Libros sobre una máquina de coser


Ella se había quedado huérfana muy pequeña. Su padre murió en circunstancias trágicas y en plena juventud. Era un convencido luchador que dejó esta vida en defensa de sus ideas. Esa orfandad contribuyó a su espíritu soñador, con el que la vida se llenaba de elementos que la hacían más llevadera, más llena de ilusiones. El cine, la lectura y la cotidianeidad. Las peripecias humanas le parecían una fuente de interés y de posibilidades. 

Aprendió a coser como todas sus hermanas, porque era un aprendizaje que podía resultar útil y, sobre todo, porque era un adorno femenino. Hacía posible la creación de vestidos y de prendas que daban rienda suelta a su creatividad. Era una inventora nata. De hechuras, formas, colores, tejidos, mezclas. Todo en sus manos adquiría una nueva dimensión. Así la maquina de coser fue más que un mueble. Llegó a convertirse en una herramienta imprescindible para dejar volar la imaginación y crear cosas bonitas. 

Sobre la máquina, en un lado la caja de los hilos, colores, colores. Al otro lado, las telas, fascinantes, suaves, tibias. Y, en medio, en una esquina, en cualquier sitio que hubiera un pequeño espacio, un libro, el libro de turno, el libro que, en ese momento, concitaba su atención. De esa manera, el libro era el remanso, el sitio al que acudía indefectiblemente soñando con otros mundos lejos de su alcance. El libro, lleno de palabras, el territorio más seguro y más firme. Y, de vez en cuando, el concierto rítmico de la máquina en movimiento, un artefacto humano y amable, que se cuidaba con esmero y que se aceitaba y limpiaba continuamente. 

Es así como la recuerdas hoy. Sus libros, su máquina, sus manos. Una imposible nostalgia te cubre cuando unes los trozos de ese caleidoscopio y aparece su mirada ingenua, que nunca llegó a contaminarse de silencio, ni aun cuando todo se esfumó en su memoria.