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Mostrando entradas de mayo, 2020

Pasiones sin reservas

Una vez paseaba por las Ramblas de Barcelona y un chico negro tiró de mí para llevarme no sé dónde. Reaccionó rápido uno de los primos con los que iba y todo quedó en una aventura. No tuve miedo. Quién tiene miedo a los diecisiete años...Mis primos tampoco lo tenían y la historia se convirtió en el guión de una película que rodamos, sin cámaras ni atrezzos, en esos días claros de vacaciones en los que la ciudad era toda nuestra. Lo he recordado porque hubo una canción que fue nuestra banda sonora. En algunos locales que frecuentamos sonaba una y otra vez. Y luego la oíamos en el coche y buscamos incluso su letra en inglés. La tarareábamos sin parar. Los tres logramos que la canción fuera el hit del verano.  De esa forma mágica y sorprendente en que suceden las cosas, la canción volvió a mí hace poco tiempo cuando la vi en la última película estrenada de Woody Allen. La película es "Un día de lluvia en Nueva York" y la canción es Everything Happens to Me. Oír la

Ni una sola palabra hablaba de amor

Leí "Suite Francesa" el año que se publicó en España, 2004. Pero antes había leído "El baile", esa novelita que tiene tanto del estilo Nèmirovsky. Cuando la "Suite" arrastró a tantos lectores yo ya estaba sobre la pista de esta escritora. Después de eso, los títulos que puntualmente ha ido sacando Salamandra han llegado a mis manos, los he leído y, aunque son irregulares, como corresponde a toda recuperación póstuma de un autor, me revelaron el talento y la brillantez de alguien que tenía una mirada especial, que es lo que distingue, para mí, a los narradores de verdad.  En 2014 se rodó la versión cinematográfica de la obra. Diré que es la primera. Estoy segura de que "Suite Francesa" será un título que volverá de alguna forma a ser plasmado en el cine. Y, con cierto retraso, esta misma tarde, acabo de verla. Tengo que decir que no ha sido un buen momento, sino uno de esos días turbios en los que una no sabe por qué tiene la sensación d

Una pequeña historia real

Conocí una vez a un niño muy especial. En realidad he conocido a muchos niños especiales en mi vida. En realidad, todos los niños son niños especiales.  Comenzaré de nuevo, pues. Una vez conocí a un niño muy especial, como todos los niños, al que le gustaba hacer cosas con las manos. Esto no es una circunstancia llamativa, salvo si se tiene en cuenta que todo el mundo consideraba a este niño un perfecto inútil. Los padres estaban preocupados. Es un trasto, no sirve para nada. Los maestros habían dado la voz de alarma. Es un desastre, no guarda los cuadernos, no cuida las carpetas, no sabe afilar los lápices, no se pone en la fila, canta en medio de la clase, se enfada demasiado si se le riñe, no se calla ante las explicaciones, se mueve mucho todo el tiempo. Los compañeros observaron que el niño era, ciertamente, un poquito problemático. Al menos esa palabra era la que usaban sus propios padres y la que ellos aprendieron. El niño problemático. Es una palabra difícil pero uno

Una carretera azul

Raoul Dufy podía haber nacido en Cádiz. Sus azules hubieran sido tan turgentes y vivos como pueden apreciarse en sus cuadros. La obra de Dufy es para mí el santo y seña del mar, la auténtica viveza del tiempo de los encuentros, las olas en su navegar hacia la orilla. El océano rodeado de la pequeña y multicolor marea de gente que apenas entiende algo más que ese bienestar irrepetible de su brisa. Mi mar, mi océano, está en los cuadros de Dufy.  El marido de Edna O´Brien aborrecía que ella escribiera. Y tuvieron sus más y sus menos. Diferencias irreconciliables lo llamaría un abogado de divorcios. Yo lo llamo incapacidad para amar y para ser generoso con uno mismo. Envidiar el talento del otro es pecado. Envidiar el talento de alguien a quien deberías querer es mediocridad. Y ser mediocre es peor que ser un pecador. Cuando Ernest descubrió el borrador en el que ella describía una carretera azul en un paisaje que su cabeza había recreado a partir de las ondas azules de

