Virginia, Clarissa y un árbol


En uno de los primeros pasajes de "Rebecca" (novela y película), la muchacha sin nombre llamada a ser la segunda señora De Winter, cuenta a Max algunas cosas sobre su padre. Era pintor, sin demasiada suerte ni éxito, pero de ideas fijas y bien asentadas. Siempre dibujaba árboles, mejor dicho, siempre dibujaba un mismo árbol. De día y de noche, en el crepúsculo, al amanecer, a la hora de la siesta, en el aperitivo, todo el tiempo ese árbol aparecía en sus pinceles. La muchacha tenía una clara explicación de esta contumacia pues su propio padre se lo había dejado muy claro: si encuentras algo en el mundo que sea perfecto, no merece la pena cambiarlo ni buscarse otra cosa. Más o menos. 

No conocemos al árbol del padre de la chica, ni siquiera sabemos cómo era ese árbol ni qué ramas tenía, si era caduco o perenne, si tenía flores, frutas o era un simple tronco retorcido, pero la pertinacia del artista tiene mucho que ver con el embeleso que la naturaleza produce. El pintor había encontrado, cosa rara, algo que le traía a las manos la inspiración sin apenas molestarse ni moverse del sitio. De este modo podría añadirse a la explicación que daba sobre su fidelidad al árbol algo sobre el efecto que causa en nosotros alguna lectura, algún momento del día, una obra de arte, una persona. Son los inspiradores. 

Cada vez que releo "La señora Dalloway", la novela de Virginia Wolf escrita en 1925, me dan ganas de escribir. No solo ganas, me asaltan ideas, temas y personajes. Es, claramente, un libro inspirador. Me he preguntado a veces por qué, por qué me causa este efecto. No sé si tiene que ver con la posibilidad de acompañar a Clarissa Dalloway durante todo un día, o si es algo relacionado con el lenguaje efervescente de Virginia Woolf, con esa mezcla de interjecciones, admiraciones y preguntas. Es como si pudiera silbarte al odio y tú tuvieras que contestar sin dudarlo. Los libros inspiradores, como las personas inspiradoras, te hacen más preguntas que te ofrecen respuestas y, por eso mismo, una se ve en la obligación de indagar. La indagación es otra consecuencia de su acción sobre nosotros. 

"La señora Dalloway" desarrollada en tiempo real, a lo largo de un día, me recuerda a la serie "24" en la que Jack Bauer, un tipo duro, pero menos, fuerte, pero sensible, se da a la caza del terrorista mientras el reloj va marcando las horas. Un día entero puede ser poco tiempo pero si lo examinas minuto a minuto, entonces da para una novela y para un capítulo de una serie. El tiempo como símbolo, como emblema del paso de la vida. El amanecer, tan jubiloso y lleno de promesas; el mediodía, tan colmado de tareas; la siesta, cansina y monótona; el crepúsculo, expectante; la noche, que siempre decepciona salvo si eres joven y observas, desde cualquier lugar, un eclipse de luna en noche de verano. 

(Pintura de Edward Steel Harper)

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