Formas de decir que no


("Orgullo y prejuicio" Grabado de 1833. Elizabeth Bennet y el señor Bennet. Imagen Pickering and Greatbatch)

Inteligencia práctica al modo aristotélico, humildad como virtud cristiana y constancia como guía de vida, son tres de las cualidades que Jane Austen considera fundamentales en los seres humanos. Por eso suelen aparecer en sus personajes y, más allá de las lecturas superficiales o frívolas (que son también necesarias), ahí están sus argumentos y sus razonamientos para demostrarlo. La cuestión es que lo que maravilla de "Orgullo y prejuicio" y del resto de las novelas de Jane Austen es su multiplicidad de lecturas. Puede uno quedarse con el romance, con la broma, con el retrato divertido de una clase social, con la intriga de qué ocurrirá al final, con las bodas o los bailes...pero también puede uno captar toda esa sensibilidad discreta, ese pensamiento oculto, esa capacidad de mostrar sin revelar y de contar sin exagerar que tienen esos libros. Como en las buenas películas, hay visiones para todos los gustos. Por eso es un clásico, por eso no pasa de moda. En realidad, la obra de Jane Austen forma parte del fondo de armario de la literatura. 

En "Orgullo y prejuicio" se da una circunstancia verdaderamente destacable. Una muchacha bonita sin exagerar, ingeniosa, inteligente y alegre, rechaza dos proposiciones de matrimonio a pesar de que su subsistencia no está asegurada. Elizabeth Bennet sabe, lo saben todas las hijas, que cuando el padre muera se quedarán en la calle. La situación de las mujeres solteras fue una preocupación constante para Jane Austen y una denuncia permanente en sus libros. Esto se manifiesta en forma de, como dice D. W. Harding, un "odio metódico" hacia la actitud de la sociedad para con la mujer soltera y sin recursos. Lo dice también Elinor Dashwood en "Sentido y sensibilidad": "No se nos permite ganarnos la vida". La única salida para una muchacha sin fortuna de buena familia era siempre la enseñanza. Ser institutriz. Y Jane Austen odiaba ese trabajo, sin haberlo ejercido nunca y sin haber tenido nunca institutrices. En esto se parece a las señoritas Bennet. 

La primera proposición de matrimonio, la que le hace el señor Collins, primo del señor Bennet y que heredará por ser el más próximo pariente varón todo su patrimonio y la casa familiar, nos resulta lógico que la rechace. El señor Collins es un individuo detestable, ridículo y sin ningún atractivo. Encima, casarse con él significa tener que soportar la prepotencia y los modales altaneros de su protectora, nada menos que Lady Catherine de Bourgh, que ha sido quien le ha concedido el beneficio eclesiástico del que disfruta. Pero, por mucho que nos parezca normal esta renuncia, esto es así porque conocemos a Elizabeth Bennet y sabemos que ella quiere casarse por amor. Tamaña osadía no parece propia del común de las muchachas de entonces. Sin embargo, eso mismo pensaba Jane Austen y su vida lo demuestra. Claro está que ahí aparece luego Charlotte Lucas, la íntima amiga de Elizabeth, muchacha poco agraciada, muy práctica y sensata, al extremo de aceptar al señor Collins porque sabe que es la única manera de ser señora en su propia casa. La forma en la que Elizabeth rechaza al señor Collins no puede ser más elegante, más discreta y más respetuosa. Y hay un párrafo especialmente interesante porque se aleja del prototipo de mujer que aparece en el imaginario popular a la hora de definir a los sexos: "No soy una de esas jóvenes (si es que existen) que tienen el atrevimiento de poner en riesgo su felicidad por darse el gusto de recibir una segunda declaración". 

Pasado este episodio, después del lógico alboroto que la señora Bennet forma al saber la negativa de Elizabeth y de conocer, muy agraviada, que la mosquita muerta de Charlotte Lucas ocupará su sitio cuando herede la casa, llega la segunda declaración. Darcy (llamémosle así con toda confianza, siquiera por el tiempo que hace que lo conocemos) hace dos declaraciones de amor a Elizabeth. La primera es formal, tensa y bastante desagradable porque lleva implícita la idea de que ella responderá que sí, tan seguro está de que es el mejor partido y que no puede ser rechazado. La segunda es completamente diferente, porque él ha sufrido un cambio importante en ese proceso de autoconocimiento y de superación de los defectos que tan gentilmente describe siempre Austen en sus novelas. La respuesta de Elizabeth a la primera declaración sorprende porque es un hombre superior, un hombre conveniente a todos los efectos, rico, guapo, inteligente y lleno de todo lo que se puede esperar de un hombre. El hecho de que Elizabeth se niegue indica la importancia que le da (y que, como es lógico, le da Austen) a la amabilidad y la humildad, dos cualidades que ella ponderaba y que en ningún caso puede decirse que adornen a Darcy al principio del libro. Ni es amable (hay que recordar cómo se comporta con ocasión de su estancia en Netherfield) ni es humilde, sino todo lo contrario. Pero el amor lo transforma y este efecto transformador del amor es un foco de esperanza en las novelas de Austen y una manera de decir que se trata de un sentimiento liberador y lleno de efectos curativos. Es la negativa de Elizabeth la que activa en Darcy la sospecha de que algo no está haciendo bien, en realidad de que él mismo no está siendo como debe ser. Esta diferencia entre el ser y el estar resulta también reveladora. 

Pocas actitudes más efectivas contra la costumbre de que las jóvenes vendieran su bienestar emocional al hombre que iba a sostenerlas económicamente porque no tenían otro remedio que estas negativas de Elizabeth Bennet. Es predicar con el ejemplo. Lejos de discursos, monsergas y sermones, como abundaban en las obras didácticas de la época, con su moraleja incluida, la cosa se presenta aquí mucho más fácil: solo consiste en decir no cuando hay que decirlo.