Enrique, en su baile

Enrique era el hijo de Manolita, el hermano de Paqui, y paseaba por la calle con la apostura de un artista de cine. Se sabía todas las historias, conocía a todo el mundo, sonreía con una sonrisa llena de esperanzas y hacía algo que nadie más lograba hacer como él: bailar. Era el mejor bailarín de todos aquellos días, de todos aquellos tiempos. Han pasado tantos años desde que Enrique era un adolescente que aprendió muchas otras cosas. A ser un trabajador responsable, un buen hijo, un marido amoroso y un padre lleno de caricias. Pero entonces era un muchacho tan alegre como las circunstancias permitían, tan conquistador que todas las chicas querían conocerlo y tan hermoso por dentro y por fuera que nada podía detener su energía, su fantástica energía.  Enrique acaba de morir de esa enfermedad maldita cuyo nombre no queremos escribir. No lo imagino de otra forma que en un inmenso esfuerzo último porque la vida siguiera teniendo sentido para él y para las cosas que amaba. Enrique

La mecedora

Era una casita baja en una calle trasera a la iglesia mayor. La calle tenía nombre de marino ilustre, algo muy común en aquella ciudad para la que el mar era su mayor riqueza. Las ventanas se cubrían de estores para proteger las habitaciones de la luz y del calor del verano, sobre todo el del mediodía, inclemente y sin misericordia. La habitación de la izquierda, según se entraba a través de una casapuerta cuadrada y bordeada de azulejos, era su reino. Una mesa de camilla con paño oscuro, el mismo en invierno y en verano; un mueble de nogal casi desierto; unas sillas, escasas. Al fondo de la habitación, en semioscuridad siempre, junto a una ventana inútil porque apenas se abría, estaba la mecedora y, en ella, la abuela, la mujer de negro, invariablemente sentada y con los ojos bajos, la voz apagada y las manos descansando sobre las rodillas. La gente de la calle decía que estaba loca, así, en lenguaje coloquial, no trastornada ni triste, loca sin paliativos. La locura de la abuela

Casapuertas

El reloj que presidía una esquina del salón, arriba del aparador con la vajilla buena y los manteles bordados con iniciales; ese reloj que tenía forma ovalada y un marco oscuro, indicaba todas las tardes el comienzo de la hora de las confidencias, el tiempo en el que las niñas de la calle se sentaban en las casapuertas a comentar los asuntos del día.  Eran asuntos tan importantes como las crisis de gobierno o las dificultades económicas de los países en vías de desarrollo. Eran las historias que las unían entre sí con lazos que se desatarían con el paso del tiempo y de la vida. Las cuatro niñas poseían el arte de contar con gracia y sin perderse en espesuras, las esperanzas y los sueños de cada uno de los días.  A veces Lourdes salía por peteneras, tal era su obsesión por echarse novio y casarse. Contaba que un chico de la calle del cine se le había declarado por carta, pero nadie la creía. Eso no lo haría nunca un chico de la calle del cine, decía Elvira. Los chicos que e

"Amor y amistad": la película sobre "Lady Susan"

El aspecto de cartón piedra de los personajes del cartel anunciador no representa, en modo alguno, el sentido de la película, su contenido, su estilo. La adaptación cinematográfica de la pequeña novela epistolar "Lady Susan" de Jane Austen se ha presentado en la sección oficial del Festival de Cine Europeo de Sevilla y ha concitado elogios del público asistente, austeniano o no. Una pequeña maravilla. Su titulo "Amor y amistad" (Love and Friendship) ofrece algunas dudas cuando se dice que es el que ella eligió, en primer lugar, para la novela, ya que fue publicada póstumamente como apéndice a las Memorias que sobre su tía escribió su propio sobrino James Edward Austen-Leigh con el título de "Lady Susan". En mis manos una edición de "Recuerdos de Jane Austen", publicada por Alba Clásica en 2012 y otra de "Lady Susan" de La Compañía de los Libros (2010). Ambos textos van aquí por separado.  Sea como sea, "Lady Susan" es

Ocultación

(Erwin Blumenfeld. Fotografía.) En ese mundo de mujeres, las había afortunadas. Gente sencilla pero que parecía estar tocada por la varita mágica de la suerte. Gente apacible, respetada, que convivía con tranquilidad y que no se despertaba de noche en medio del susto y la desesperación. Pero también existía lo otro. Lo otro se ocultaba, nadie podía saberlo. Las primeras interesadas en ocultarlo fueron ellas, las mujeres que tenían una trastienda emocional llena de objetos viejos y punzantes. Esas mujeres agachaban los ojos cuando iban por la calle. Les parecía que ellas mismas eran las culpables de lo que les pasaba. No tenían capacidad para entender que nadie merecía aquello. No. Ellas sentían que la vida era un castigo y que ese castigo tenía que tener una motivación. Nadie podía sufrir así sin causa alguna.  Se equivocaban. Equivocaban sus silencios, que atravesaban las frágiles paredes de las casas y atronaban las calles. Equivocaban sus confidencias, hechas siempre al

¿Por qué Emily Brontë dejó de escribir?

