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Demasiado sentimiento

     

     Me pasa a menudo con las amigas. Tener amigas es muy difícil para mí, es más, no estoy acostumbrada a tenerlas. Mis amigas son eso, presuntas amigas, no amigas de esas que puedes molestar a cualquier hora con una llantina sobrevenida. No.

Son amigas tan ocupadas que me tratan como si fueran un médico que reparte citas. No sé, pero me parece que eso no son amigas como las que veo en algunas películas: está la protagonista llorando, feísima, tirada en la cama, incluso borracha a base de gin tónics consumidos en la peor soledad, con la música a todo trapo ( y sin que ningún vecino proteste, que esa es otra) y entonces llama a alguien, una amiga y va la amiga y se planta en su casa. Hay ocasiones en que ni siquiera tiene que llamarla, sino que la amiga tiene un sexto sentido y se presenta en casa de la doliente sin avisar y en el momento justo. 

Como las películas suelen ser americanas plantarse en la casa de alguien a cualquier hora tiene mucho mérito. Estados Unidos es un país donde las distancias son enormes, no como aquí que estamos en un radio de diez minutos en el circular. Bueno, pues en esas películas las amigas cogen un coche, incluso el metro, el bus o un funicular (hay muchas películas con funiculares, casi todos los funiculares tienen su película) y llegan a la casa, abrazan a la amiga que está sufriendo horrores y esta les cuenta cosas. Suelen ser penas de amores, para qué engañarnos, porque nadie sufre por otros motivos. Y, si sufres por otros motivos es que estás aprovechándolos para llorar por amor. Eso es así y no hay quien lo discuta. 

Las amigas de las películas americanas se solidarizan unas con otras y se ponen a comer chocolate y palomitas sin venir a cuento, engordan todas a la vez y se lamentan en coro de la mala suerte que tienen con los hombres. Y ellos siempre tienen la culpa. Pero aquí, te buscas a una amiga para desahogarte porque te están tomando el pelo y ellas son capaces, lo son, de darle la razón al tío y soltarte encima una monserga. “Es que eres muy posesiva” “Debes tener paciencia, en el amor las cosas son de ritmo lento” ¿Son amigas o franquicias de Paulo Coelho? 

Mis presuntas amigas tienen la fea costumbre de intercalar sus propias cuitas cada vez que yo intento colarles alguna jeremíada. “Si, claro, lo tuyo es fuerte pero ¿y yo?”. Cuando me abandonó mi último novio no conseguí hilvanar la historia completa con ninguna de ellas. A poco que iba avanzando surgían similitudes con algo que, oh sorpresa, les había pasado a las demás. Ya estoy acostumbrada, pero siempre que veo una película de amigas pienso en mis no-amigas.

Con los amigos meter la pata es más complicado. ¿Qué amigos, diréis? ¿Puede un hombre ser amigo de una mujer? Los hombres y las mujeres no pueden ser amigos. O, si lo son, es porque antes han sido amantes y pretenden perpetuar una relación ya acabada. En el fondo, cuando terminas con alguien lo que te apetece es mandarlo a  esparragar, pero no lo haces porque no queda elegante y porque te engañas a ti misma diciéndote que conservas una buena amistad con tu ex. Un falserío como otro cualquiera. Uno de esos engaños que existen entre los hombres y las mujeres. Yo no conservo ninguna amistad con ningún ex. Es más, no quiero verlos ni en pintura. Y eso que no he tenido finales dramáticos pero, una vez que termina el amor, qué te interesa hablar con alguien que te importa un pimiento. En esto, como en lo de las amigas, los tópicos florecen. Todos intentan parecer modernos y no pecar de fríos o de gente sin corazón. 

Creo que meto tanto la pata en mis relaciones porque he visto muchas películas. El cine te deseduca terriblemente. Te convierte en una persona sometida a ejemplos poco edificantes y así nos va a las cinéfilas. Cinetontas. Las que no tienen esa rémora, ni ninguna otra, porque tampoco han perdido el tiempo leyendo, ni apenas estudiando, esas son las auténticas reinas del amor y el sexo, así todo junto. Mujeres que dominan la escena y que no se hacen mil preguntas acerca de esto o aquello. Tienen claro el objetivo. Este tío me gusta. Y se ha acabado. A por él, que mañana puede ser tarde. Saben que el escote de pico les sienta mejor si tienen una talla noventa y cinco de pecho. Saben que los tacones altos a ellos les pone cantidad. Saben casi todo lo que hay que saber y nos dan sopas con honda a las listas-insumisas-independientes, una especie que no tiene remedio y que nunca llegará a nada en las lides amorosas.

Lo del cine tiene muchas lecturas. Depende bastante de la protagonista que cojas como referente. Si es, por ejemplo, Vivian, la de Pretty Woman, entonces tienes que buscarte a un tipo rico y guapo, pero, si ves que no tienes posibilidades de encontrarlo, puedes cambiar a Erin Bronkovich, que es la misma actriz, pero en fea y mal vestida. El consuelo te puede llegar de ver en la actualidad a Richard Gere, budista, con el pelo gris y haciendo obras de caridad todo el día. Otro referente que da quehacer es Scarlett O´Hara. Ese cinismo de viuda-bailando-vestida-de-negro todavía levanta resquemores. Tienes que tener unos maravillosos ojos violeta o, en su defecto, una depresión de caballo. 

Yo soy una experta en fastidiar mis relaciones sentimentales. Todas. No he dejado ni una viva, por eso debería escribir un libro que se llamara “Cómo cargarte un amorío en diez pasos”. Digo diez porque menos no ocuparía ni veinte páginas y así no sería un libro, sino un folleto publicitario. Pero tengo la extraordinaria virtud de conseguir ese efecto en dos o tres pasos. Es como cargarte un rollo sexual en los prolegómenos. Te invita el tío a su casa, subes en el ascensor, llegas, te metes en el cuarto de baño y a punto de saltar al sofá-cama te preguntas ¿qué coño hago aquí? 

Para mí que todo esto me pasa porque no tengo confianza en mí misma. Es así. No puedo evitarlo. Me bloqueo ante las responsabilidades. Cuando llego a casa del señor que me invita me empiezo a plantear miles de objeciones. Algunas son de carácter clínico. Otras, filosófico “seguro que solamente soy para él un objeto sexual”. Y otras, geográfico “si ni siquiera sé de dónde es este tío ni a qué se dedica”. En fin, todas ellas pertinentes, desde luego, pero no para ser planteadas justo en el momento en que los dos subimos en el ascensor y el tío te pone la mano en la espalda y te dice con una impostación de voz que quiere parecerse a Brando: “Cielo, vas a subir al ídem”. Justo entonces sueltas una carcajada y ya la jodiste. Porque reírse no está nada bien visto. La prueba es que las mujeres fatales nunca se ríen  y siempre tienen la mirada oblicua. 

(Relato inédito. Foto de Nina Leen)

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