Aquellos ojos verdes...


Tenía unos ojos verdes que me hacían dudar y un asombroso parecido con Raoul Bova. Pero no podía ser él. No vivía en la Toscana, no conducía una Vespa, ni saltaba de pantalla en pantalla del cine de verano. Más bien se ensuciaba las manos con la tierra de unas excavaciones que, cada temporada, llenaban su tiempo y arruinaban mis vacaciones. Agatha Christie siempre pensó que era bueno tener un marido arqueólogo, pero eso solo valía para cuando una fuera mayor. Entonces, en los años primeros, cada verano era una pérdida y cada septiembre un renacimiento. 

Tenía unos ojos verdes que engañaban. A veces se tornaban azules con la luz y otras, con la sombra, esquivaban el color de modo que no parecían nada, solo dos llamaradas, dos avisos. En las tardes de junio vivían su mejor momento, porque empezaban a desprender el júbilo de los días de esplendor y llegaban a convencerme de que lo mejor estaba siempre por llegar. Tenía unos ojos verdes tan cambiantes como las horas del día en primavera, tan tiernos como aquella flor que crecía en la tapia cercana a nuestra casa y tan firmes como la promesa que se hace a un niño y que nunca se olvida. Creí yo también en la verdad de esos ojos y no me equivoqué. Verdad y bondad, que son la misma cosa, tan cerca la una de la otra que se confunden. Lo mismo que el color de una mirada. 

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