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Que mañana sea septiembre


! Qué hermosísimo horizonte¡ El mar Cantábrico era el gran desconocido, el extraño, el ajeno. Su perfil aparecía diáfano debajo de mis pies, justo cuando la montaña terminaba abruptamente, abriendo así una cicatriz en el paisaje. El agua estaba helada. La playa, vacía. Éramos dos recién casados que buscábamos, a destiempo, conocer el milagro del norte. Un largo camino en coche, con paradas muy bien previstas. Así lo hacías todo. Desplegabas los mapas de  carretera sobre la mesa con una satisfacción indudable. Planificar los restaurantes, ver qué sitios eran buenos para dormir, qué momentos podían disfrutarse en cada parada. Había, sin embargo, algo que era mucho más importante que todo eso. Algo que, se reveló más tarde, era lo más importante de todo. Hacer fotografías. Esa no era solo tu profesión sino también tu pasión. Eras un fotógrafo que veía el mundo a través del objetivo de la cámara. Y por eso nuestros viajes, incluido este, era un recorrido por la belleza de la vida. 


De modo que, sin previo aviso y como obedeciendo a un impulso incontrolable, te parabas en medio de cualquier paraje, carretera, ciudad o pueblo, en cualquier sitio, sacabas la cámara y te lanzabas a convertirlo todo en imágenes. Incluso una tormenta te hacía pararte o un animal que se cruzara cerca de un bosque, un viejo castillo, una fortaleza, una taberna inmunda, una anciana vestida de oscuro, un grupo de niños refrescándose en la fuente, todo, todo era tu forma de vivir y de ver las cosas. Como si se tratara de un cronista de la realidad. Y mientras yo, una recién casada, despejaba el horizonte moviendo los visillos de algún pequeño hotel de esos con encanto y ensayaba una fórmula que Penélope inventó hace miles de años. La espera.

(Flores de Ruth Harris) 

Comentarios

Boll ha dicho que…


Hola Caty.

¿Y ese título?

No quisiera caer en un exceso de perspicacia pero, pese al aparente tono festivo de los recuerdos -ayudado por las ilustraciones-, tengo la sensación de que existe un trasfondo amargo en el comentario.

Javier B.

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