Cualquier cosa te diría


(Foto: Nick Knight) 

Construía versos sin palabras. Al cabo de la música. Esta llegaba envuelta en el engañoso ruido de una máquina. Se mostraba desnuda, como si nada pretendiera. Era la música un señuelo peligroso, pero no lo sabían. Ellas no lo sabían. Construía eternidades donde todo era efímero. Los sonidos se quedaban clavados y entraban en la tierra, en el subsuelo, donde los pies pisaban y ya resultaba imposible desatarse. Eran la cuerda, el alambre, la valla, una cruel enredadera. Así, una y otra vez, todas ellas recibían la misma circunspecta llamada al corazón, un aviso de encantamiento mutuo. Ellas estaban convencidas de que no podía ser casual, de que nadie inventaría un argumento con tantos visillos de encaje alrededor, con tanto olor a rosas, con tanto sentimiento. Ellas pretendían ser las únicas, querían serlo, pensaban que lo eran. No admitían el engaño, tanto era su fervor por aquellos sonidos y el ansia que ponía en todas las palabras. Todas vivieron amaneceres inconclusos y nocturnos apagados. Todas soñaron un the end y tuvieron una mala noche de descubrimiento. A palabras dulces, oídos sordos. 

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