Edna O'Brien: del campo a la ciudad

      

       Conocemos escasos datos de la familia de Edna O´Brien. Y ello no deja de ser algo curioso si se tiene en cuenta que escribió sus Memorias. Tuvo dos hermanas y un hermano, los tres mayores que ella. Pero los menciona apenas y se refiere con bastante más detalle a sus perros, al jardín de su casa, a los campos que la rodeaban y al chico que ayudaba en las faenas. Las referencias a su padre oscilan entre la compasión por la miserable vida que llevó y el terror por su alcoholismo, que convertía en un infierno la convivencia familiar y a su madre en una víctima. “Su madre era muy religiosa y mojigata, como tantas irlandesas de la época”  Más que mojigata, que es un adjetivo simpático y suave, era una mujer fanática, obsesionada con el pecado, a la que la religión tenía en una especie de cárcel interior. 

La vida en la granja era muy difícil como la de todos los campesinos de la época y la zona. Dedicarse a leer libros y emborronar cuartillas estaba considerado casi como un pecado. Los pecados abarcaban tal cantidad de actos que sería más fácil explicar qué no lo era. 
“Para escribir me echaba al campo. Las palabras huían conmigo. Escribía historias imaginarias, historias ambientadas en nuestra ciénaga y en nuestro huerto, pero no bastaba, porque yo quería penetrar en ellas, del mismo modo que intentaba volver a la tripa de mi madre” 
“Las palabras huían conmigo” esta es la frase esencial. Escribir era para ella una huída tanto física como mental. Se escapaba de lo que vivía, de lo que pensaban los demás, de lo que la obligaban a pensar, y encontraba en las palabras la terapia específica para esa huída. No es el primer caso en la historia de la literatura pero sí uno de los más evidentes. ¿De qué huía exactamente, Edna?

De la pobreza. Del corsé de la religión, opresivo y sin esperanza. De la pacatería de su madre. Del alcoholismo violento de su padre. De los trabajos diarios que solo eran de carga y descarga, como si se tratara de una supervivencia meramente animal. De la falta de horizontes. 

Los vecinos debían tener una gran importancia en esa forma de vida. Era un poblamiento rural pero las granjas estaban muy cerca unas de otras, rodeadas, eso sí, de grandes extensiones vacías. La naturaleza era tanto paisaje como subsistencia. Los accidentes geográficos, los ríos, las montañas, los lagos, delimitaban los espacios de ocupación y los asentamientos humanos estaban condicionados desde la antigüedad por ellos. Los acantilados forman allí parte del paisaje y son ahora una atracción turística, cuando todo lo exótico ha invadido el deseo de viajar. Pero entonces eran tierra yerma y la tierra yerma no servía. 

Esos vecinos se intercambiaban consejos, recetas, opiniones y relatos de desgracias. Las desgracias unen a las personas y, como ella misma decía, después de leer a algunos rusos, entre ellos a Tolstoi (“Anna Karenina” la dejó impresionada), una familia infeliz es un argumento infalible para una novela. He aquí una enorme diferencia con una aseveración de Jane Austen bastante parecida pero con un fondo en absoluto similar: Unas cuántas familias en un entorno cercano son ya un objeto de escritura válido, decía Austen. El hecho de que sean las desgracias familiares lo que interesan a Edna, emulando a Tolstoi, añade un punto de vista muy peculiar. 

