Esas lágrimas



Si fueras una estrella de cine tendrías en la puerta de tu mansión fantástica diez o doce cámaras para hacerte fotos a cada instante. Saldrías equipada con tu enorme sombrero, una fastuosa pamela de firma, y con tus gafas de sol Armani por lo menos. Sin duda, maquillada. Sin duda, con un bonito rouge del color de moda, fucsia este otoño-invierno. La piel dorada, por efecto de un protector solar de alta numeración y efecto pantalla, genialísimo y muy caro. Un abrigo de corte sencillo pero de hechuras favorecedoras y unos zapatos de tacón, que te hacen preciosas las piernas cubiertas con medias oscuras. En fin, una monada. 

No eres una estrella de cine. No tienes a nadie en la puerta de tu casa. Es una casa, además, no una mansión. No sales a la calle con sombrero, salvo en verano, si es que hace mucho calor o estás en la playa. Tus gafas no cubren unos hermosos ojos maquillados a la última. El lápiz de labios se desdibujó hace un rato por efecto de esas gotas saladas que van salpicando tu cara sin querer. Vas muy abrigada porque hace frío. El plumífero te abraza como si fuera un saco, apenas se distinguen las formas y las botas te hacen daño porque llevas andando mucho tiempo sin saber adónde ni por qué. 

Y lloras. Las lágrimas te arrasan por debajo de las gafas de sol. No hay sol ni nadie va a reconocerte. Así que las gafas son el recipiente de tus lágrimas, las pantallas de tus lágrimas, el cobertor de tus lágrimas, el depósito que oculta tus lágrimas para que nadie vea que lloras, que vas por la calle llorando, que no sabes por qué lloras y que no puedes dejar de hacerlo. Ay, esas lágrimas...qué inútiles, absurdas, viejas, desencantadas lágrimas las tuyas.