No tan felices


Luke Kelly, Edna O'Brien & John Minihan at Minihan's 1972 exhibition in Royal Court Theatre, Camden

El tercer libro de la trilogía "Las chicas de campo" es el más pesimista, el más decadente, el más angustioso. Ella lo explica así: “La novela “Chicas felizmente casadas” gestada en aquel período de frenesí, marcó para algunos una ruptura con respecto al tono lírico y centelleante de mis anteriores trabajos” Y su título expresa una irónica postura ante la vida, el reclamo de la desolación. Las conclusiones que Edna O´Brien ofrece no son agradables. En el fondo, viene a decir, nunca vamos a encontrar la felicidad, esta no existe, todo lo más un engaño tras otro. Quizá sea interesante dejar claro que en estos años ella misma estaba divorciándose de su marido y que ese divorcio fue complicado. La custodia de los hijos estaba en juego. Y, desde ese momento, ella tuvo que formarse una nueva vida. Da la sensación de que con la trilogía cierra un capítulo no solo literario sino vital. He aquí lo que he sido, a partir de ahora comienza de nuevo mi historia. Pero quiso dejar constancia de lo anterior no sabemos si como exorcismo o como una forma de reafirmarse. 

Tampoco es exacto decir que el capítulo de su infancia irlandesa, de sus tabúes, de las relaciones paterno-filiales tan complejas, desaparezca ya de su literatura. No es objeto de este texto pero ahí está “Un lugar pagano” para dejarnos claro que aquello que ocurrió está siempre presente y nunca puede borrarse. Y luego, en sus cuentos, ese maravilloso tomo que los recoge “Objeto de amor”, está toda su filosofía de vida. El encuentro con seres magníficos que la hacen sentir inferior, la búsqueda del verdadero amor, la necesidad de reivindicarse y conocerse a sí misma, la amistad, el matrimonio, la relación con los hijos, la lucha por ser en un ambiente difícil. En “Objeto de amor” está todo lo que ella misma fue a partir de su divorcio, su vida ajetreada, llena de fiestas y de personajes famosos. 

Kate y Baba han logrado casarse. Se abalanzaron sobre el amor desde el principio creyendo que era la cura de sus heridas. La forma de conjurar sus fantasmas. Pero hay amores que generan aún más dolor y fantasmas que surgen cuando menos lo esperas. Por eso ninguna de las dos conseguirá sus objetivos. Que son muy diferentes, como ellas mismas. 

El hecho de que en este tercer libro la voz narradora la lleve Baba es excepcional y añade a la historia una mirada que desconocíamos. Mucho más cáustica, más realista, quizá menos sentimental. Los comentarios que hace acerca de su supuesta querida amiga son atronadores. Y la forma en que ella misma se desenvuelve, esa mirada oblicua, es apabullante. Baba es una narradora que va al grano pero que no se deja nada atrás. Por eso el libro es mucho más rápido que los otros. En el primer capítulo es capaz de resumir todo lo ocurrido en los otros dos. Y lo hace con una sencillez que abruma. Baba da miedo. Si fuera mi amiga, me asustaría. No seguiría sus consejos, ni le pediría ayuda. Y, sin embargo, Kate lo hace. Porque aquí lleva las de perder. 

La gran pregunta, la verdadera cuestión, el interrogante al que debería contestar es muy sencillo: ¿Por qué la gente me trata mal? Ella no consigue darle respuesta pero nosotros podemos añadirla: Porque tú dejas que te traten mal. A Kate la trata mal todo el mundo. Este es su verdadero y gran problema. 


Ellas son diferentes y por eso lo son también sus matrimonios y sus vidas. Kate se ha casado por fin con Eugene, al que ella considera el amor de su vida. Kate siempre necesita tener un amor de su vida, alguien que la salve, aunque ella no sabe exactamente de qué ha de salvarla. Y ha tenido un hijo, Cash. Eugene es de esos hombres que quieren ser el padre y la madre de su hijo, que no se conforman con ser una de las dos cosas. De manera que la rutina comienza a asentarse en su vida y, sobre todo, el desdén. Kate no soporta el desdén. 

En los capítulos del tercer libro en los que el narrador omnisciente nos cuenta la vida de Kate para que no nos perdamos nada, la narración se vuelve extravagante, como si todos hubieran perdido la cabeza. En la casa de Kate y Eugene, además del niño vive alguien más. Una especie de baby sitter, una doncella o una chica para todo, que se llama Maura y que irá suplantando poco a poco el papel de madre. En realidad es lo que ella cree. Porque Eugene, al fin y al cabo no es capaz de darle su sitio a nadie, ningún sitio. Todo el espacio ha de ocuparlo él mismo. Y gracias a eso Kate terminará siendo una mala madre. 

