La tienda de los libros



(Fotografía: Nina Leen)

Un día, en un pequeño local que había quedado vacío cerca del patio de Bernabé, instalaron una tienda de libros, un lugar al que podías acudir a cambiar tebeos, novelas del oeste y de amores, todo muy barato. No era una librería al uso, sino un espacio alargado, atestado de novelas, cuentos y tebeos, que se ponían a disposición del cliente sobre el mostrador de madera. El sistema era muy sencillo: había precios distintos para cambiar según fueran las ediciones nuevas, regulares y viejas. Las nuevas eran bastante más caras y poco asequibles para el alcance diario de los bolsillos, pero de vez en cuando, los lectores empedernidos de Marcial Lafuente Estefanía o las lectoras de Corín Tellado, hacían el gigantesco esfuerzo por conseguir leer lo último de sus queridos autores.

El reducido espacio de la tienda estaba plagado, por las tardes, de aficionados a la lectura que se pasaban las horas contemplando las nuevas adquisiciones y buscando ejemplares para cambiar. Era un sistema solidario y cooperativo para poder leer mucho por un módico precio y esta tiendecita, como otras parecidas que había en otros lugares, hicieron el papel de las inexistentes bibliotecas de entonces pues las que había solo aparecían en las películas americanas y servían para indagar en el pasado de asesinos ocultos como en “La sombra de una duda” que tanto nos inquietaba. Allí estaba Joseph Cotten que había dejado de ser el amable policía de “Luz que agoniza” para convertirse en un malvado asesino en serie.

Muchos de estos lectores empedernidos recalaban en la plaza de la iglesia, un pequeño espacio con bancos de piedra que estaba al principio de la calle antes de llegar a la plazoleta del palenque. La iglesia servía de parroquia y era muy grande y antigua, una de las más antiguas del pueblo, con un retablo muy bonito y unos altares cuidados, llenos de figuras piadosas a las que se tenía gran devoción. Los jóvenes se encontraban en la plaza para charlar y para compartir lecturas y música, las dos únicas ocupaciones, junto con las penas del amor, que habían descubierto. 

(Fragmento de "Las islas lejanas")