eso de los premios es una lotería que depende de con quien te midas cada año. 

Que Deborah Kerr nunca ganara un Oscar, a pesar de seis nominaciones, y que solo obtuviera ese que dan de consolación a toda una carrera en 1994, es el paradigma de lo que digo. Y no es un caso único, desde luego que no. Pero volvamos a Allen y a su nueva película. Siguiendo este circo de ciudades que retrata, lo de menos es la historia, está también Midnigth in Paris, una película sin pies ni cabeza, donde todo aparece mezclado para que no falte de nada y que lo único que tiene de hermosura es la fotografía de la propia ciudad. En esa línea está su última película, ahora sí, presentada en el Festival de San Sebastián (ay, lo que era este Festival y lo que es ahora), producida por capital español y con algunos actores españoles. No he visto la película y no puedo opinar de ella. Tampoco las críticas (blandengues pero no positivas) me hacen escribir esto sino la convicción de cómo una carrera artística se trunca por motivos políticos o, como en este caso, familiares. La sombra de las acusaciones persigue a Woody Allen y nadie quiere mancharse las manos. 

Eso me produce una enorme tristeza. Es una historia de falso culpable. Henry Fonda podría contarnos mucho de esto. En su película, la pobre Vera Miles acaba en sanatorio psiquiátrico porque no puede soportar la injusticia. Sentirnos mal tratados, sentirnos acusados sin motivo alguno y sin tener más posibilidades de demostrar nuestra inocencia es una situación terrible. A veces se escapa un culpable, sí, pero ¿cuántos inocentes pueden estar padeciendo?. Si hacemos caso a la Justicia (deberíamos, porque no somos dioses ni jueces) este es un hombre inocente que lleva una letra escarlata encima y que lo estigmatiza hasta extremos inconcebibles. No, no lo han lapidado, pero casi lo mismo. Los actores y actrices que han trabajado con él, muchos de ellos, reniegan de esas actuaciones, a pesar de que les dieron fama y prestigio sobre todo. Los que aún no han trabajado esperan que no suene el teléfono. La propia Elena Anaya en entrevista reciente cuenta que esa fue la primera pregunta que le hizo su agente en EEUU: ¿Trabajarías con Woody Allen? Para evitar ser objeto de crítica ella acentúa rápidamente dos cuestiones: Que Bardem y Cruz lo han defendido (y como son iconos progres nadie puede criticarlos) y que ella jamás trabajaría con Polanski, porque, ese sí, es un condenado y prófugo de la Justicia. 

Woody Allen, que quisiera seguir rodando hasta el último día de su vida (así lo cuenta en sus Memorias), no tiene la suerte de Clint Eastwood. Ambos son, quizá, las dos figuras más importantes del cine de los últimos cincuenta años, pero hay una gran diferencia entre ellos. La primera es que Clint no tiene ex-esposas insatisfechas que lancen bulos contra él, ni hijos atormentados. La segunda es que fundó su propia productora muy pronto, en cuanto entrevió el negocio y se dio cuenta de que depender de otros en este aspecto era un suicidio. Esa inteligencia práctica lo convierte en dueño y señor de sus trabajos, cosa que Allen nunca ha sido. Siempre ha tenido que depender de la pasta que otros han arriesgado y por eso es un director vulnerable y, ahora, vapuleado.

Su última película va de un director que acude al Festival de San Sebastián con su esposa y que está lleno de dudas existenciales y también reales. Poco más o menos como estamos todos. Consuela pensar que no somos los únicos en vivir este vértigo de la vida en la encrucijada. La película está fotografiada por el mago Storaro y eso es ya un placer para la vista. Adoro los colores de Storaro, cómo convierte una calle cualquiera, con sus veladores y sus ventanales medio abiertos, en un paraíso de la intimidad y, a la vez, en un modo de encuentro. San Sebastián, que es una ciudad preciosa que conocí hace años en tiempos peores para la convivencia (aunque nunca se sabe), aparece hermosa y complaciente con esa fotografía de Storaro, un viejo maestro que sabe que el secreto está en la luz, como sabían también otros grandes. Entre esos grandes está Néstor Almendros, pero para Storaro la luz es dorada y para Almendros es blanca. Matices. 


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