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Mostrando entradas de agosto, 2020

Tú me silbas, amor; yo viajo en barco

Todo el talento de la Warner se puso en acción, en ese año de 1944, para orquestar una sinfonía con todos sus aditamentos y la mejor melodía. Que no falte de nada, pensaron los sesudos warnerianos, no confundir con alemanes melómanos. Tras la disputa con los Hermanos Marx por su película “Una noche en Casablanca”, disputa que dio lugar a las hilarantes cartas apócrifas que Groucho desliza en su biografía “Groucho y yo”, también apócrifa como todo él (¿existió alguna vez Groucho Marx?), había que continuar por la senda  casablanquista que tan buenos réditos estaba dando. Y la Warner lo sabía. Tómese una novela menor de Ernest Hemingway (puede surgir en una distendida charla entre Ernie y Howard mientras esperan que los peces piquen); escríbase un guión a dos manos por Jules Furthman y William Faulkner (faulknerizar un guión era un ingrediente indispensable en esos días); compóngase una música ad hoc de manos de Franz Waxman, con, al menos, tres temas sensacionales (y, por s

El antihéroe

Harry Callahan es el rey de la ambigüedad. Por eso no resulta extraño que protagonice una película de buenos y malos. La línea divisoria entre ambos conceptos es resbaladiza a veces y por eso Don Siegel nos propone que no nos fijemos en los métodos sino en los fines. Así Scorpio es el malvado francotirador al que hay que hacer frente y Harry Callahan el héroe, en momentos antihéroe y, para la posteridad siempre, Harry el Sucio.  Todos los engranajes de la película funcionan a la perfección y el resultado no es solamente un film de género policíaco con policía-duro que a veces se salta la ley para lograr un objetivo mejor, sino, sobre todo, el nacimiento de un icono del cine que no se llama, en realidad, Harry, sino Clint. Clint Eastwood. Importado directamente de la trilogía (Por un puñado de dólares, La muerte tenía un precio y El bueno, el feo y el malo) que configuró para siempre el spaguetti western, otro género anunciado y confirmado por él, con la dirección imprescindibl

La venganza es una obra de teatro

Annette Bening tiene una asombrosa risa cristalina. Como si se riera dentro de un juego de espejos. En esta película se ríe, sobre todo, cuando se enamora o cuando cree enamorarse. Necesita emociones fuertes, hubiera sido una buena espía. 1938 y Londres vive el teatro, la noche, los cabarets y la fiesta como si solo eso importara. Annette es Julia Lambert una cotizadísima actriz de teatro, una estrella, que llena los teatros y que tiene un matrimonio muy conveniente con Jeremy Irons, que aquí se llama Michael. Su hijo, Roger, está en ese tránsito de la adolescencia a la juventud que todas las madres temen, pero aquí no debería haber preocupación. Roger es el personaje más juicioso de todos. Y el más observador. También le va a la par Lord Charles, un atractivo Bruce Greenwood que tiene toda la cara del presidente Kennedy.  En "Conociendo a Julia", los secundarios no son tales, sino fuentes de sabiduría, la sal de la película, el aliño imprescindible. Desde el maître d

"Las fidelidades" de Diane Brasseur

Este es uno de esos libros que encuentro al azar recorriendo una librería. No había leído previamente ninguna recomendación. Nadie me había hablado de él. Es un libro anónimo que observé en una estantería de novedades y que me hizo pararme. El tema me atrajo. La portada también.  Lo abrí por una página cualquiera: "Me dice que tiene miedo, me dice que la simple idea de que comparta la cama con otra mujer, aunque sólo sea once noches al mes, se le ha hecho insoportable, me dice que empieza a sentir rencor, y yo me siento con la espalda bien recta y saco pecho, como un hombre, y trato de responder: "Lo comprendo", porque lo comprendo, pero tengo la garganta atenazada y no me pasa el aire, ni la saliva, ni el humo del cigarrillo" Presiento que el libro va a tratar de descifrar que sienten las mujeres cuando el hombre al que aman no es fiel. Olvidemos la palabra "infidelidad", dice la autora. Hablemos de la fidelidad, de qué significa en concreto, n

Realidad e invención en "Cumbres Borrascosas"

Ninguna de las producciones cinematográficas que han adaptado la novela de Emily Brontë se le ha acercado siquiera en verosimilitud y ambiente. Parece muy difícil conseguirlo, porque se trata de algo incorpóreo, que va más allá de paisajes o de personajes. Es una fuerza interior muy compleja de representar. Sin embargo, esto no quiere decir que sean malas adaptaciones. La canónica, la de 1939, dirigida por William Wyler con los incomparables Laurence Olivier y Merle Oberon como actores principales, es una estilización del argumento, un perfecto guión cinematográfico al que el uso del blanco y negro confiere carácter propio. La de 1992, con Peter Kosminsky en la dirección y unos ajustados Ralph Fiennes y Juliette Binoche en los papeles principales, tiene vocación de fidelidad a la historia y a sus paisajes. Por último, la que dirigió la especialísima directora Andrea Arnold en 2011, con Kaya Scodelario y James Howson, es un acercamiento libre e impresionista a la inmortal obra. 

