La foto


He visto a tu ex-mujer en una foto. Parece triste. Tiene la mirada perdida y sin esperanza. Las manos aprisionan un bolso pequeño, un bolso de fiesta. Una media sonrisa imperceptible. El pelo liso, de peluquería, una corona en torno a la cabeza. Va vestida de oscuro y lleva una chaqueta de fantasía. Pero los ojos lo dicen todo. Da la impresión de que se ha quedado atrás, de que no está dentro de la foto, de que es ella la que nos mira a través del objetivo de la cámara. Es una tristeza que no viene de ahora, estoy segura. Una tristeza que tiene mucho que ver con abandonos. Te conozco. Sé cómo actúas. Y por eso el abandono no es cosa de un momento. No es una decisión, no es un divorcio. No es un hachazo a la vida en común. Es solo un corte momentáneo, la búsqueda de un estatus más cómodo para ti. Seguir viviendo solo, pero que ella esté a la mano. Que cumpla su papel, la madre de tus hijos. Que haya celebraciones en las que os vean juntos. Que aparezca en la esquela de los seres queridos. En bodas, comuniones, bautizos, siempre juntos, o mejor dicho, al lado, juntos nunca. Parte de tu familia, como si fuera hermana, prima o madre incluso. Pero los ojos dicen que eso la ha llevado al cansancio, que la ha dejado fría, sin libertad, que la vida se esfuma a cada instante y no tiene recambio. Debiste abandonarla de verdad. Yo te conozco y sé que no lo has hecho. Sé que le has reservado una pequeña esquina, en ese margen de tu vida que no te estorba nada. Sé que ella se mantiene ahí porque te quiere, porque acepta esta limosna escasa que le ofreces. Y por eso sus ojos tienen prestas las lágrimas. Por eso está desnuda de esperanzas. Y sola. No valen las mentiras cuando cierra las puertas de su casa. Lo sabe. Pero algo en su interior la mantiene amarrada, un lazo silencioso, una duda quizá, el miedo de que tú desaparezcas. Es tu estilo. Lo sé. Ella también lo sabe. Pero no tiene fuerzas. No ha tenido. Ahora es tarde. Para todas nosotras es muy tarde. 

(Foto: Lillian Bassman)