Cuando suena el teléfono


Antes de que existieran los móviles, allá por los años cincuenta y sesenta del siglo pasado, una casa de chicas podía tener en el teléfono el mayor motivo de conflicto. Y así era. Carmen, Dolores, María y Elvira se pasaban media vida disputando por el uso que cada una de las otras hacía del aparato. El aparato, negro y muy pesado, estaba estratégicamente colocado en un pasillo, seguramente para dificultar lo más posible las conversaciones y que estas no se alargaran en demasía. Pero esa medida, ingeniada por Marina, la madre, fue una absoluta inutilidad. Porque las cuatro chicas tenían una asombrosa dependencia del exterior. 

Era delicioso oír el sonido característico de la llamada, salir corriendo desde el salón, la cocina, el cuarto de estar o el largo pasillo de mármol gris, para ser la primera en cogerlo y, con una voz extremadamente dulce, por si acaso, soltar ese "dígame" característico. Si, al otro lado de la línea telefónica estaba "él", entonces miel sobre hojuelas. En caso contrario, una punzada de decepción ocuparía justo el lugar cercano al corazón. 

Cada una de las cuatro chicas tenían su propio "él" y se disputaban el derecho a hablar cuanto quisieran si la llamada les pertenecía. No contaban, sin embargo, con el control exhaustivo que Marina tenía sobre todo lo que acontecía en esa casa. Era una mujer que sabía de amor más que todas ellas juntas, pero que mantenía con rigidez el principio de la ecuanimidad. Y del ahorro del tiempo para que se dedicara a algo más productivo. 

Hablar por teléfono era perder la mañana o la tarde. Así que los enamorados tenían que conformarse con un breve saludo y un recorrido raudo por los acontecimientos del día o de la semana. Nada de charlas interminables, nada de risas que pudieran molestar a los demás, contención y sobriedad. Eso era todo. Tan negro como el teléfono. Pero, aún así, aún con esta mesura, qué hermoso momento el de oír al otro lado la voz del hombre al que cada una de ellas amaban. La voz del hombre que se despedía con un tímido beso o un saludo ceremonioso, lo mismo daba. 

Ese sonido del teléfono que te alborota los sentidos cuando llega y que, todas lo sabemos, deja un vacío irremplazable cuando te falta.