Las partidas de cartas, a las que son tan aficionados los irlandeses, podían terminar mal. Solían terminar mal. 
“A muy tierna edad comprendí que yo pertenecía a un pueblo feroz, y que las heridas de la historia eran tan descarnadas y vívidas como las imágenes de los mazos de cartas revoloteados. El Norte era una zona en un mapa, y sin embargo, por la manera que tenían los vecinos de arengar, perdiendo los estribos y lanzándose mutuas acusaciones, sentí que algún día esa región ensombrecería nuestras vidas” 


Aún así, la historia de Irlanda estaba muy presente en la escuela primaria. A su maestra era la asignatura que más le gustaba impartir. Los colegiales debían vivir en completa efervescencia desde muy corta edad, atormentados por lo que tenían obligación de aprender y por lo que no debían hacer bajo ningún concepto. Hablaban en gaélico. Edna quería ser una de esas niñas perfectas, una de las favoritas de la maestra, que le llevaban flores por la mañana y recibían sus elogios. Hay un episodio en “Las chicas de campo” en el que Caitleen recoge unas lilas para llevarlas a la maestra. Cuando se encuentra con Baba, esta le arrebata las lilas y se apunta el tanto. Ese deseo de agradar es una consecuencia, sin duda, de la falta de afecto, de unas relaciones familiares poco agradables, desestructuradas diríamos hoy. La maestra mezclaba en sus explicaciones la historia de Irlanda con la vida de los Papas de suerte que religión y política eran casi lo mismo. 

Hay un episodio escolar que tuvo que hacerle mella porque lo repite, en forma de historia, tanto en uno de los libros de la trilogía de las chicas de campo, como de una forma específica en un cuento. La cosa ocurrió porque la escuela recibió la visita de un inspector. 
“El inspector me preguntó si la vida de Cristo me interesaba, a lo que repliqué que me había decepcionado que fuera tan cortante con su madre en las bodas de Caná, cuando, preocupada ella por la escasez de vino, él le había dicho: “No es asunto mío, ni tuyo”. 

La maestra no debió perdonarle esa respuesta, aunque quizá la antipatía venía de antes. El caso es que estando cercanas ya las representaciones de Navidad decidió que Edna no tendría ningún papel en las mismas, aunque eso sí, le pidió prestada a Rosaleen, una preciosa muñeca que la niña tenía como su mejor tesoro. La muñeca pasó de mano en mano en la función de teatro y al término de la misma se la quedó la maestra sin que hubiera forma de que se la devolviera, ni siquiera cuando su madre se lo pidió por carta. Una crueldad innecesaria que a Edna le sirvió para darse cuenta de que la maldad anida en sitios muy dispares. 

Como en todas las familias irlandesas había cuentas sin saldar, muertes inexplicables y asignaturas pendientes, heridas que no se cerrarían. Las luchas constantes, las revoluciones, las facciones enfrentadas, eran un lugar común. Todos hablaban de ello. 

La familia de Edna también. 
“Mi abuela divagaba sobre las adversidades que había sufrido en esta vida y los orgullosos patriotas de los que yo descendía. Uno de ellos, apodado Da Stick, había participado en una insurrección de la que había salido malherido, y mucho más tarde le habían colocado una pata de palo. Nunca llegué a saber de qué insurrección se trataba; había habido tantísimas en el curso de los años, todas ellas, me enseñaban en la escuela, fracasadas tanto por la falta de armas como por la traición de informantes, hermanos o primos que denunciaban a los suyos”. 

Hallo aquí otro paralelismo con Jane Austen. La vida de Austen, que duró 41 años, estuvo continuamente situada en un conflicto bélico. Las guerras contra Napoleón ocuparon gran parte de su vida. Sin embargo, su reflejo en las obras que escribió es mínimo, apareciendo algunos soldados y militares en general, pero siempre en acampada o asistiendo a bailes. Parece como si el mundo exterior no pudiera cambiar la vida hacia dentro. Algo así ocurre con la trilogía de Edna O´Brien. Sabemos que el marco es convulso pero apenas roza la existencia de las muchachas. 

La gente de la iglesia eran héroes. 
“Podían leerse las aventuras de las monjas y los curas irlandeses que vagaban por el mundo enfrentándose a unos desgraciados paganos deseosos de recibir el bautismo”.

