Galdós


(Retrato de Galdós por Joaquín Sorolla. 1894. Casa Museo de Galdós en Gran Canaria)

El centenario de la muerte de Benito Pérez Galdós, que murió en Madrid con setenta y dos años en 1919, empieza a mover las aguas de su recuerdo literario y quizá también humano, aunque en un país tan aficionado a las filias y las fobias será difícil, si no imposible, aquilatar su papel en la historia de la literatura española sin caer en la exageración o la vendetta. Somos así. El retrato es magnífico y hace justicia tanto al escritor como al pintor, ese Joaquín Sorolla de la mejor estirpe, una de nuestras luminarias pictóricas, lo que no deja de ser una reiteración en él, ya que la luz fue su mejor equipaje. 

Bienvenida sea la conmemoración y también las disputas si así volvemos a leer sus libros y buceamos en su biografía, ahora que es posible convertirse en investigador con solo entrar en Internet. Cada uno de nosotros tiene un Galdós a su medida, en su cabeza o en su estantería. Los estudiantes leíamos a Galdós por obligación y algunos no fuimos capaces de saltar a la gran lectura de sus obras. Me confieso una de esas estudiantes que, una vez pasado el trámite, arrumbó a Galdós y no volvió a acordarse de leerlo. Y eso que en mi casa familiar estaban sus libros ordenados en una estantería, con todos los episodios nacionales, uno por uno, y el resto de sus novelas. Pero mi anglófila inclinación literaria comenzó tan pronto que Galdós fue una imposición molesta.

Recientemente he leído su biografía y me ha llamado la atención lo poco que yo lo conocía y la idea tan equivocada que tenía de él. Su casticismo literario me apartó en cierto modo de un conocimiento que podía haber sido crucial en mis lecturas. Pero hay veces que una determinada elección predestina un rumbo y cuando volví mis ojos a Anna Karenina decidí que Tolstoi era superior a los demás y que el drama de Karenina iba a ser el culmen de todos los dramas. Tampoco las clases de literatura sirvieron de mucho. Salvo en un caso, todos mis profesores de Lengua fueron puro trámite, nada de fuego ni de vida ni de ardor por la lectura. Por el contrario, los libros fueron surgiendo un poco de forma espontánea y otro poco influido por las lecturas ajenas. Hasta que ese camino se fue componiendo de Walter Scott, D. H. Lawrence o Agatha Christie. También Platón tempranamente y, sobre todo, Miguel Hernández.

Alguien me habló hace unos días de la Pardo Bazán y entonces la enlacé con la biografía de Galdós, los dos personajes de fuste, amantes, amigos y gente de carácter y de ideas, que confluyeron en un momento dado y dieron lugar a una unión impredecible. En los años de estudiante desconocía esta relación y los dos me parecían fósiles literarios más que otra cosa. Este es también un ejemplo claro de que el cine o la televisión no siempre nos ponen en camino de los libros. Las versiones de Galdós, sobre todo "Fortunata y Jacinta" no trajeron consigo ninguna novedad en ese acercamiento. Galdós es, para mí, y más que nada, una asignatura pendiente. 


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