Siempre he querido ser periodista


(Graham en el nuevo edificio del Post)

Esta es Katharine Graham, la editora del The Washington Post y la autora del libro "Una historia personal" que contradice su título con el contenido. La historia que se cuenta aquí comienza con la vida de sus padres y hace un retrato detallado y exacto de cómo se cumple el sueño americano. La vida de Katharine Graham es tan interesante como la propia trayectoria del periódico o como los escándalos políticos que destaparon sus periodistas. Una vida larga, murió en 2001 con ochenta y cuatro años a consecuencia de una caída, y una vida fructífera, llena de claroscuros, como todas las vidas.

Graham nació en 1917 por lo que puede decirse que su vida abarca todo el siglo XX. Su madre era hermosa, sofisticada, muy joven y conocía a pintores, escultoras y toda clase de artistas. Era una musa para muchos de ellos. También era muy egocéntrica y dejó la crianza de sus hijos en otras manos, porque ella necesitaba tiempo para sí misma. Sin embargo, Katharine no la critica ni se queja, al contrario, eso le permitió una gran libertad porque, además, estaba semiescondida entre varios hermanos. Eran de esos niños que tienen institutrices, actividades regladas a todas horas, buenos colegios, clases de francés y nannies. Desde pequeños estuvieron en contacto con obras de arte y viajaron a Europa muy pronto. Esos viajes por Europa se consideraban, entre la gente de buena posición, una parte más, y muy importante, de su educación. Ella era una niña tímida, que creció demasiado pronto y que, por eso mismo, andaba encorvada, y que no era tan guapa (no era guapa en absoluto, nos dice) como sus hermanas.

Hay una circunstancia que la define desde que es pequeña y que ayuda enormemente a la hora de escribir su biografía: le gustaba llevar un diario, anotar las conversaciones que mantenía con las personas, poner sus nombres y sus ocupaciones, en suma, dejar constancia de lo que vivía y de lo que sentía. A la par que un instinto periodístico muy claro, eso ha ayudado a que la autobiografía, terminada como ella misma cuenta a los setenta y nueve años, esté llena de exactitudes de todo tipo. Era una gran escritora de cartas y eso es también un signo distintivo de una época y de una forma de relacionarse. En su caso, la muestra de su timidez, muy acentuada, porque era mucho más capaz de expresarse por escrito que directamente. La timidez en una persona que mide 1,80 es lo que hace que ande encorvada.


(Phil Graham, cuando era editor del Post)

En su época universitaria, primero en Vassar y luego en la universidad de Chicago, conoció a un hombre brillante, que formaría parte de su futuro para siempre. Era encantador, buen conversador, amable, alegre, atrevido. Se llamaba Philip Graham y fue su marido durante años y el padre de sus cuatro hijos. Los negocios periodísticos del padre de Katharine incluyeron la compra en subasta pública del Washington Post, un periódico local que pasaba horas bajas. La entente entre Eugene Mayer, el padre, y Phil Graham, el esposo, dio excelentes resultados, y el periódico comenzó a consolidarse como un diario de referencia. Mientras tanto, ella, que había trabajado como periodista desde muy joven, incluso sin cobrar, en diversos medios, se quedó en casa a cuidar a sus hijos y a mantener la vida doméstica. Podemos decir que su vida entró en hibernación, en stand by. Pero ella lo vio normal. Vio natural que su padre depositara su confianza en su marido y que ella fuera la que mantuviera el fuego del hogar.

En la película "Los archivos del Pentágono" Meryl Streep, una enorme actriz por otra parte, hace una interpretación de Katharine Graham demasiado estereotipada. Se entiende cuando se lee este libro. Una señora que acaba de llegar al mundo de la edición de prensa y que no sabe por dónde tirar, que tiene que asesorarse continuamente y que duda. En realidad, ella misma relata su predisposición permanente a consultarlo casi todo, pero esto era más bien una consecuencia de su carácter y también el resultado de un montón de años en el dique seco. En un mundo de hombres, ella, convertida en editora sin esperarlo, recién viuda de un hombre que se suicidó tras padecer durante años una terrible enfermedad mental, tuvo que empezar a caminar y, sobre todo, a abrir camino. En este punto nos cuenta cómo su presencia en reuniones, en consejos, en encuentros, congresos o jornadas, era un punto exótica, una rara avis. No había mujeres en los centros directivos y ella, la única que había, parecía estar de prestado. Probablemente nadie confiaba en que tuviera sus propias ideas y en que las pudiera desarrollar. Todos los hombres que la rodeaban querían protegerla del mundo exterior y llevar a cabo lo que ellos consideraban que había que hacer, independientemente de lo que ella pensara. Fue una etapa muy difícil y la más interesante de todo lo que relata en su libro.