Las lecturas que se leían sin caer en el anatema estaban muy seleccionadas. Algunas eran empalagosas, como reconoce la propia Edna. Incluso afirma que en sus primeras historias de ficción, siendo muy niña, aparecía la influencia de esas narraciones. 

A los ocho años escribió en un bloc de notas (esos que la acompañan siempre) una historia titulada “Bohemio”. 
“Isolde, la joven heroína, soñaba con escapar, pues vivía cautiva por su cruel y alcohólico padre, que con frecuencia le pegaba, y sin la influencia armónica de una madre que había sido asesinada. El seductor llega encarnado en un intrépido bohemio con un pendiente de oro y un pañuelo rojo que recorre la campiña en caravana y a caballo”

Resumiendo la historia, la chica se va con el seductor a un lugar en la que hay otras mujeres hermosas que la enseñan a acicalarse y allí la sorprende el padre con otros tipos que se dedican a luchar con gran ferocidad a base de disparos. Y termina la descripción del cuento diciendo “los suyos la rescataron, y volvió a casa, a su antigua vida de sumisión y faenas ingratas”.

¿Qué fue de este primer cuento? Edna nos lo explica: 
“Metí el cuento en un baúl verde donde mi madre guardaba avena para las gallinas, y o bien acabó en la basura o bien lo devoraron los ratones” 
La moraleja de la historia es que escribir era una frivolidad para esa época, esa casa y esa familia. El motivo por el cual alguien que nace en ese contexto y que no recibe ánimo alguno para la literatura, ni para leer ni para escribir, llega a hacer de estas dos actividades los puntales de su vida, es misterioso. En la historia aparecen elementos de su propia vida. La presencia del padre alcohólico es más visible aquí que en sus Memorias donde lo menciona vagamente y siempre con un aura de temor. Y la actitud de la madre de no darle importancia alguna al cuento es otro elemento más de su desarraigo personal y familiar. No es de extrañar que quisiera irse con un grupo de titiriteros que llegó al pueblo. Y tampoco que, cuando llegó al convento en el que continuó sus estudios, se “enamorara” de una de las monjas. 

Los conventos eran los centros en los que se enseñaba a las chicas a convertirse en buenas personas, a andar por el buen camino y a huir del pecado. El sistema de vida era tan estricto que únicamente podía paliarlo un fuego interior que podía empezar a arder en cada una por cualquier nimiedad. Internas, monjas, huérfanas, madres solteras, trescientas mujeres. Su estancia allí era una reclusión y esa es la palabra que ella usa para definirlo. La monja de la que se “enamora” fue la única luz en todo aquello tan oscuro y frío. Pero no suficiente como para no querer huir. Como ella misma dice “el mundo, con todos sus pecados, artimañas y lisonjas, me llamaba” 
Entonces empezó la gran aventura de Dublín. 
No fue sola, la acompañaba su hermana Eileen, además de dos chicas con las que compartían piso, Anna y Maeve. A finales de los años cuarenta encuentran un Dublín que les resultó fascinante. En su cabeza bullían las historias que quería escribir y tenía hambre de hacerlo. Esa sensación de que en tu interior hay palabras que deben salir para que no te exploten dentro, eso era con exactitud lo que sentía. Lejos de la influencia del paisaje de su tierra natal, lejos del ambiente opresivo de su familia, allí fue donde las palabras encontraron su hueco y su forma de manifestarse. Aunque todavía tendrían que pasar algunas cosas. Pero la libertad, intuía, estaba cerca. Y la sumisión, pensaba, se estaba alejando. 
Sin embargo... 
“Dublín en los años cincuenta, sesenta y setenta no era ningún parque de atracciones. Joseph O´Connor ha escrito que lo que más recuerda de haber crecido en la capital de Irlanda es un aburrimiento sin paliativos. Dublín, dice, era la capital mundial del tedio. Sencillamente no había nada que hacer, y ningún sitio al que ir, salvo que diera la casualidad de que uno fuera una monja” 


