Yo tenía un jardín...


Yo tenía un jardín. No era uno de esos jardines franceses cuadriculados y en perfecta formación. No. Podía decirse que era una mezcla del anárquico jardín inglés que se inventó en la era georgiana y del jardín andaluz que imaginamos cada uno de nosotros dependiendo del trozo de terreno que esté a mano.
El rey de nuestros jardines es el geranio. Un sencillo, acogedor, tierno, limpio geranio de color vivo. Una muestra impecable de que la naturaleza tiene lecciones que enseñar. Nada más simple que un geranio en su maceta vidriada, cuando la flor emerge de las hojas con una prestancia inigualable. Rojo sobre el verde impresionista, Monet y las amapolas, paseos junto al Sena y en los terrenos abiertos al mar de la Provenza y la Costa Azul.
Nuestra Costa Azul no era tal, sino un paraíso verde en toda su crudeza. Vientos de levante y de poniente, arrullo de salinas, hombres curtidos, manos oscuras y piel morena. Una curiosa mezcla de mar y río imposible de separar. 
Yo tenía un jardín y se lo llevó el aire. Dos veces. Una reiteración de ausencias.

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