Chico encuentra chica


(Modigliani)

Una vez ella se sintió bastante perdida y encontró en la red de redes (esas con las que puede pescarse el universo) una voz cuyo eco sonaba consolador, agradable. Sin faltas de ortografía, ni interjecciones, ni onomatopeyas, ni emoticonos, ni dinosaurios saltando la comba. Una voz, simplemente. 

La voz era de alguien que había sufrido por amor y a quien el amor había dejado exhausto, quizá inerme o desengañado o falto de fuerza para seguir buscando, quién lo sabe. El caso es que dos soledades son fáciles de atar con un lazo invisible en las noches de los veranos yermos y sin luz. 

Así se escribieron palabras que cruzaron las ondas del espacio y cayeron en otros ojos, otras manos, desde un lugar a otro del mapa, en el intrincado lugar en el que se guardan los dolores más hondos.
Hace poco ella descubrió que se había obrado un milagro y que el dueño de esa voz ya no tenía el eco de soledad perenne con que antaño se adornaba sin quererlo y que el dueño de esa voz había encontrado la forma de que los días tuvieran cada uno un color, cada uno un sentido; de que la música sonara de una manera distinta y que fuera uno capaz de bailar a cualquier ritmo, en cualquier momento, en esta galaxia y otras más. Había hallado el amor, lo que no es poca cosa. 

Ella se alegró de ese descubrimiento y pensó que, aunque pasen días y noches, aunque vengan territorios más placenteros, aunque la ausencia sea solamente una cifra en el almanaque, aunque el amor se escriba y nunca más se convierta en vacío, a pesar de todo, siempre, en todas las circunstancias, ella recordará el eco de esa voz entrevista a lo lejos, el sonido del clac de los mensajes y la cálida atmósfera que alguien sabía añadir a los momentos tristes.