El último modelo


Le encantaban los coches. Le parecían un artilugio serio, una máquina inteligente, un bombón, un lujo. Siempre quiso tener coches y guiarlos, cruzar con ellos el mayor espacio de tierra posible, las mayores extensiones. Un coche y unas gafas de sol, la vida. 

Con un aire de Alain Delon apacible y quizá unas gotas de Sir Laurence Olivier por eso de la elegancia, era posible verlo con su camisa blanca arremangada, su pantalón de dril color canela y una sonrisa efímera pero imponente. Las mujeres lo adoraban y las chicas se enamoraban de él. Él las quería a todas pero más a su coche. Porque sabía que el coche podía cambiarse a modo y ellas eran una pesada cruz si se empeñaban. 

Las noches eran esos momentos en los que las verbenas refulgían, las ferias tenían el sabor antiguo del algodón en nube y las mesas de las casetas se llenaban de pasiones inconfesables, todas ellas perdidas, todas ellas asustadas, todas ellas demasiado evidentes. Y por eso prefería la luz del día, cuando el coche presentaba su mejor aspecto, su brillante color acerado proclive a todo, su carrocería impecable, sus frenos sin tacha. Un espléndido motivo para seguir amando. 


(Fotos: Joel Meyerowitz)

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