Por su parte, Baba se casa sin amor, simple interés y no espera nada más que una vida normal en la que su marido, Frank, un constructor sin estudios y sin sensibilidad, no la atemorice demasiado y la deje en paz. 

Ambas se convencieron aunque no quisieron reconocerlo de viva voz que “nada, nunca iría a mejor en nuestra vidas”

Uno de los elementos más definitivos del texto en el relato de Baba es como esta se muestra desnuda ante todos. No se hace ilusiones con ella misma, sabe cómo es en realidad y cómo ha tenido unos celos mortales de Kate desde niña (“en la escuela me escribía las redacciones”)  Yo también he sido una niña que ha escrito redacciones a otra y sé que se hace por miedo, por necesitar que te quieran o porque así puedes tener un sitio en el conjunto. La pérdida de la ilusión con respecto a los hombres está patente en varias frases de la página 15: 

“Ay, estos irlandeses: especialistas en batallas, asedios y masacres, pero desastrosos en la cama”
“El que a la gente le caigas mejor o peor es cosa del azar y, si acaso es culpa de alguien es de los demás. Lo mismo pasa con el amor, sólo que en mayor medida”

Las reflexiones de Baba van todas en esta linea de descreimiento y quizá, de realidad. El resentimiento hacia Martha, su madre, sigue vivo a pesar de los años: 

“Casi nunca hablaba con ella de nada, porque cuando cogí la escarlatina (a los cuatro años) ella no tuvo otra cosa que hacer que mandarme a una zona de habla gaélica para que aprendiera la lengua. En realidad su intención fue librarse de mí para no tener que cuidarme” (página 17)

El aburrimiento es uno de los ingredientes que logra que ambas transgredan las normas, unas normas que llevan dentro desde siempre pero que odian. 
“Raras veces hablaba con las vecinas. Y no era de extrañar: casi todas eran amas de casa que por las mañanas salían a la puerta a decir adiós a sus maridos, a las once hacían la compra, coleccionaban los tulipanes de plástico que incluían los tambores de detergente, y dirigían cartas al gobierno del condado para solicitar que talasen los árboles de la calle…¿Cómo sobrevivían todas esas mujeres?” (pág. 31)

Ambas tenían un punto en común: “Entregándose a la vida doméstica conseguiría expiar todas sus faltas” (pág. 45) Pero esto no era tan sencillo. Por lo pronto, Kate, acabado ya el amor de Eugene, que se reveló como un narcisista perverso, se volvió a enamorar de un político casado que, cuando vio que las cosas se ponían feas, se quitó de en medio y siguió con su ejemplar vida pública. 

Y Baba andaba metida en aventuras intrascendentes de ninguna de las cuáles sacaba siquiera un orgasmos decente. La diferencia entre ambas es que Kate es una sufridora nata y Baba una despreocupada sin límites. 

Y el sufrimiento de Kate se acrecentó cuando descubrió una nota que Eugene le había dejado a Cash, su hijo, para que la copiara en sus ejercicios de caligrafía que él solía supervisar. La nota decía así: 
“De vez en cuando se planteaba que no todas las mujeres podían ser unas brujas, pero aquel pensamiento no duraba demasiado, pues la realidad siempre lo desmentía” (pág. 45)

Esta es la situación a la que han llegado las dos chicas de campo, tras pasar por Dublín y asentarse en Londres. Chicas jóvenes (cuando acaba el tercer libro andan por los veinticinco años) siempre con hombres mayores, que podrían ofrecerle lo que tanto buscan ambas, protección. 


Los malos tratos han estado presentes desde el principio de la historia. No solo en ellas sino, previamente, en sus padres. Cuando Eugene descubre que Kate tiene un amigo especial (como ella misma le indica, nunca se llegaron a acostar), la abofetea. Kate soporta ser maltratada y expulsada de su hogar simplemente por metérsele en la cabeza que hay un hombre bueno que puede quererla. Baba, en cambio, lleva la vida que quiere, o que puede, pero ni siquiera Frank logra dominarla. En este sentido hay un episodio crucial. Baba se queda embarazada de un tipo que conoce una noche. Ella se preguntará, como tantas veces, qué clase de sistema es este que te deja embarazada sin apenas notar el placer. Cuando intenta abortar no lo consigue y es finalmente Kate quien le quita la idea de la cabeza. Así que Baba se lo cuenta a su marido, Frank, y este termina por aceptar a la hija como suya. La hija le saldrá rana, como quizá no podía ser de otro modo, y se marchará de casa a los trece años sin querer volver a ver a ninguno de los dos. 

