Morricone


Escribo sobre este hombre, paradigma del genio, mientras veo, por enésima vez, "Los intocables", la película cuya banda sonora es, a mi juicio, la mejor de las que hizo. Y ya es mucho decir. El inicio con los títulos de crédito y esos golpes de percusión levanta el alma. Entra en la historia mucho antes de que los personajes comiencen a hablar. 

Doy vueltas por la red en este día en que la muerte de Morricone, a los noventa y un años, y a causa de las consecuencias de una caída (ah, las caídas, el gran peligro de los viejos), en un hospital de Roma. Las crónicas cuentan que estaba rodeado de su mujer, María Travia, setenta años juntos, y de sus cuatro hijos. Hay historias que se leen por ahí que son hermosas y ciertas, como la que escribió Manuel Hidalgo en 2016, con ocasión de su nominación al Oscar por "Los odiosos ocho". Con todo lo que era, Morricone solo ganó dos Oscar, uno honorario en el año 2006 y otro por esa película de Tarantino. Otras cinco veces más estuvo nominado y se fue de vacío. Me pongo en su lugar, qué decepción. Tuvo muchos otros premios pero siempre he pensado que tenía sobre sí la tachadura de haberse hecho famoso con música de películas de spaghetti western. No le perdonaron nunca que siguiera siendo un italiano, que no aprendió a hablar inglés. Así puede comprobarse en los discursos que pronuncia tras recibir el Oscar en esas dos ocasiones. Un italiano que vivió siempre con y para la música. 


Cuesta imaginar al Morricone joven pero lo fue, claro que sí. Y un niño prodigio, además, que compuso ya una obra a los seis años y fue logrando títulos en disciplinas musicales desde los nueve. La influencia de su padre, músico, no fue desdeñable, pero la clave de todo está en su enorme talento, en su capacidad de imaginación, de creación. Un creador que daba el punto necesario a aquello que tocaba. Prolífico, hizo de todo, hasta escribir para otros con su nombre oculto al principio de todo. Un artesano que, sin embargo, era un artista inconmensurable. La asociación con Sergio Leone, su amigo de la infancia, dio lugar a una renovación estilística en el western y de ahí salió un nuevo género y unas bandas sonoras que se convirtieron, por primera vez en la historia del cine, en protagonistas por sí mismas. Quizá no recuerdas las películas que hizo con Leone pero sí  reconoces sus acordes en cuanto suenan. El tercer elemento de este genial contubernio es Clint Eastwood, el actor que fue la cara visible de esta revuelta que daba en el mismo centro de un género tan americano que parecía imposible que pudiera rodarse en Almería. 


Estoy segura de que todo esto pasó factura al maestro. Somos muy exquisitos. Estuvo encasillado en ese lugar que se reserva a los que no son ortodoxos. Pero su heterodoxia escondía, como tantas veces, una explosión de genialidad que tuvo que desbordarse sin remedio. Sin embargo, aunque ha gozado del favor del público en todo lo que ha hecho (al fin y al cabo, la gente que le escucha), lo cierto es que la Academia de Hollywood fue tan renuente a reconocerlo como a concederle su máximo galardón. 88 años tenía cuando consiguió el primer Oscar a una de sus músicas. Demasiado tiempo. Demasiada miopía en quienes se equivocan demasiadas veces. Por un puñado de dólares fue el inicio de su lanzamiento en el cine y, desde ahí, maravillosas músicas que solo con oírlas te resultan evocadoras, obras maestras que conjugan a la perfección con las imágenes, música sinfónica, canciones para intérpretes, todo cabía en la cabeza de este genio. Y, además, esa especie de extraña humildad, esa forma sencilla de comportarse y de vivir, algo que produce una sin igual ternura. 


La música de cine ha sido considerada, quizá lo es todavía, como la oveja negra. Pero es un error tan grave como absurdo. No hay nada que llegue más a los públicos y no hay nada que acerque a estos el milagro de la orquestación, de los instrumentos, de la música de pentagrama. Ciertas exquisiteces que no tienen sentido ocultan el valor de los grandes creadores de la música de cine, que, en realidad, es música a secas, música de gran valor, la música más escuchada de nuestro tiempo. El milagro del cinematógrafo siempre basó en la música uno de sus pilares. Y así es desde que comenzó y así continúa siendo. Morricone, con su batuta, con sus arreglos orquestales, con sus golpes de efecto, con su sensibilidad, logró que la banda sonora de las películas fuera la banda sonora de una gran parte de nuestras vidas. 


Morricone, el hombre. Los medios de comunicación hablan hoy de su sólido matrimonio de más de setenta años. En la imagen, en la antesala de los Oscar, ambos, Ennio y María, dos personas sin más atributos, están enlazados, como quizá lo fueron en vida, porque ella colaboró ampliamente en la obra de su marido y estuvo ahí, si no en la sombra, sí en la trastienda, una trastienda gustosa y recompensada por un amor que fue tan potente como los arranques de sus películas, hechas a base de llamadas de atención al espectador. De vez en cuando repaso el inicio de "Los intocables". La música va marcando la aparición de los títulos de crédito. Te convierte en un espectador alerta, te avisa de que los primeros momentos de la película van a ser cruciales. La música ridiculiza a Capone y sus excentricidades asesinas y rodea de calidez a la niña que muere en la explosión o a su madre cuando visita a Elliot Ness. La música enfatiza la terrible muerte de Malone o de Wallace y castiga la maldad de Frank Nitti. La música sobrevuela por los besos de mariposa de Elliot y su hija o el alegre cosquilleo del amor cuando su esposa lo espera después de un duro día de trabajo. Es la música uno de los elementos de esta película que me hace adorarla. Y eso lo hizo Ennio Morricone, un auténtico genio, un músico a la altura de los más grandes, un hombre humilde, un europeo de la mejor casta, alguien que ha escrito la historia del arte con sonidos.

(In memoriam, Ennio Morricone, Roma, 10 de noviembre de 1928-6 de julio de 2020) 

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