"Madame Solario" de Gladys Huntington


Un libro extraño, que pasó por vicisitudes en su publicación, al igual que su autora. Desde 1980 sabemos que es Gladys Huntington, aunque antes se especulara sobre ello y la aparición del libro se hiciera de forma anónima. ¿Por qué una autora con varias obras publicadas no pone su nombre a un libro? Seguramente porque no quería que se supiera que ella había sido capaz de escribir algo así. Mucho tienen que ver las buenas costumbres y los convencionalismos. Sin embargo, ella sabía, así lo muestra en el libro, que esas buenas costumbres ocultan "cosas". Como dice Margaret Dashwood en conversación con su madre y sus hermanas, hay personas que hablan de "cosas" pero ellas no. Esas cosas son tanto chismes, como sentimientos, como hechos, asuntos de verdad, no eufemismos, no temas insignificantes de la vida doméstica. Cosas. 

Gladys Huntington tenía casi treinta años cuando empieza a escribir este libro, que se publicó cuarenta años después y anónimamente. La acción la sitúa diez años antes de la fecha de inicio, es decir, 1906. En ese tiempo la sociedad brillante de Europa y de América no intuía lo que se le venía encima. Fue un período de disfrute, de elegancia, de esplendor y derroche. La Belle Époque, una expresión en francés para designar el período de la historia de Europa comprendido entre el final de la Guerra franco-prusiana en 1871 y el estallido de la Primera Guerra Mundial en 1914. Una época en que las transformaciones económicas y culturales que generaban la tecnología, la ciencia y la moda influían en todas las capas de la población (desde la aristocracia hasta el proletariado). Después de la Gran Guerra ya nada sería igual, la inocencia se perdió y se abrió una nueva era de la historia, en la que todos los males eran posibles y además globales. Pero en esos años, que la escritora vivió en primera persona, la vida era placentera, al menos para determinada clase social a la que ella pertenecía. 

El libro tiene tres partes, la primera y la tercera mucho más logradas, con una voz nítida y una narración subyugante; además de una parte central que, aunque pone sobre la mesa un tema central, no consigue el hipnotismo de las otras dos. Digamos que se trata de una parte mejorable, seguramente por la propia dificultad del tema, incluso para una persona de mente libre. Es el final del verano y en el hotel Bellevue, en Cadenabbia, junto al lago Como, se reúne una sociedad variopinta y llena de posibilidades para cualquier observador. Destaca Natalia (Nelly) Solario, y el enigmático Eugène, su hermano. Allí está también el ingenuo y enamoradizo Bernard, un joven inglés, y otros personajes de carácter diverso, como el extraño conde ruso Kovanski, Ilona, el coronel Ross, los nobles italianos, etc. 

Se trata de mostrar la belleza de un tiempo y, a la vez, la sordidez de lo que escondía en el fondo. Una lucha entre el ser y el querer ser, entre la realidad y el deseo. Una lucha complicada de expresar y mucho más de soportar. Una dicotomía, una contradicción. Lo bueno y lo malo en una suerte de ruleta incomprensible, la moralidad y la amoralidad, lo que se puede mostrar a los ojos de los otros y lo que ha de quedar oculto. Esta doble situación, este doble plano, domina el argumento y por eso los personajes se mueven entre uno y otro. Un temperamento tan sensible y tan observador como el de Gladys Huntington se trasluce detrás de la narración. Sin juicios de valor, sin decidirse. 

Ella, la autora, era Gladys Theodora Parrish, miembro de una familia acomodada de Filadelfia, donde nació en 1887. Las posibilidades que su familia le ofrecían la llevó a frecuentar  Nueva York, París, Londres, Biarritz o el Lago Como, de modo que lo que narra tiene un fondo de verdad que no podemos descifrar del todo. Cuando se casó comenzó a utilizar el apellido de su marido (Constant Huntington). Durante su vida publicó relatos en The New Yorker, algunas novelas y una obra de teatro. Pero fue este libro, "Madame Solario", aparecido de forma anónima en 1956, la que, cuando se confirmó su autoría, le dio la fama. A los tres años de la publicación, es decir, en 1959, se suicidó.