Quizá para un observador con mayor bagaje esta impresión era certera, pero para unas chicas venidas del campo, la ciudad era eso, ciudad, y cualquier cosa que supusiera una novedad las volvía locas. Las tiendas, los hoteles, la columna de Nelson, los pubs, las mujeres, algunas de ellas “unas buenas piezas”, como una tal Rosie, que, según dice Edna, comenzaba siempre sus frases con “Como diría De Valera…”. 
De Valera, como hemos comentado, era el primer ministro, el Taoiseach, un “personaje austero que todos los días pasaba una hora delante del Santísimo Sacramento; tan devoto era que repartía escapularios bendecidos entre los paganos de las delegaciones extranjeras”  
Era, por tanto, un evangelizador, además de un político o quizá ambas facetas se confundían. Como la mayoría de los irlandeses llevaba en sus genes la lucha contra el infiel de igual modo que lo haría un musulmán en Al-Andalus. La cruzada era el objetivo de su vida y esto lo sabían los ciudadanos con toda claridad. Si el jefe ardía de ese modo por el ímpetu religioso ¿quiénes eran ellas para llevarle la contraria?

La farmacia de Cabra Road era el lugar previsto para que aprendiera, durante los siguientes cuatro años, una “profesión que yo no había elegido”.  Pero su ilusión iba por otros derroteros. Estaba convencida de que aquello le abriría de algún modo las puertas al mundillo de las letras y que entraría en él tarde o temprano. Resulta estremecedor el empeño, la fe en sí misma, la idea repetida al respecto. Quizá es que era la única fe en la que de verdad creía, quizá no tenía más remedio que mantener esa ilusión, quizá era una tabla de salvación, un consuelo. El hecho es que en su cabeza eso aparecía con meridiana claridad. 

El camino hasta la farmacia la obligaba a recorrer en su bicicleta los barrios bajos de la ciudad, los de la miseria y la podredumbre. Allí no había nada de poesía, ni nada de artístico. Calles sombrías, ropa tendida, balcones herrumbrosos, gente sin nombre y sin futuro. En Dublín conoció algunas historias que en su lugar de origen se mantenían ocultas, sobre todo a las jovencitas. Conoció a una enfermera rubia que practicaba abortos ilegales, con un sistema tan horrible y primitivo que fue apresada cuando una paciente apareció muerta. 

La mayoría de las diversiones tenían que ver con la religión. Eran, por lo tanto, diversiones muy sui generis. Los conciertos de música sacra, la visita a las iglesias, las procesiones, los rezos, las fiestas religiosas, las confesiones, las novenas. Sin embargo, algo se coló inadvertidamente en toda esta formación personal que estaba realizando sin guía ninguna y ella se dio cuenta de cuáles eran las verdaderas fobias de sus paisanos: la prensa británica, la literatura del mal, el comunismo, los futbolistas extranjeros y el cine. 

El cine era considerado un verdadero nido de inmoralidad. Las películas didácticas eran las únicas permitidas y la censura era férrea. Cole Porter era un peligro para los jóvenes, por ejemplo. El propio arzobispo de Dublín dirigía estas campañas moralizadoras entrando en detalles tan nimios a nuestros ojos como el uso de tampones higiénicos. Dejaron de comercializarse porque “amenazaba con estimular a las muchachas en edad impresionable y podía abocarlas a la compra de anticonceptivos (también ilegales) con tal de satisfacer sus pasiones peligrosamente soliviantadas”. 

Su debilidad por la moda, los vestidos, los complementos, comenzó entonces. Seguro que antes no había tenido ocasión de comprobar que era una chica verdaderamente hermosa como se puede observar en sus retratos de juventud. Una hermosura que la ha seguido acompañando hasta el día de hoy y que revela, además, los destellos del ingenio. La belleza inteligente. 

