El hermano Brontë


Las hermanas Brontë decidieron publicar con seudónimo. El primer intento de salir a la luz fue a través de sus poemas. Charlotte recopiló algunos suyos, otros de Anne y un número mayor de Emily, con la conciencia clara de que eran los mejores de todos. El volumen, "Poems" quedó guardado en la editorial hasta que el éxito de sus primeras novelas los puso de actualidad. No incluyó ningún poema de su hermano, Branwell, confirmando así la extraña y ambivalente relación que mantenían con él. Ambos, Charlotte y Branwell, habían compartido escritura al crear conjuntamente el mundo de Angria, de igual forma que Emily y Anne lo hicieron con Gondal. Pero lo cierto es que, una vez superada la adolescencia, Charlotte se separó literariamente de su hermano y Angria desapareció. Lo mismo ocurrió con sus novelas. Con el seudónimo Currer Bell, Charlotte ofreció a su editor "Jane Eyre", además de las "Cumbres Borrascosas" de su hermana Emily (Ellis Bell) y de "Agnes Grey" de Anne (Acton Bell). 

La confusión entre los tres autores duró mucho tiempo, lo mismo que las dudas sobre su identidad. No era algo tan raro firmar con nombre masculino o no firmar. Esto último ya lo había hecho Jane Austen y lo primero fue clave en el caso de George Eliot. Pero ese distanciamiento con el hermano es un gesto que requiere explicación y esta seguramente se halla en la vida que Branwell llevaba. Las antiguas rencillas fraternales que pudiera haber no tuvieron el peso de esto último. Patrick Branwell Brontë había sido el niño mimado de su padre, que siempre se negó a enviarlo a colegio alguno y que decidió educarlo él mismo en casa, usando para ello sobre todo la lectura y la traducción de los clásicos grecolatinos. 

Quizá el hecho de la triste experiencia de sus hijas en el internado generó algo de resentimiento en las menores y una cierta envidia hacia este trato desigual. El padre estuvo siempre muy dedicado a lograr la excelencia para su hijo y lo mismo puede decirse de la actitud de la tía Elizabeth Branwell, que ocupó el puesto de gobernanta de la casa muy a su pesar tras la muerte, a los treinta y ocho años, de la madre. Poco se recuerda el sacrificio que ese cambio de vida supuso para la tía Elizabeth. Vivía muy tranquila en Pensanze, una ciudad portuaria situada en la costa de Cornualles, con un círculo social muy aceptable, sin obligaciones ni penurias. No era el caso de la solterona desocupada o aburrida que abraza el papel de segunda madre de sus sobrinos huérfanos con entusiasmo y entrega. Nada de eso. Para Elizabeth fue un verdadero sacrificio, dictado por su sentido del deber, una situación poco deseable que le amargó la vida y acabó con su bienestar, además de no granjearle, por correspondencia, el cariño de los sobrinos, salvo quizá de las más pequeñas, Emily y Anne, por esto mismo. 

En realidad, la tía Elizabeth estuvo siempre esperando el momento de que los niños crecieran para verse liberada de ese compromiso y marcharse a su querida ciudad marítima. Pero no tuvo suerte. Las desgracias se sucedieron, no llegó la ansiada independencia por matrimonio de las hijas y el hijo fue una continua fuente de preocupaciones. Los problemas no acabaron sino que se fueron acentuando. Por otro lado, el viudo no encontró una mujer que lo aceptara como marido, porque la carga que llevaba y la poca seguridad económica actuaron como murallas. Así que la pobre tía Elizabeth fue una víctima del matrimonio de su hermana María. 

En Branwell, el único hijo varón, estaban depositadas muchas esperanzas, pero cuando le llegó el momento de medirse con otros chicos como él, demostrando su valía y compitiendo con otros cerebros jóvenes, se descubrió que no estaba a la altura. Lo vio él mismo y lo vieron los demás. Su carácter inestable, huidizo, su tendencia a meterse en problemas y de andar siempre en la cuerda floja, le empezaron a pasar factura muy pronto. La decepción fue enorme, tanto que marcó su vida. Fue el primero en publicar y lo hizo en un periódico en el que fueron saliendo algunos de sus poemas, pero no logró que su hermana Charlotte lo incluyera en el volumen de sus poesías. Ella no confiaba en él, ni en su valía ni en su actitud. Angria se desbarató. 

En el fondo, las hermanas debieron sentir un profundo resentimiento hacia el hermano. Su vida disipada, su negligente forma de ser, sus vicios, su mal carácter, su agresividad, todo eso generaba tensiones de importancia en la casa, además de acarrearles mala fama. En ocasiones, cuando él estaba en una de esas crisis, ni siquiera podían invitar a sus amigas a visitarlas. Los disgustos implicaban a todos en el problema. El equilibro familiar se veía distorsionado y la vida cotidiana se alteraba de continuo por hechos que el hijo provocaba. Reclamaciones por deudas, peleas, amistades inconvenientes, abuso de alcohol y otras sustancias, problemas de salud, crisis mentales...Todo en una espiral que afectaba a toda la casa y que se reproducía cada vez con mayor frecuencia. 


Quizá el caso de Branwell Brontë pueda considerarse un paradigma del desperdicio de los talentos. Nadie puede decir que no tuviera posibilidades, que no se dispusiera de medios e interés para su mejor formación o que no se le mimara. Pero la debilidad de su carácter (consustancial o adquirida) desbarató las esperanzas y los proyectos de futuro. El remate de la situación se produjo cuando conoció y se enamoró de la señora Robinson, una mujer mayor que él, casada y patrona de su  hermana Anne, en cuya casa ejercía de institutriz. El afán de ayudar a su hermano hizo que ella lo propusiera ante sus jefes como preceptor del mayor de los hijos. En este trabajo lo más que hizo Branwell fue mantener relaciones ilícitas con la dueña de la casa, algo conocido incluso por los hijos de la familia, un secreto a voces. El bucle del enamoramiento lo mantuvo en vilo, a la espera de que falleciera el señor Robinson, a la sazón un inválido, para poder lograr su sueño de casarse con la viuda. 

Nada era, sin embargo, como parecía o como él se imaginaba. Fue despedido. Siguió anclado en esa pasión sin remedio, que lo mantenía sujeto a un sufrimiento inútil, mucho mayor cuando se constató que, ya viuda, la señora Robinson (que dio su nombre a Anne Bancroft en "El graduado", otro caso de joven seducido por mujer madura), no se iba a casar con él sino que movió los hilos para hacerlo con un tipo rico y con título, lord Scott. La señora Robinson, luego lady Scott, se limitó a hacerle llegar cantidades de dinero que gastaba en garitos, más bien derrochaba. El caso es que la agonía de Branwell se acentuó con este amor fallido. Nunca supo vivir y tampoco extrajo ninguna consecuencia del desengaño. