No tengo el corazón para luciérnagas



No tengo el corazón para luciérnagas. La frase ha aparecido de repente y me sigue dando vueltas en la cabeza durante todo el día. No sé el motivo por el que algunas palabras se juntan y se convierten en una melodía que te persigue, como si no tuvieras más remedio que escribirlas. Ocurre con algunas canciones que oyes no sé dónde, un momento en la radio quizá o en internet y entonces entran en ti y no hay manera de espantarlas. Se pegan a las horas y no podemos prescindir de ellas y acabamos cantándolas. Me ocurre también con la poesía. Un poeta, unos versos, una estrofa, aparecen contigo una mañana, al tiempo de levantarte o mientras desayunas. Y entonces te intentas desprender de esa letanía inseparable. Y no puedes. Te duchas y te envuelves en una toalla azul con rayitas de color mostaza y descubres que la música del verso está presente. Luego te limpias la cara, te untas la crema antisolar, te peinas y te perfumas, y ahí están las palabras, el verso o la canción, lo mismo da. Todo el día se las oye andar a tu lado. Cruzan las calles contigo, atraviesan el tiempo del trabajo y vuelven a encontrarte junto al ocio. Vaya, te dices. No podré desprenderme de ellas si no encuentro alguna trampa para ratones. Y no la encuentras. 

No tengo el corazón para luciérnagas. Las luciérnagas aparecen en las fotos que he visto en internet, en los cuadros de los impresionistas y en algunas imágenes de cuentos, de esos en los que hay hadas y musgo para decorar la navidad en las casas de campo. Las luciérnagas son pequeños bichitos pero parecen flores aunque las flores no brillan pero quizá sí, quizá las flores brillan y se trasmutan en animales y por eso las luciérnagas son mitad animales, mitad plantas. No tengo el corazón para luciérnagas, me digo. Y pienso en él. Siempre hay un él en quien pensar cuando notas que no estás para fiestas, que no estás para cuentos, que no estás para rosas. Una vez él me envió dos rosas amarillas. Era diciembre y las rosas llegaron en un envío de interflora, con una vela blanca o casi beige y otras hojas verdes, muy tiesas y que pinchaban, aunque no era muérdago ni tenían bolitas. Las ramas se fueron destiñendo de color y la vela se perdió por ahí, o la tiré a la basura en uno de mis arranques de ira ante su desamor tan evidente. Pero las rosas se secaron, las rosas amarillas se secaron y despegué las hojas con cuidado, les pasé por encima con un pincel un poco de laca de uñas transparente y se convirtieron en unas rosas de cera que ahora da gusto verlas, porque siguen oliendo, aunque no a flores, sino a esmalte de uñas de frambuesa. 

No tengo el corazón para luciérnagas. ¿Es posible querer a quien no se conoce? Quizá lo conocía. Quizá me resultaba más cercano que la gente que trabajaba conmigo, que la gente que veía cada día. No sé qué es lo que hace que surja la pasión, pero si existe algo parecido lo he sentido por él, tal vez aún lo siento, aunque no estoy segura. Ya demasiadas veces me arrepiento de todo. 

(Fotografía: Eve Arnold)