“-Ha descubierto lo mío con Duncan. Me ha pegado y amenazado con separarme de Cash, me odia. 
-Millones de mujeres (contesta Baba) reciben golpes a diario y yo una vez incluso me vi obligada a desnudarme, con el beneplácito de mi marido porque tres amigotes suyos habían apostado a que no tenia ombligo. ¿Cómo habría podido vivir sin ombligo?”

La máxima de Frank era bien sencilla: “Revienta a tu mujer pero siempre entre las cuatro paredes de tu casa” Toda esa aparente hombría no casaba bien con su comportamiento en la cama, del que no tenía ni idea, porque ni siquiera estaba enterado de que a las mujeres, determinados días del mes, le baja la regla. Esa falta de información sexual estaba no solo en las mujeres, como se ve, sino también en los hombres. 

Puesto que los hombres no eran lo que ellas habían pensado, quizá los hijos pudieran compensar el vacío. Pero tampoco ocurre, porque la hija de Baba abomina de ella y el hijo de Kate, se verá alejado de su madre y preferirá el bienestar económico que le proporciona su padre. 

El capítulo 7 del libro es la mejor muestra de cómo es Baba, de su ingenio y del crecimiento como escritora de Edna O´Brien. El sentido del humor, la doble intención, el sarcasmo, la ira ante las tonterías, el desprecio a los presuntuosos, la inevitable ridiculez de la vida, todo se convierte en un vodevil absurdo, en un teatro de comedias e, incluso, en un sainete. Seguramente sea el mejor capítulo de este libro y de todos los demás y dos elementos sobresalen de él: la torpeza, la estupidez y la prepotencia de algunos hombres y las convenciones sociales mal entendidas. El estilo es sublime. La forma de contarlo, apabullante. Te ríes de verdad y te preguntas cómo es posible que estas cosas ocurran y que la vida, al final, sea una farsa. 

Merece la pena ahondar un poco en él porque así vamos a conocer mejor a Baba, dado que los dos primeros libros ella es un personaje difuso que solo conocemos a través de Kate. Pero cada vez tenemos más claro que Kate no es demasiado de fiar. Sus fantasías, su visión dramática de la vida, la herencia terrible de su madre, a la que por cierto, termina recriminando en su interior tanto martirio. Kate pide disculpas constantemente, se echa la culpa de todo, se arrastra de una manera tan indigna que deja a un lado la lucha de la mujer cada vez que, en sus arrepentimientos, asegura a Eugene, como antes hizo en otras ocasiones, que ella no merece tener todo lo bueno que él le da. ¿Qué es lo bueno? ¿Una complicidad extraña con la niñera? ¿Que vigile sus papeles y sus cartas? ¿Que intente que su hijo no la quiera? En una de sus últimas charlas telefónicas para pedirle disculpas, desde la casa de Baba, donde se había refugiado afirma sin despeinarse que él merecía una buena mujer pero que las buenas mujeres no existen. ¿Por qué no pensar que ella merecía un buen hombre y viceversa? 

En una de sus visitas al psiquiatra al que se ve abocada tras perder a su hijo y todo el asidero que tenía en la vida (solo le quedaba la ayuda estrafalaria de Baba), se sorprende pensando acerca de su vida anterior: 

“Las colinas le recordaron inesperadamente a su madre, y Kate experimentó entonces, por primera vez en su vida, un destello de repulsa hacia aquella mujer difunta y agotada. La bondad de su madre y el accidente que provocó que muriese ahogada siempre le habían atribuido una pátina de perfección. El amor de Kate había permanecido inalterable e imperecedero, igual que las flores de cera bajo las campanas de cristal de la que hubiese sido su sepultura, de haberla tenido. Sin embargo, de pronto, ahora veía a aquella mujer con otros ojos. Una mártir voluntaria. Una chantajista que había querido recoser el cordón umbilical, que había asfixiado a su única hija en un amor aborrecible, melifluo y lisonjero” 

Volvamos al capítulo 7, tiempo habrá en el apartado final de reflexionar sobre estos pensamientos. 

El capítulo tiene dos partes diferenciadas. En la primera Baba recibe clandestinamente en su casa a un músico llamado Harvey, con tendencias místicas y tan elevado concepto de sí mismo que va vestido todo de marrón. ¿Quién puede ir de marrón impunemente? se pregunta ella. Se supone que es una cita amorosa, un ligue sin más. En la casa solo está la criada, la señora Cooney, pero ella le deja bien claro que no la necesita, que vuelva a su cocina y la deje en paz. Baba no tiene buena mano para las criadas porque no ha aprendido a hacerlo, a su madre le ocurría lo mismo. De resultas de ello, no la respetan y, si pueden, la chantajean. 

