Cuestión de aves y flores



Él estaba al otro lado del atril, en alto, como si fuera un predicador. Pero no lo era. La conferencia tenía un tema encantador: Aves y flores en la literatura medieval. ¿A quién podría habérsele ocurrido algo así? Seguramente a algún afanoso organizador, una de esas personas originales e insensatas que pueblan los círculos culturales. Algún amante de la Edad Media o quizá un novelero sin remedio. Él estaba allí arriba, vestido de una forma muy peculiar, colocando los folios, mientras el público esperaba. 

Era el despertar del verano, casi las nueve de la noche y él parecía haber salido de “Muerte en Venecia”. Iba vestido de beige y marrón, un marrón espeso, demasiado para la hora y la temperatura. Pero le quedaba bien. Conjugaba con cierta forma ceremoniosa de mover las manos y, sobre todo, con los ojos, de un grisáceo muy raro. En realidad, no podía asegurar que tuviera los ojos grises, solo lo parecía con la iluminación del atril, pero, en todo caso, era un hombre con apariencia de tenerlos. 
Las aves y las flores empezaron a elevarse al tiempo que él leía la conferencia. La leía de un modo muy especial, como si ellos fueran niños de una clase de primaria y él un maestro paciente. Más que leerla, la recitaba. Se paraba de vez en cuando, movía las manos, se ajustaba las gafas (envejecía muchísimo al ponérselas) y los miraba sin verlos. Bien sabía ella que él tenía una visión de conjunto pero que era imposible que reparara en nadie. No lo conocía. 

Él solía buscar siempre en el auditorio alguien a quien dirigir sus palabras. Sí. Era su forma de vencer cierta clase de timidez increíble. Nunca hubiera creído nadie que fuera tímido ¿Tímido? !Pero eso no es posible¡ !Si es una persona sociable, encantadora, más bien lanzada¡ diría un conocido que no hubiera empujado esa puerta que todo el mundo cierra ante los ojos de los otros. Era tímido y por eso buscaba a alguien a quien mirar y a quien hablar. 

Ella no podía creérselo. Fue la elegida. La miraba y ella se zambulló en la conferencia como si le interesara. Aves y flores, libros medievales, libros iluminados, monjes que dibujaban y escribían, raros escritores de libros extraños. Todo se movía en una sola dirección: de él hacia ella. Como una llamita que tuviera sentido. Como un dardo, una tibia flecha envenenada. Había dejado la casa a medio arreglar por ir a escucharlo. Estaba segura de que su compañera de piso protestaría. Pero no tuvo tiempo de más. Cuando supo que estaría allí y que podría verlo de cerca no lo pensó. Salió corriendo y por eso le tocó sentarse en la primera fila. Algunos asientos reservados en el centro y, en una esquina, un par de ellos libres. Se sentó en el que daba al pasillo y allí fue donde él la encontró, sumamente atenta, sumergida en las aves y las flores, como si fuera la señora Dalloway. 

Llegó el turno de preguntas. ¿Qué se puede preguntar sobre esto? ¿Es posible que alguien tenga algo que decir? Ella deseaba que así fuera. De ese modo se prolongaría el acto más allá del fin de sus palabras. Pero no había forma. El presentador se empeñaba en introducir algunas notas exóticas en el relato para que la gente picara el anzuelo. Alguien que diga algo, por Dios. Alguien que pregunte. Un muchacho con el pelo largo y rizado vino en su auxilio y en auxilio del presentador. La pregunta era una tontería pero él la contestó con toda seriedad, como si fuera un hallazgo. Era una solemne estupidez y el muchacho tomaba nota de la respuesta como si tuviera que pasar un examen. 

Entonces ella miró a su alrededor y vio muchas caras jóvenes, muchachas y muchachos que lo miraban con interés y con avidez incluso. Como ella misma. ¿Cómo destacar en ese maremagnum de juventud? ¿Cómo ser distinta, cómo tener algún rasgo diferente? Recordó que él la había escogido a ella, la había mirado a ella durante la conferencia. Quizá significara algo. O quizá sólo fuera porque estaba en la primera fila y en una esquina muy evidente. O porque iba sola y no en grupo. O porque llevaba un vestido muy bonito, con pequeñas flores rojas y un buen escote. Quién sabía el motivo…

Después de la pregunta absurda llegó el final y una nube de gente joven rodeó la mesa principal y el atril y él pareció cansado. Se sentó en la silla de la esquina y contestó, de una forma fría y profesional, a algunas preguntas que le hacían en relación con sus libros y sus investigaciones. Parecía una estrella de cine pero no lo era. Las estrellas de cine saben sonreír, saludar y salir del paso. Él estaba aturdido o, al menos, extrañado. Quizá fuera una pose, una forma de humildad aprendida. Mucha gente hace algo parecido. Dan la impresión de que las multitudes los abruman y luego es un verdadero truco. Él parecía formal y serio, pero los trucos están en todas partes. Ella no se fiaba. 

Esperó. No se acercó a la mesa. No tenía nada que preguntarle. Al menos nada que tuviera que ver con aves, flores, edades medias, libros incunables o monasterios. Se quedó sentada en la butaca de la esquina, observando la escena, como si fuera una periodista, una reportera, una cronista que tuviera que llevar todo aquello al papel. Los detalles no le pasaron desapercibidos. El presentador del acto esperaba al otro lado de la mesa. Los muchachos que buscaban hablar con él se colocaban en una cola improvisada pero muy tranquila, sin alborotos ni empujones. Eran diez o doce. Mucha gente para un medievalista, un investigador, un escritor de libros raros. Todos aquellos eran frikis igual que ella. Personas que rara vez tenían la ocasión de ponerse delante de alguien a quien seguían y admiraban. La admiración es un sentimiento muy extraño, pensó ella. Nadie se escapa. Y ella era muy de admirar a gente. Lo que sentía por este hombre era distinto. Tenía que serlo. 

Acabó aquello. En filas ordenadas los asistentes fueron saliendo. No eran muchos pero se demoraban al moverse, hablaban entre ellos. Ella esperó. Se quedó sentada hasta que la sala estaba prácticamente vacía. Arriba, en la mesa, junto al atril, él hablaba con el presentador del acto y con un par de personas más. Reían. Risas calladas y discretas. Comentaban. Ella pensó que él giraría la cabeza hacia donde ella estaba. Al fin y al cabo, la había mirado durante toda la conferencia, le había hablado a ella. Pero no fue así. Recogió sus papeles y salió por la parte de atrás del escenario. Ahora sí, ahora la sala estaba sola. Una especie de ordenanza llegó a colocar bien las butacas abatibles y recoger los vasos y las botellas de agua de la mesa. Ella se fue a casa. 


(Pinturas: Daniel Sprick. Hiperrealismo americano)

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