A tu orilla


El viento no era nuestro enemigo. Ninguno de ellos, ni el levante, ni el poniente, ni el sur, podía evitar que recorriéramos con ansia cualquiera de esos caminos que antes otros habían trillado pero que, para nosotros, eran nuevos. Las ciudades, los pueblos, las orillas de las playas, las plazas de las ciudades, las calles de los pueblos, los puertos, los atajos, las cordilleras, el monte, el campo. Siempre buscabas campo porque decías que aquí no había, que solo eran pequeños matojos, yerba, setos, nada de verdadero campo, el campo salvaje, virgen, de tu tierra. En tu pequeño pueblo, tan desconocido para todos, el campo era el punto y aparte de las cosas. Como si fueras irlandés y hubieras nacido en una granja. Entonces yo no lo sabía, pero serían los hombres de campo los que escribirían gran parte de mi historia. El viento no era nuestro enemigo y corríamos adonde podíamos amarnos sin reservas, sin testigos, sin vecinos ni voces. Aquellos días inmaculados, verdes, dorados y llenos de besos, los besos incandescentes de los jóvenes, aquellos días, a tu orilla, como si no hubiera otro destino, contigo solamente, esos días, a tu orilla, el gran paraíso al que mi memoria vuelve a cada paso. 

(Foto: Juan Antonio Sánchez. Chipiona (Cádiz)