Ni hoy llueve ni esto es Manhattan


Las mariposas vuelan sobre las flores y la banda sonora es la mariposa del cine, su voz, sus canciones, los créditos. La voz en off, me gustan las voces en off, yo misma soy una constante voz en off. El culto por el cine, el cine del cine, el cine que te salva, el que te distrae y te hace llorar. La extravagancia. Manhattan es el lugar de la velocidad y el Carlyle y Central Park y los coches de caballo. La mitomanía. Yo también, como Ashleigh Henreid soy mitómana. Ella quiere ser periodista para ganar un Pulitzer entrevistando a los genios del cine. Los genios del cine se parecen a todos los genios. No saben lo que quieren. Están en la cumbre pero abominan de ello. Necesitan aplausos y detestan que la gente los mire. Se morirían de pena si nadie los mirara. Se disfrazan para destacar que son ellos y no otros los que salen a la calle con gafas de sol. Se juntan entre ellos y se entienden, todos en la cumbre, mirando hacia abajo con gesto displicente y un poco de miedo. Cuando estos gusanos se harten de nosotros las cosas vendrán muy mal dadas. 

La madre del chico insiste en que lea, que lea, y cosas serias, no solamente instrucciones para jugar al póker y también organiza fiestas sociales muy importantes, llenas de republicanos que votan republicano y tienen dinero, aunque, en realidad, tienen más caballos que dinero. El dinero lo poseen los demócratas pero esto la gente no lo comprende. Mi madre también decía lee, lee, o quizá no, quizá no tenía que decirlo, bastaba con que los libros estuvieran por ahí, libres, y que ella misma los llevara continuamente en la mano. Llevar un libro en la mano es una profesión de fe, un acto de confianza. No parece que los artistas lean mucho, se mueven entre fans y en limusina y no aprovechan nada el encanto de la lluvia que roza Manhattan sin mojarla apenas. Los chicos no la sienten, solo la fotografían para llevarla de recuerdo a la universidad, ese antro inmundo en el que leen cosas absurdas que solo sirven para aprobar exámenes. 

Las películas de Woody Allen tienen una tesis sobre el vestuario y la ambientación. En "Un día de lluvia en Nueva York" (estoy viéndola por enésima vez mientras escribo esto), no solo los diálogos y las situaciones te transportan a un mundo diferente, sino que los salones de las casas de la quinta avenida, el museo, el hotel, la casa de la madre de Gatsby, las calles con sus pequeños restaurantes floridos, la lluvia, el reloj, todo se confabula para ser el lugar perfecto. Todo el mundo piensa en este Manhattan, tan distinto del otro en blanco y negro, más pueblerino y, quizá, más exacto.