Bradley, Schopenhauer y tú misma

La canción podía llamarse "Hacia dentro" o "Desde dentro". Hacia, desde, casi lo mismo. No exactamente. Más o menos igual. Todo lo que soy está en mí. Nada de lo ajeno soy yo, salvo si lo interpreto, lo respondo, lo cuento, lo adquiero, lo amo. De esa manera, con otras palabras, lo contaba el filósofo y era consciente de que estaba enhebrando una aguja para la costura de ideas que antes no se habían expresado. Al fin, a eso se reduce todo. A contar las cosas de otra forma. A verlas de un modo diferente. A ser originales, no como una moda pasajera, sino como una actitud. Criterio. Pensar. Demasiadas veces el cartón de la copia se superpone a la originalidad de las mentes libres. Ser libres pero estar juntos. Ser libres, en todo caso.  La canción tiene muchos nombres pero la imagen de ese hombre con pelo largo y barba descuidada está sobre el escenario sugiriendo que no han pasado para ti los días gloriosos del abrazo más cierto. A pesar de todo. A pesar de lo

Una distancia cierta

(Pintura de Dorothy Johnstone. 1892/1980) Se le llenaron los ojos de lágrimas. Ella era una ola y se transformó en mesa. En una mesa estática, dura y esquinada de aristas. Nada de la dulzura, nada del tiempo presentido, nada del deseo satisfecho. Entendió, como tantas otras veces, que perseguía un imposible. Un sueño sin respuestas. Ese hombre nunca sería el portador del abrazo que su cuerpo necesitaba con urgencia. Nunca sería el dueño de la sonrisa que le devolvería la confianza en sí misma. Nunca sería nada más que una sombra al otro lado del hilo telefónico. Sintió frío. Le ocurría algunas veces. Cuando, después de un breve momento de euforia, lograba aterrizar y entender en todo su sentido que estaba persiguiendo una inútil empresa. No habría nada en él que a ella le supusiera algarabía, ni esa sensación única del tiempo que pasa muy deprisa porque alguien al otro lado nos espera. Odiaba esa palabra. Esperar es para ella un pecado, algo que nunca se convierte en vida,

Ni en rosas las huidas

Deberíamos empezar a escribir las historias por los momentos felices. Esos días dorados en los que el corazón se arrebata y solo existe una palabra: tú. Él es ese tú que te convierte en la persona que soñaste ser. Él está ahí para hacer que todo encaje. Los antiguos dolores se matizan, como si un niño pasara sus dedos por la mancha roja que deja la cera en un papel.  Eso sería lo lógico. Escribir los instantes únicos que no deberíamos olvidar. Ese latir del cuerpo al compás de la dicha. O las miradas. Un repertorio de miradas que nadie más que él sabrá interpretar. Y luego, las señales. En el nivel más alto de la complicidad te encierras en un mundo que los dos habéis diseñado a medida. Cuando te despides, por enésima vez y sin querer dejarlo, le susurras: Amor mío. Y ese es el comienzo de todo.  Pero no es así. No es la algarabía del amor correspondido, del bienestar, lo que te hace sentarte en tarde festiva, cuando todos disfrutan de una emoción que a ti te está veda

Oculta geografía

(Jennifer Lawrence en Nueva York. Fotografía de  Annie Leibovitz para Vogue, septiembre 2017) He vivido en el centro del miedo. He lanzado preguntas y ninguna ha tenido respuesta. He sentido un volcán de lava derretida bajo mis pasos. He soñado que mi vida era otra. He querido ser alguien diferente. He llorado hasta que las lágrimas han dejado de existir. Me ha dolido el corazón sin que nada ni nadie pudiera siquiera darse cuenta de que las notas de mi melodía estaban apagadas. He sido cobarde para amar. He sido valiente para decir adiós.  Pero he aquí que, a miles de kilómetros del mundo, quizá en otra galaxia, la luna se ha adueñado de un firmamento oscuro, yermo de estrellas, escrito en tinta china. El centro de la bóveda rodea el cuarto creciente y debajo, la arena que hace horas abrasaba, se ha tornado en azúcar, cálida y sin terrones. Los pies desnudos, los pies descalzos, todo, desnuda entera yo, mi corazón desnudo.  Me he mirado a mí misma a través de un espejo, Ali

Ese sueño callado de la lluvia...

De "Midnight in Paris" me gusta la lluvia. Igual que al protagonista. Igual que a Woody Allen. Las ciudades con lluvia parecen otras. Cambian de aspecto en cuanto el cielo se oscurece, en cuanto las nubes dejan de ser formas blanquecinas y se convierten en amenazadores tanques. La sinfonía de colores de los paraguas merecería fotografiarse por Nina Leen. Ella colocaría unas cuantas muchachas al borde de un sofisticado parterre y lanzaría su cámara al aire y al mundo. Cuando la película comienza y veo esas imágenes de la ciudad, con la gente paseando tranquilamente, sentados en las orillas del río, en los cafés, cruzando los puentes, simplemente mirando escaparates, recuerdo el suplicio de las mascarillas y del miedo, recuerdo cómo nuestras caras se esconden detrás de la tela y vuelvo a mirar la película, el sosiego y la dicha que transmite. Recuerdo lo que ya no existe.  Cualquier estudiante de Arte, como yo misma hace unos años, entendería la emoción de tropezarse c

Una mala chica

Era sábado y el club estaba muy concurrido. Había un número importante de chicos y chicas, todos ellos bronceados, perfectos, saludables. Sonaba música en directo. Un grupo local, cuatro, batería incluido. Y la sala central del club tenía un inmejorable aspecto. Daba la sensación de que todo el mundo iba a disfrutar en ese agosto tórrido que había inundado el calendario de olas de calor. Las mañanas en la playa los veían a todos sentados en la arena, sobre las esterillas, charlando y riendo sin pensar en nada más que en esos instantes. La inocencia de la niñez se había escapado pero ahora venía algo mejor: el asombro de la juventud. El inicio de la edad dorada del conocimiento. La mayoría de ellos irían a la universidad el septiembre próximo pero ya había alguno más mayor que llevaba algunos cursos en Madrid. Estos eran los que más ligaban. Era un plus de sabiduría haberse enfrentado ya a vivir en la residencia o el colegio mayor. Los que vivían en casa de algún familiar lo tenían