La chica con el vestido blanco





Fotografía de Eve Arnold, 1951





Marilyn Monroe photographed by Alfred Eisenstaedt, 1953. 



Fotografía de Inge Morath

Hay algunas cosas en "El príncipe y la corista" que pueden resultar extrañas, incomprensibles, agua y aceite. Los dos no parecen tener nada en común y quizá no lo tengan. Pero, durante algunos instantes, algunos momentos incomprensibles, parece volar una esencia que comparten. Y entonces se produce el milagro de la ilusión. Pocas veces Marilyn Monroe ha destilado más sensualidad y más ingenio, ambos en estrecho lazo. Pocas veces se ha movido con más libertad y con menos vestuario. Un único vestido blanco que sirve para todo. Sobre el vestido blanco se superponen condecoraciones, broches, camafeos, collares, capas, estolas y gabardinas. Pero el fondo es solo eso, un vestido blanco. Esto indica muchas cosas, muchas más cosas de las que una puede imaginar. 

Enfrente, el hombre, se cambia no sé cuántas veces de vestido, de uniforme, todos los colores, medallas, bandas, adornos, botas, un sinfín de detalles. Una muestra de su personalidad introvertida y oscura. Todo lo contrario de la luz de ella. Luces y sombras. Eso es la película. Y, si la ves de otro modo, te pierdes algo. 


Marilyn Monroe con su vestido blanco en "El príncipe y la corista"


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