Harvey se dedica a entretenerla con juegos que, en lugar de ser eróticos mueven a la risa y por eso el capítulo es desternillante. Con las baquetas del tambor que llevaba a cuestas se puso a darle baquetazos por todo el cuerpo porque eso le parecía estimulante. Los pensamientos de Baba y algunas de las frases que le dedica son para enmarcar. Aquel tipo no tenía ni idea de lo que ella quería: un polvo rápido y certero, todo lo más algunas guarrerías previas. Pero no, entre charlas, recomendaciones, consejos, bebidas y la incorporación de la señora Cooney al concierto improvisado, la cosa acaba en cama y sin resultados. Muchos baquetazos, muchos tortazos en el trasero pero nada de polvos ni de follar. Todo se supone que queda a la espera de la siguiente cita en la que, por supuesto, Baba no confía. 

La segunda parte del capítulo, también centrada en Baba, cuenta el desarrollo de una fiesta social que tiene lugar en su casa, una especie de cena semiinformal, con alguna familia y allegados, así como amigos íntimos. Nadie sabe en el grupo qué es un protocolo acertado y menos que nadie Baba, a quien todo eso le produce risa y apuro a partes iguales. La ridiculización de las normas, la manera en la que ella guarda sus pensamientos más dañinos contra aquellos mientras aparenta ser una anfitriona casi perfecta son el leit motiv de la narración, hecha en tono burlesco. Es en este capítulo donde Edna O´Brien despliega sus artes humorísticas que antes no habíamos conocido con todo su esplendor. Un humor casi triste, porque es la constatación del fracaso. 

El cruce de cartas entre Eugene y Kate son una demostración clara de la falta de empatía del primero, de su presunción al considerarse un espíritu puro, de la negación de cualquier responsabilidad en el fracaso de su matrimonio y, por el contrario, por el lado de ella, de su carácter victimista, su miedo a ser abandonada, su preocupación por el futuro, la soledad y la vida sin asideros y su deseo de ser perdonada a toda costa. Utilizando un lenguaje coloquial que entendemos todos podíamos decir que Kate, con tal de volver a tener la (mala) vida que tenía antes del incidente con Duncan, habría reconocido que mató a Kennedy. 

Como es lógico, cuánto más considera ella que ha errado, más fácil le resulta a él reafirmar sus razones. Así suele ocurrir. Si en un pugilato entre dos personas, sea del tipo que sea y por el motivo que sea, los dos reman en la misma dirección, hay uno que, seguro, se ahogará. En este caso es ella, Kate. 

“Mi querido Eugene: 
Ignoro si servirá como desagravio, pero quiero decirte que la aventura que tuve fue ridícula y banal. Cada vez que recuerdo las cartas de ese hombre (las que tienes tú ahora) no siento más que vergüenza. Reconozco que te he hecho daño, pero también me lo he hecho a mí misma. Me falta un tornillo, justo el tornillo que debería indicarme cuándo piso tierra firme y disuadirme de que me adentre en un cenagal. No sé por qué cometo malas acciones” 

Las malas acciones de Kate habían sido intercambiar unas cuántas cartas romanticonas con un tipo que ni siquiera había dado la cara por ella. 

La respuesta de Eugene es de libro: 
“Querida Kate: 
Lo que debo hacer ahora es olvidarme de la pequeña Kate (qué nombre tan poco apropiado) y retomar esas facetas de mi vida , que, idiota de mí, descuidé por su culpa” 

No sé si es peor lo escueto de la respuesta, la alusión tan evidente a que ella no merecía haber sido llamada “pequeña”, un diminutivo cariñoso, o el hecho de que el final de la carta ni siquiera fuera dirigida a ella, sino que use la tercera persona. 