(El matrimonio Graham en sus años felices)

En esos momentos de su vida, después del año de duelo, doloroso para ella, mucho más cuanto que no fue capaz de atender debidamente a sus hijos porque estaba, como dice "con el piloto automático", se plantea muchas cosas de la situación de la mujer en la prensa que antes no se había planteado. Las redactoras eran un número creciente pero los puestos directivos eran todos para hombres. El concepto de feminismo que desarrolla Graham no tiene nada que ver con lo que hoy conocemos como vociferantes mujeres queriendo ir contra los hombres. Tampoco su pensamiento antirracista está en relación con piras incendiadas contra los blancos. Simplemente captó de inmediato algo que, en su anterior situación, no había tenido ocasión de ver: cómo el mérito y la capacidad no actuaban por igual si eras mujer o si eras negro. Y en los dos ámbitos, desde su papel, a su modo, intentó que las cosas cambiaran. Esos cambios lentos que, seguramente, tardan mucho en consolidarse pero que fue la principal preocupación de todos aquellos que creían en el concepto de igualdad, que ella menciona expresamente.


(Graham con Ben Bradlee, el director del Post)

Solemos relacionar al Washington Post con dos acontecimientos fundamentales en la historia política de los EEUU. El caso Watergate y el de los Archivos del Pentágono. Ambos se sucedieron, en orden inverso, en muy poco tiempo. La guerra de Vietnam fue la gran piedra de toque de las administraciones americanas en ese tiempo y durante muchos años. La Casa Blanca mantenía una política que comenzó a irritar a los ciudadanos a partir de determinado momento, cuando parecía que las bajas no se correspondían con los avances. Bob McNamara, secretario de Defensa y amigo personal de Kay Graham, mandó documentar todo el proceso y, de esa forma, surge el primero de esos casos que puso a prueba la independencia del periódico con respecto a la administración pública. Cuando Graham decide publicar esos papeles, después de que el NYT haya sido reconvenido para no hacerlo por la justicia, está dando un paso adelante en su independencia, no solo con respecto a los políticos, sino con respecto a sus propios consejeros. Su apoyo a Ben Bradlee, el aguerrido director, fue decisivo e imprescindible. Lo mismo puede decirse del Watergate. En este escándalo, que costó la dimisión de Nixon, la tensión entre prensa y políticos llegó a su máximo. Nadie esperaba que ella se mantuviera firme en la búsqueda de informaciones que dejaran claro el asunto. Woodward y Bernstein no hubieran podido investigar ni escribir sin esa firme decisión.


(Graham con Jacqueline Kennedy)

El libro guarda un exquisito equilibrio entre vida privada y vida pública. Su infancia, la vida de sus padres, sus problemas escolares, la vida en la universidad, sus hermanos, los problemas de su madre, la relación con su padre, su vida de casada y el hundimiento del matrimonio, sus hijos y sus amigos...todo ello aparece enhebrado perfectamente, situado en cada momento de una forma que le da claridad al escrito. Y también la vida pública, frecuentando a personas que todos conocemos por la prensa o por los libros de historia, consciente de estar viviendo momentos llenos de dificultades pero también apasionantes. Artistas, actores, políticos, personajes de la vida pública, periodistas de fama, mandatarios internacionales, todos ellos desfilan en algún momento por estas páginas, añadiendo una información valiosísima al relato. 

Cualquiera que sea periodista o que quiera ser periodista (yo he querido siempre ser periodista) ha de leer este libro y encontrar un trozo de historia. Decía Phil Graham que el periodismo es el primer borrador de la historia. Este libro toma buena nota de ello y deja constancia de tiempos, situaciones, personajes y momentos que, de otro modo, se nos escaparían por las rendijas. Katharine Graham tenía mucho que contar y lo ha contado. Mucho que decir y lo ha dicho. Al leerla, entendemos un poco más una vida apasionante, sus luces, sus sombras, su dolor y sus placeres, pero también nos sirve para mirarnos a nosotros. Como todos los buenos libros tiene una trayectoria de ida y vuelta. A la vez que nos aclara dudas, nos llena de preguntas. La mayoría de ellas solo se responden si eres capaz de mirarte con sinceridad y valentía, como hace Graham en este libro.


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