Cachivaches


Sabía que esta era la ciudad del despertar. Que, al pasar los meses, ahí se daría el milagro de volver a mirarlo todo sin demasiada niebla, sin demasiadas lágrimas. Y así fue. No hubo error. El tren nos dejó en una estación atestada un puente de Mayo. Saltamos de él con alegría, cimbreamos nuestras maletas al tiempo que llegábamos, andando, al hotel. Estaba a un paso. Lo habíamos elegido a sabiendas. No queríamos metros, ni autobuses, ni taxis. Simplemente andar y andar por las calles. Y lo logramos. La habitación era muy blanca y tenía unas almohadas magníficas. Esa noche dormí bien por primera vez en varios años. Recuerdo la blandura de la almohada y recuerdo el despertar, sin fantasmas. Todo nos sabía a gloria. El desayuno, el camino hacia los museos, la gente que nos hablaba, ese tipo que quería ligar y que espantamos, el break al mediodía, la noche con las cenas y luego las copitas, la cerveza con la que brindamos, los regalos que compramos y la ropa que nos pusimos. Todo era una fiesta. Hacía frío pero no importaba. Éramos libres y lo sabíamos. Comprendimos que era nuestro momento, que todo lo anterior había comenzado a cicatrizar. Miramos a la luz y lo entendimos. Éramos libres y la vida nos abría una puerta por la que cruzar sin demasiados miedos. Madrid, te quisimos esos días y tantos otros. 


(Autofoto. Madrid) 30 de marzo de 2020