Manolita y la señorita Bates



No busques el nombre de Manolita Mendoza en ninguna antología literaria, ni en el Quién es Quién, ni siquiera en Google. No te saldrá. Puesto que es, fue, una mujer común, nada corriente, a la que merece la pena conocer. Te resultará un hecho curioso si te digo que hay un cierto paralelismo entre ella y la señorita Bates, de "Emma", la última de las novelas que vio publicada su autora, Jane Austen (1775-1817). 

"La señorita Bates no es guapa, ni rica, ni joven, ni inteligente. A pesar de esto, todo el mundo la aprecia en Highbury". Ella vive feliz (traduzco). Cuida a su madre, recibe visitas en su humilde casa, espera las cartas de la sobrina, Jane Fairfax, acude a las invitaciones que le hacen, siente que la gente la quiere y sabe ser feliz. En esto último, Manolita Mendoza y la señorita Bates andan a la par. Su paralelismo se traduce en esa propensión a la felicidad de su carácter. Ser capaz de disfrutar de lo que se tiene, sin dejar pasar ni una sola de las oportunidades que da la vida es una extraña cualidad. La mayoría de nosotros ve la botella medio vacía y dedica un tiempo exagerado a lamentar pérdidas, errores y sinsabores. O en recordar con nostalgia tiempos pasados que no fueron tan buenos. O en predecir un futuro que nunca llegará. Ambas actitudes son el pasaporte directo a la infelicidad. Por el contrario, Manolita y la señorita Bates cultivan una instantaneidad que convierte en oro el tiempo que viven. 


El ejemplo de la señorita Bates, como el de Manolita, solo puede hallarse en mentes verdaderamente privilegiadas, dotadas de una inteligencia práctica inusual (la cualidad que más apreciaba Jane Austen). Son mentes que sobreviven a la adversidad y que construyen su existencia sin dejarse abatir. No solo consiste en sobreponerse a los problemas sino en disfrutar de las rutinas de la vida sencilla como de un tesoro inaplazable. Hoy diríamos de ambas que son resilientes, una palabra que ni la señorita Bates, ni Manolita, ni siquiera Jane Austen, conocieron. 

Ser feliz es una cualidad que transmite su poderosa influencia positiva sobre los demás. No es una búsqueda, sino un modo de ser, un adjetivo. El pesimismo se contagia y la queja continua aburre. En las personas felices la tristeza tiene sentido y las penas, aunque existen, no prefiguran la existencia ni la entorpecen sino muy levemente. El ánimo de la persona feliz es capaz de crear una posibilidad donde para otros solo hay tragedia. No conocí a nadie que hablara mal de Manolita Mendoza. Todo el mundo sabía que era capaz de remontar las circunstancias más difíciles y todos confiaban en su consejo: la vida la había convertido en sabia. 


Quizá algo de esto sea el motivo por el que el señor Knightley reprende tan duramente a Emma cuando desliza una frase jocosa acerca de la facilidad de la señorita Bates para decir tonterías. La reprimenda es el mejor signo de la calidad humana de él, seguramente el personaje masculino con más valores de los que la autora traza, incluyendo desde luego al señor Darcy. Sabemos que Jane Austen fue una mujer falta de recursos y cuya principal riqueza fue su talento y su carácter. También sabemos que empleó su superioridad intelectual para hallar ese status tan necesario si se quiere ser feliz en un mundo en el que el matrimonio era la prioridad para las mujeres pobres. Al contrario que las hermanas Brontë, todas ellas tan pertinazmente atormentadas, Jane era feliz con lo que tenía, esa clase de felicidad que da verse rodeada de gente apreciable y que te aprecia. 

Algunas de las cualidades de las mujeres Austen tienen crucial importancia al reflejarse en valores y virtudes que constituyen lo más preciado en las personas. La amabilidad, como forma de manifestar el respeto y el cariño hacia el otro. La inteligencia práctica, que evita caer en errores que nos hacen desgraciados. La humildad, una virtud cristiana que se exalta como adorno en todas las personas verdaderamente superiores. Como dice Alasdair MacIntyre en su libro "Tras la virtud" "La unión de temas cristianos y aristotélicos en un contexto social determinado es lo que hace de Jane Austen la última gran voz eficaz e imaginativa de la tradición de pensamiento y práctica de las virtudes"

Jane Austen no soporta, por ejemplo, el fingimiento. Una cualidad clave en la señorita Bates es su ausencia de doblez. Lo mismo podría decir de Manolita, que era capaz de, aunque asertivamente, poner de manifiesto una cuestión negativa o un problema para no caer en la ocultación. Todas las heroínas de Austen llevan a cabo, durante la novela, un recorrido acerca de sí mismas. Esa "búsqueda del yo" las caracteriza y hay muchas sorpresas en el camino. Se trata de un ejercicio tanto de humildad, como de autoconocimiento, tan necesario para no dejarse engañar a uno mismo. Es verdad que algunas de ellas requieren todo el libro para darse cuenta de lo que verdaderamente sienten, caso de Emma, pero el camino está trazado. 


En esa lucha continua de la que he hablado antes al mencionar los rasgos del carácter de Manolita se enhebra la constancia y así lo vemos reflejado en los caracteres de las protagonistas de "Mansfield Park" o de "Persuasión". La constancia significa para Jane Austen la unión de la paciencia y el valor. Porque hay que tener valor para seguir perseverando en la voluntad de ser feliz. Todas estas virtudes han de tratarse en el contexto de la comedia amable e irónica que ella escribía, la que define mejor que nada su estilo propio. Otra cosa sería grandilocuencia, afectación y exageraciones que no casaban con su manera de ver la realidad. Es en el desarrollo de la vida cotidiana donde se encuentra el secreto de la práctica de todas estas virtudes que están en el telón de fondo de la gente feliz. 

La vida de Manolita Mendoza era su día a día familiar, la solución de los conflictos cotidianos, el llegar a fin de mes, la crianza de los hijos, el plato de comida que se servía en la mesa, el tendedero de ropa o la charla con las vecinas. Un interés genuino y sin trampa por todo lo que sucedía a su alrededor, exactamente igual que la señorita Bates quiere conocer los amores que se viven en el pueblo o qué se cuece en la vida de sus habitantes. Esto, que puede parecer superficial, se transforma por efecto de esa actitud personal militante, en una cierta forma de felicidad, en una rutina sosegada llena de compensaciones. 

(Fotografías: Helen Levitt. 1913-2009)