(Casa Museo de la familia Brontë en la antigua casa parroquial de Haworth en Church Street, Yorkshire, Inglaterra. Fotografía de David Ross y Gran Bretaña Express)  El editor de Emily y Anne Brontë era un mal profesional. Desfavorables condiciones económicas, escaso cuidado de la edición, poco respeto al deseo de privacidad de sus autoras...Todas estas criticas negativas pueden hacerse a su gestión. Contrastaba mal su nefasta praxis si se le compara con los editores de Charlotte. Estos eran Smith and Elder, una editorial respetable que contrastaba con las fullerías del otro, Thomas Cautley Newby, de Cavendish Square. Con Newby publicaron las hermanas "Cumbres Borrascosas", la única novela de Emily, así como "Agnes Grey" y "La inquilina de Wildfell Hall" las dos de Anne. Por su parte, Smith and Elder publicaron las tres novelas de Charlotte, "Jane Eyre", "Shirley" y "Villette". Su relación comercial siempre fue muy b

"Amor no correspondido" de Barbara Pym

   E ntiendo a Dulcie Mainwaring aunque no sé si al final, cuando ya no la veamos, (porque el desenlace queda abierto) cometerá el "error" de casarse con alguien inapropiado. Entiendo su papel de espectadora de la vida, eso que no podemos evitar aunque nos gustaría. Quién no querría ser protagonista...Y su sensatez mezclada con el atrevimiento de querer saber. Y, por supuesto, su dedicación a la lectura, algo que los hombres "no comprenden ni les gusta".     E n su entorno pasan "cosas" y ella habla de "cosas". Esto le encantaría a Margaret Dashwood , o, al menos, eso decía en aquella escena de "Sentido y Sensibilidad" . No habla de este libro la novela pero sí de "Mansfield Park" , porque Aylwin Forbes da a su corazón un giro sentimental que compara con el del protagonista de Jane Austen : "Edmund se había desenamorado de Mary Crawford y había empezado a sentir afecto por Fanny" . Así es Aylwin (muy guapo, rub

"1917" de Sam Mendes

"1917" no es solo un alarde técnico. Es también un bombardeo de emociones. La forma en la que Sam Mendes concibió la película (un plano secuencia de dos horas) no indica solo un virtuosismo técnico sino una intención concreta. El espectador acompaña a los dos soldados, Schofield y Blake, a través de una aventura épica. Son los nuevos Miguel Strogoff, su misiva salvará mil seiscientas vidas si llega a tiempo.  En la historia, como sucede en "Dunkerque", los alemanes están enfrente pero no son nada. No aparecen, salvo para poner trabas a ese viaje incierto. Y los jefes aliados tampoco parecen significar sino autoridades que se guardan sus sentimientos a buen recaudo. Solo el capitán Smith (Mark Strong) conserva, entre las atrocidades, una mirada limpia y una mano que tender. La guerra destruye lo que mata y lo que queda. Esa es una de las lecciones de la película. Todos pierden.  Cuando estudiaba Historia en la universidad me preguntaba muchas veces po

Aquellos ojos verdes...

Tenía unos ojos verdes que me hacían dudar y un asombroso parecido con Raoul Bova. Pero no podía ser él. No vivía en la Toscana, no conducía una Vespa, ni saltaba de pantalla en pantalla del cine de verano. Más bien se ensuciaba las manos con la tierra de unas excavaciones que, cada temporada, llenaban su tiempo y arruinaban mis vacaciones. Agatha Christie siempre pensó que era bueno tener un marido arqueólogo, pero eso solo valía para cuando una fuera mayor. Entonces, en los años primeros, cada verano era una pérdida y cada septiembre un renacimiento.  Tenía unos ojos verdes que engañaban. A veces se tornaban azules con la luz y otras, con la sombra, esquivaban el color de modo que no parecían nada, solo dos llamaradas, dos avisos. En las tardes de junio vivían su mejor momento, porque empezaban a desprender el júbilo de los días de esplendor y llegaban a convencerme de que lo mejor estaba siempre por llegar. Tenía unos ojos verdes tan cambiantes como las horas del día en pri