Una vez vio por la calle a una mujer alta y vestida de negro que resultó ser Maud Gonne, la reina féerica sobre la que Yeats había escrito poemas. Como ella misma cuenta, fue la vez que estuvo más cerca de un mito. Maud se casó con el mayor John McBride, héroe de la Guerra Bóer y uno de los hombres ejecutados en 1916, tras la rebelión. 

Edna cuenta que años más tarde conoció a su hijo, Seán McBride (que llegó a obtener el Premio Nobel de la Paz), y que se parecía mucho a la madre. Ella ya estaba casada y no accedió a la insistente petición de aquel hombre de acompañarla. Sin embargo, lo convirtió en el protagonista masculino de “Las chicas de campo”, “el frío y misterioso abogado por el que Kate bebe los vientos y al que entrega su corazón en la ficción”  Como vemos, iba recogiendo las gotas de la vida para envasarlas luego en esos tarros transparentes que serían sus libros. 

La vida en Dublín tuvo altos y bajos, conoció hombres y conoció una forma de relacionarse más abierta y distinta a la de antes, pero nunca olvidó su tierra natal. Este apego a la tierra, esta necesidad de reconocerse en un hogar, es la misma que experimenta Jane Austen con respecto a Steventon. Por eso le resulta inhóspita la ciudad de Bath a pesar de sus muchas diversiones, por eso no logra escribir nada, hasta que vuelve a encontrar otro hogar parecido, nunca el mismo, pero, al menos, un remedo de lo que fue la casa rural en la que nació. 

Aquí sucede algo parecido con Edna. Adoraba su tierra, el campo, los tonos de la naturaleza, los perros, el agua que brotaba de manantiales y que se observaba en lagos y ríos que recorrían el suelo como heridas. En estos tiempos se dio cuenta de que, aunque la casa no existiera alguna vez (como así ocurrió) siempre volvería a ella de alguna forma, siempre sería su hogar, sin serlo y sin contemplarlo. 

Un día ocurre un milagro: 
“Me habían publicado un artículo en la sección femenina del periódico…Yo estaba orgullosísima de que lo hubieran aceptado, sabiendo que se leería en mi pueblo y que tal vez así mi madre me perdonaría las aspiraciones literarias”.
Esta era una de las obsesiones de la muchacha Edna, que su madre entendiera que en escribir no había pecado, que era una profesión normal y que ella había nacido para eso. No hay constancia de que su madre llegara a entenderlo. 
Casi al mismo tiempo llegó el descubrimiento del encuentro sexual y la posterior  necesidad de confesión para aliviar su alma. Ni el sexo fue para tirar cohetes ni encontró perdón en la iglesia. Precisamente el sacerdote le dejó claro que no tenía salvación y que debería casarse o, en caso contrario, sufrir una penitencia “astronómica”. Así funcionaban las cosas en la Irlanda de los años cincuenta. 
En Dublín aparecería alguien que se convertiría en su marido. 
Se llamaba Ernest Gébler. Lo conoció en un pub de Henry Street. A ella le pareció “indescriptiblemente guapo”. Además, cosmopolita y culto. Dos virtudes que no estaba acostumbrada a encontrar. Hablaba de los escritores con familiaridad, no solo como si los hubiera leído, sino como si los conociera de toda la vida. Tenía una casa en el condado de Wicklow, con hermosas flores. Se llamaba Lake Park. Era un lugar privilegiado y fue el sitio en el que ambos iniciaron una extraña forma de vida en común. Lo peor de todo es que él tenía, además, un hijo y una esposa que vivían en América. Puede resultar raro que una chica criada en un ambiente cerrado, con un fuerte peso de la religión, con dudas y principios difíciles de erradicar, decidiera irse a vivir casi de inmediato con un hombre al que apenas conocía y que este hombre, además, estuviera casado. En su familia llegaron a enterarse enseguida de la situación a pesar de que ella intentó ocultarla pero hubo un chivatazo. 

