L'amour parle toujours français


Una de mis tías (guapísima y muy fan) me regaló en mi adolescencia una foto de Alain Delon. Tengo que decir que era una postal en la que el actor francés vestía de azul cielo a juego con sus ojos azul cielo. La postal está guardada en una de esas cajas de lata de colores que tengo por aquí y que reviso de vez en cuando porque las cosas que contiene son todas de un delicioso que abruma. Y, desde aquel regalo, Alain Delon pasó a formar parte de mi olimpo. Solo podría recordar de él un par de películas pero eso da lo mismo. Era mucho más que un actor de cine. Era el chico con el que cualquiera de mis amigas pasearía por la calle Real para que las demás nos muriéramos de envidia. 

Años después descubrí Francia. En ese descubrimiento había otros galanes estilo Delon, aunque ninguno como él. Y había bastantes más cosas de las previsibles. Paisajes que se vestían de malva o de naranja. Casas de piedra, con hornacinas dedicadas a las vírgenes. Helados caseros en casas de amigos exóticos. Paseos en un descapotable que conducía alguien misterioso. Refugios de campo para una noche o un fin de semana. Cenas a la luz de las velas o de los reflejos del río. Ríos cuya agua era diferente. Un mar diferente, azul y no verde, azul y no frío, azul y no tempestuoso. Todo era tan azul como los ojos de Delon y como su camisa. 


Mi tía debió intuir, con su práctica inteligencia, que yo era una de esas muchachas que se enamoraban del amor y que lo hacían con toda rapidez. Que se enamoraban de la belleza y que podía caer rendida a los pies de cualquiera que manejara con soltura una sonrisa o susurrara una canción en francés. Las muchachas como yo recuerdan cada gota de sal en las orillas, cada nublado de septiembre y cada beso en los eclipses. Eso lo sabía mi tía y lo sabía, seguramente, Alain Delon, aunque no tuvo el detalle de decírmelo. Como todas las mujeres de mi familia, fieles sin remedio, ambas, mi tía y yo, seguimos pensando que el amor se habla siempre en francés. 


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