La carta que Kate le dirige, esperanzada, a Eugene, obvia hacer mención alguna “al maltrato emocional al que él la había sometido durante años, así como a su propia compulsión de amar hasta la extenuación desde que se despertaba hasta que se acostaba”  

Cuando recibe la respuesta de él, no se plantea que pueda estar actuando como un miserable egoísta, como un juez de la conducta de ella a pesar de que la suya tenía mucho que recriminar. No. Ella está paseando cerca del río Támesis y piensa que lo mejor que puede hacer es lanzarse al río y terminar con todo porque, afirma para sí misma, ha sido la culpable de echar a perder la vida de su marido. Cuando ella pierde a su hijo porque él se marcha con el niño y la niñera (ascendida al rango de amante que terminará también perdiendo cuando él se cansa de ella), hay una idea que le llena la cabeza, una idea que puede resumirlo todo: 

“Kate experimentaba el peligro desde un nuevo prisma: el peligro de encontrarse sola en el mundo, habiendo perdido el encanto juvenil que podría incitar a cualquier otro hombre a ser su figura paterna…El insoportable peso del terror que llevaba años acarreando no se había aligerado con la despedida definitiva de Eugene” 

Después de esto, hay una curiosa circunstancia, por primera vez ambas están en un aprieto: Baba está embarazada de quién no sabe y Kate tiene una crisis nerviosa que le hace perder el raciocinio. La manera de ayudarse una a la otra es muy peculiar, pero, en el fondo, ahí están las dos. Y no hay nadie más. En este tiempo da la sensación de que Baba se vuelve más vulnerable pero será algo momentáneo. El desenlace de este embarazo ya lo conocemos. El final de Kate es mucho más dramático y doloroso. Un descenso a los infiernos sin solución. La visita al ginecólogo de Baba, para confirmar su embarazo es un elemento más en la descripción del papel de las mujeres en muchos aspectos de su vida, de esa especie de rendición ante la evidencia de que el dolor está ahí, quieras o no. 

“No paraba de pensar en todo lo que tienen que aguantar las mujeres; y no me refiero solamente a lavar pañales o a que no les esté permitido ser juezas de un tribunal, sino a lo que yo estaba sufriendo en aquel momento; que te hurgasen, que sondeasen, que te hiciesen daño. Y no sólo durante las visitas médicas; también en la noche de bodas, cuando la mujer se mete en la cama con el hombre al que ama. Ay, Dios (que no existes), tú odias a las mujeres, de lo contrario las habrías hecho distintas…Pensé en todas las mujeres que se quedan preñadas sin tan siquiera saber lo que eso implica; en las que rezan y guardan el rosario en la mesilla de noche; en esas otras que gritan: “Para, para, cerdo asqueroso!”; en las que chillan con desesperación pidiendo que las horaden hasta las entrañas para que luego no valga de nada…”
De igual manera que Baba recorre el camino hasta la maternidad, sin ningún interés, sometida a una supuesta obra de caridad de su marido, por aceptar a ese niño que no es suyo, sin que ella agache la cabeza en ningún momento (no le daría ese gusto jamás), Kate baja la pendiente de la locura y sigue con sus sesiones con el psiquiatra. Su vida era otra, su rostro era otro. Baba se lo hacía ver: “
“No te costaría nada hacer creer a cualquiera que eres una persona alegre”. 
Kate no entendía por qué había llegado hasta aquí: 
“Otros hombres y otras mujeres sobrevivían a sus mutuas masacres”. 
Y algo cambió en ella: dejó de perdonarse. Reconocía qué parte de culpa tenía ella en toda aquella locura. Fue con ocasión de intentar compartir una noche de ¿amor? con un individuo que no era capaz de distinguir una caricia de un empujón: 
“Era la primera vez que se reconocía a sí misma su mezquindad, la primera vez que se percataba de que su interés hacia los demás venía dado únicamente por sus propias necesidades” 

La siguiente carta de Eugene firma la sentencia de muerte de Kate, de la muerte, al menos de su corazón y sus emociones: 

“Subrayaba los defectos de Kate con tal precisión, con tal inteligencia que la mitad de las veces se sorprendía a sí misma asintiendo, dándole la razón; había elegido minuciosamente sus palabras, con crueldad; eran palabras indiscutibles, definitivas: vana, inmoral, mezquina, inconmovible, débil, autodestructiva, poco maternal” 

El resultado de todo ello, además de perder a su hijo y de que el abogado que buscó le dijera, paternalmente, que había sido boba en casarse con alguien así, fue que Kate se esterilizó. Nunca más volvería a pasar por algo parecido.

Casi veinte años después de escribir el tercer libro de la trilogía de las chicas de campo Edna O´Brien añadió un Epílogo al último de ellos. Quiso así cerrar la historia y hacerlo con la experiencia de los años y la sabiduría literaria que había atesorado. La lectura del epílogo es un ejercicio de dolor y lucidez. Y en su desenlace están las claves que nos pueden indicar qué fue de esa lucha interna y a veces externa entre libertad y sumisión que protagonizaron esas dos chicas, Kate y Baba, y, seguramente otras miles de chicas en condiciones parecidas y, tal vez, la propia autora.