Ernest llegó a recibir algún puñetazo de los enfervorizados paisanos de Edna en su intento por sacarla de aquel lugar de corrupción. Incluso hubo amenazas de encerrarla en un manicomio. La familia no podía permitir que la hija llevara esa vida de pecado. Pero se rebeló y logró la independencia legal de sus padres. Ahora estaba sola con ese hombre al que había conocido y del que no tenía demasiados datos. La influencia de Ernest en la vida de Edna aquellos años fue descomunal. Intervenía incluso en la forma de vestir, por ejemplo, en cómo se conducía en la vida, en que aprendiera a cocinar. Parecía que estaba formando una perfecta ama de casa, una mujercita a su imagen y semejanza. 

Hay una anécdota que cuenta Edna y que nos puede dar la medida de cómo este hombre estaba intentando construir una buena chica: le sacó una foto con el pelo largo y se la mandó a su primera mujer. Quizá quería decirle, mira, ya ves, tengo a mi lado a una chica más guapa y más joven que tú. La mujer como trofeo. No es nada raro, al contrario. Conocí a alguien que apuntaba entre las virtudes que debía tener una señora esa de constituir un buen florero al que llevar al lado. 

Él representaba una actitud nueva que a ella le costaba trabajo asimilar a pesar de todo. E iba muy rápido, decidía por los dos. Sin embargo, hizo algo que cambiaría su vida. La apuntó a una biblioteca de Dublín de la que podía sacar todas las novedades y “así arrancó de veras mi verdadera formación como escritora” 

Esta afirmación tiene un significado muy especial, una clara importancia. Es la lectura la que ordena su pensamiento y la que genera que se ponga en situación de escribir en serio. Los cuentos, las historias, los escritos que había usado desde niña para contar sus emociones, eran una especie de preparación pero no existía la premeditación que todo escritor siente cuando le llega el momento de dar el paso. Su puesta a punto fue la lectura. Sin esos volúmenes que iba sacando de la biblioteca quizá la narrativa de Edna O´Brien no existiría hoy. Aunque nada es seguro en este mundo. Porque el otro elemento estaba en ella: tenía cosas que contar y debía aprender cómo contarlas. Esa es la doble ecuación que termina siendo un libro. 

Sin embargo ¿era esta la clase de vida que había esperado y quizá buscado desde siempre? Es importante tenerlo en cuenta porque luego veremos cómo sus “chicas de campo” siguen una evolución parecida. Nos lo cuenta en sus Memorias con todo detalle y ese relato no es demasiado diferente al que podrían hacer muchas otras mujeres si se dedicaran a dejar por escrito sus sensaciones después de una boda deseada: 
“Yo me sentía más sola de lo que debería haberse sentido una mujer enamorada o enamorada a medias. Existía un abismo entre nosotros, y muchísimas cosas de él me resultaban extrañas y ajenas”

“Enamorada a medias”. Quizá impresionada, asombrada, deseosa de conocer otra vida o, sobre todo, necesitada de huir. Esa búsqueda, esa huida, convierte toda la vida de Edna en una sucesión de etapas que se van quemando sin demasiada reflexión, o quizá, la única reflexión está en sus libros. Luego nos dirá que escribió “Las chicas de campo” en solo tres semanas. No me extraña. Lo llevaba incubando desde siempre. 

Lo que notaba en Ernest era un “frío resentimiento”, una especie de rabia interior por lo que suponía que la vida le había quitado a los suyos, emigrantes armenios mezclados con irlandeses, que le habían dejado un poso de insatisfacción constante. Quería ser escritor y convertir todo esto en ascua de palabras, pero nada de lo que escribía terminaba convenciéndole. 

Tampoco era capaz de cortar los lazos con el pasado. Edna había roto con sus padres, les había dicho por carta que ya nunca más volvería a ser la hija sumisa, había terminado de trabajar en la farmacia y de ser independiente económicamente, pero Ernest era incapaz de renunciar a nada, o, al menos, de concluir con cierta dignidad las etapas de su vida. Por eso sus padres, sus abuelos, sus antepasados, siempre estaban presentes. Y, también, como descubriría ella, su otra esposa y su hijo. 

