Escribiéndote, escribiéndome


Si, como Kathleen Kelly y Joe Fox, has mantenido un idilio por email, entonces puedes entender el misterio de la palabra escrita y del sonido de "tienes un mensaje nuevo". En caso contrario, pensarás que esta es una película boba y que ellos no se quedan atrás. Sería inútil intentar convencerte, traerte a la religión de la cita a ciegas, del libro y la rosa en la mano o del portátil funcionando clandestinamente de madrugada. Una vez mi desconocimiento de las rutinas del correo electrónico me jugó una mala pasada y, en otra ocasión, fue una impresora atascada la que montó el lío y me dejó sin coartada. No entraré en detalles. Como dicen los famosos de la tele, no hablo de mi vida privada. 


O, quizá, tan solo algunas pequeñas pistas. De cómo la escritura a distancia tiene un componente sensual muy por encima de algunas citas presenciales. Algunas de esas citas han sido horribles y capaces de descomponer a cualquiera. Lee, por ejemplo, mi texto "Cucarachas" en el que cualquier parecido con la realidad no tiene por qué ser una mera coincidencia. Sin embargo, tiene muchas ventajas eso de sentarte en la soledad de tu escritorio (rojo inglés, por más señas, de madera cálida y suave), mientras charlas tranquilamente con un individuo al que verás, lo máximo, tres veces en toda tu vida. Salvo si hay una conjunción de astros y todo se resuelve a tu favor, cosa mil veces más difícil que la subida de la Bolsa en tiempo de elecciones. Te sientas, además, en camiseta, o con tu conjunto de franela a cuadros o de suave lana con muñequitos. Lo más en atuendos es, para estas cosas, ese pantalón de corazones que tiene una sudadera roja a juego, pero eso es solo para momentos cumbre, para amores entregados. 


Aunque tu apartamento no esté diseñado para salir en la película siempre puedes intentar darle un toque de romanticismo añadiendo por aquí y por allá algunas luces indirectas, unos saquitos de tela bordados con jabón dentro y jarrones con flores de tela. Las flores de plástico espantan pero las de tela tienen un buen disimulo y no siempre puede uno encargar al jardinero que tenga dispuestos los ramos. Hay que tener recursos para todos. Con tus zapatillas del ratón Mickey y la palabra a flor de piel estoy segura de que tus mensajes serán capaces de transmitir al otro lado del ordenador tanto fuego como en el cuerpo tenía la otra Kathleen. 


A veces, las palabras pueden significar más que un paseo bajo la lluvia. Los paseos bajo la lluvia tienen el inconveniente de que hay que usar zapatos adecuados. Y los zapatos adecuados no son nunca sexys. Es más, todo lo contrario. Se te presenta una buena disyuntiva si alguien te invita a pasear bajo la lluvia. Si ese alguien es de esos tipos de zancada larga y conversación discontinua, entonces no estarás a la altura de una o de otra. Tendrás el mismo dilema que Bridget Jones ante la perspectiva de una noche de pasión con su jefe, el mujeriego Daniel Cleever. O una braguita de encaje que llama a la lujuria o esa patética braga-faja que esconde lo que hay que disimular. Terrible dilema que el email elimina de un plumazo. O de un golpe de teclado. No hay que ver, solo intuir, imaginar, leer y escribir. Como en la escuela. 


Como la noche no acabará en tu dormitorio por muy acogedor que sea, por muchos libros de Jane Austen que acumules en el banco de los pies de la cama ("Orgullo y prejuicio", por cierto, te servirá para la primera cita, frustrada casi siempre, te advierto), tampoco hace falta que te deprimas. Siempre es mejor un buen sueño que un mal despertar. Y te queda la opción de soñar con los hombres que de verdad te gustan. Esos que aparecen y se van sin dejar huella, ni buena ni mala, lo que no es poca cosa, teniendo en cuenta los tiempos que corren. Una velada perfecta.


(Fotos de la película "Tienes un email", menos la última, que es mi escritorio rojo en su elemento)

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