Una terraza frente al mar

(Pintura: Fabrice de Villeneuve) Teníamos una terraza frente al mar. Un espacio rectangular y luminoso en el que la cortina se balanceaba y movía sus blancos hilos cada vez que el viento la convertía en una sala de baile. La cortina era una franja de pasmosa claridad, que cosí en una de esas tardes de tranquilas horas doradas, y que formaba parte del paisaje, igual que los geranios, las macetas, los toldos y los cristales brillantes y asomados al océano. El tiempo de cada día tenía siempre el movimiento de las olas. El amanecer, con esa pasmosa naturalidad del agua mansa; el mediodía, con las nubes de calor sobre nosotros; la siesta, que guardaba un silencio impenetrable; el crepúsculo, extraño y huidizo; la noche, el momento de los sueños más íntimos, de las charlas más cubiertas de musgo.  Teníamos una terraza frente al mar. Nos pertenecía su estructura, su suelo brillante y sus laterales plagados de pequeños detalles que venían y formaban parte de un ambiente único. Ér

Que no se apague el mar

The Long Leg, Edward Hopper, 1930 Que no se apague el mar aunque nosotros no pisemos la arena de la playa. Al fin, la playa es solo un subterfugio, una excusa, una parte del tiempo que gastamos para pensar en nada. Extendidos los brazos hacia el sol que vigila, el mar tiene una deuda pendiente cuando lo convertimos en un modo de estar y no de ser. Ese azul que se mezcla con el cielo tiene una explicación pero no la sabemos porque sigue a la duda y la duda es eterna. Ese molino blanco que azota el horizonte puede que albergue una historia de amor, la de Birkin y Úrsula, tan cansada y perdida, que no había forma de entender por qué los hombres huyen y las mujeres lloran.  Regata en Villers, Gustave Caillebotte, 1880 Que no se apague el mar. En lontananza las barcos que miran el susurro del agua embravecida. Todas las sensaciones, cada una con su color. El violento batir de las esclusas, el sueño compartido de las velas, el aire silencioso del levante o poniente, el gri

Yo tenía un jardín...

Yo tenía un jardín. No era uno de esos jardines franceses cuadriculados y en perfecta formación. No. Podía decirse que era una mezcla del anárquico jardín inglés que se inventó en la era georgiana y del jardín andaluz que imaginamos cada uno de nosotros dependiendo del trozo de terreno que esté a mano. El rey de nuestros jardines es el geranio. Un sencillo, acogedor, tierno, limpio geranio de color vivo. Una muestra impecable de que la naturaleza tiene lecciones que enseñar. Nada más simple que un geranio en su maceta vidriada, cuando la flor emerge de las hojas con una prestancia inigualable. Rojo sobre el verde impresionista, Monet y las amapolas, paseos junto al Sena y en los terrenos abiertos al mar de la Provenza y la Costa Azul. Nuestra Costa Azul no era tal, sino un paraíso verde en toda su crudeza. Vientos de levante y de poniente, arrullo de salinas, hombres curtidos, manos oscuras y piel morena. Una curiosa mezcla de mar y río imposible de separar.  Yo tenía un jard

El arte de mantener la compostura

Si Jane Austen hubiera terminado de escribir "Sanditon" , quizá hoy la veríamos de otra forma.   No a la historia, a ella.  Después de "Persuasión" y de "Emma" , las últimas novelas que escribió, esto sería una vuelta de tuerca, una forma de encarar otros temas y otros ambientes. Pero, definitivamente, en los primeros capítulos que dejó acabados, hay ya un germen que tiene la intención de mantener su estilo y de abrir otros caminos todavía no transitados. Es un misterio absoluto qué haría con los personajes, qué diría y, si al final, habría varias bodas. Ahora Andrew Davies , un especialista en Austen porque fue el director de la mejor versión de "Orgullo y Prejuicio" que se ha hecho, la de 1995 en la BBC, se ha encargado no solamente de coger el original y llevarlo a la pantalla, sino de inventarse toda una historia, una serie, que, por lo que intuyo, va a tener más temporadas. Diré, para empezar, y de forma clara que, aunque esa historia