Como en un melodrama (en eso se estaba convirtiendo lo que comenzó como una comedia romántica) la otra mujer anunció que se presentaría por allí para hablar del divorcio que él había propuesto. Eso le creó a Edna la extraña sensación de que existía a sus espaldas una especie de camaradería ininteligible. Y un nuevo sentimiento acudió a su cabeza en muchas ocasiones: en realidad Ernest era un desconocido que le daba miedo. La palabra miedo acude a su pensamiento en diversos momentos. Miedo de su crueldad con los animales, miedo cuando se enfadaba con ella. No era una relación de igual a igual y eso lo descubrió en seguida. En realidad, él era una especie de gran hacedor, de protector y ella la muchacha sumisa. Sumisión, de nuevo. 

Las hermanas de Edna, Eileen y Patsy, son sombras en su historia. Raramente aparecen y si lo hacen es para dar paso a la gran figura familiar que emerge en el fondo, Lena O´Brien, su madre. Esta hizo esfuerzos ímprobos para que su hija recapacitara y dejara esa vida de pecado con un hombre que, a todas luces, y según su madre, no le convenía. Pero entonces llegó el primer embarazo, que llenó de alegría a Ernest y lo transformó por un tiempo en otra persona; y, a partir de ahí, el divorcio y una triste boda con vestido premamá. 

Durante el embarazo leía una y otra vez “Madame Bovary” y, al tiempo, escribía una historia en la que los hechos ocurrían en un entorno sospechosamente parecido a su tierra natal con la salvedad de que había una carretera rural alquitranada de azul. Ernest descubrió el manuscrito y entró en cólera, uno de sus arrebatos sin explicación. Como afirma la escritora, él tenía que llevar la razón en todo y afirmaba que no existían carreteras azules. Este fue el momento en que Edna le escribió a su madre por primera vez después de la ruptura familiar y sus palabras nos explican mejor que nada lo que sentía: 
“Ojalá pudiera hablar contigo, ojalá pudiera sincerarme con alguien. El hombre con el que estoy es todo un misterio, tiene sus días malos y sus cambios de humor…Estoy intentando escribir. Escribí sobre una carretera azul, pero él dice que eso no existe. Se me confunden las ideas. Cuando pienso en el porvenir, de aquí a diez o quince años, no me veo llevando todavía esta vida…A él le gusta que haga mermelada, eso me convierte en una auténtica ama de casa…Me acuerdo de Drewsboro…”

He aquí la enorme contradicción que en estos días acecha a Edna. Ha cortado los lazos con sus padres, sobre todo con su madre, porque los lazos con su padre eran casi inexistentes y dolorosos. Ha dejado atrás su vida profesional, que los amigos de Ernest consideraban indigna. Ha aceptado vivir en una casa que no es suya y que nunca sentirá como suya. Una casa en la que hay una habitación llena de ropa y recuerdos de otra mujer y de otro hijo. Pero sigue sintiendo que ese no es su mundo ni su vida. Y avisa: no puede seguir así mucho tiempo. La imagen de la buena ama de casa que hace mermeladas solo contenta a Ernest. La terrible sensación de ser incomprendida porque ha escrito sobre una carretera azul, aparece con nitidez. 

Podemos preguntarnos ¿era incomprensión o envidia? ¿no sería que Ernest Gèbler sabía en su interior que el día en que Edna comenzara a escribir lo haría mucho mejor que él? ¿en qué lugar quedaría entonces su figura? 

En estas nació su primer hijo, Karl Ernest y ella sintió que no estaba preparada para la maternidad. Tenía 23 años. Y su sentimiento es el mismo que experimentamos la mayoría de las madres. 
El año de 1958 llegan a Londres y entonces comienza otra vida.