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Esperaste, paciente, la llegada



Podría haber sido una terracita muy coqueta cerca del río. O un antiguo café del centro, de esos que tienen en las paredes cuadros de películas. O la cafetería familiar, la de siempre. O, quizá, siendo aún más exagerados, un pequeño bistrot en la orilla izquierda, un restaurante italiano en horas bajas o la librería que sirve helados en el centro de Dublín. 

Nada de eso. En tiempo de tormenta, la bonanza es tan solo un enclave geográfico que tú ni siquiera conoces. Las velas de esos barcos que me tuvieron cerca se volvieron despacio hacia otro lado y tú ni te enteraste, ni te fuiste. Esperaste paciente mi llegada y el artilugio se volvió sonoro, firme, seco, libre, tierno, amable, complaciente y tengo que decir que esperanzado. 

Todas las risas y todas las palabras. La camisa en azul, que es el color del tiempo que avecina y promete. Tienes el aire de una película de hombres enamorados. Las manos llevan el aire alado de las cosas que se posan tan solo si el sueño se ha cumplido. Yo despeino mi pelo con las manos. Tú levantas tu taza con premura. Los dos nos hemos dado una tregua de sueños. Esto que ahora vivimos está justo en el medio de la vida. No sabemos por qué. La tarde tiene sones que nunca adivinamos. Me pones tu canción y yo canto la mía. Voz y sonido enteros, solamente pedirte que la risa no se termine nunca, que el sol alivie, que la tarde se alargue, que ese pequeño tiempo entre murmullos no se convierta en llanto, no se nuble. 


Qué bonito el vestido, me dices y yo río. Qué bonito el mantel, qué floridas las tazas, qué limpio el horizonte, qué calida la luz. Qué hermosura de risa, qué belleza de acentos, qué sencillo es hablarte, qué palabras, me dices. Te escucho en letanía y comprendo que todo se ha escrito sin guiones ni trampas y tiene todo el aire antiguo de un bucle en blanco y negro, de un corazón que late sin mentiras. 

(Título: un verso de Ángel González. Fotos de Genevieve Naylor) 

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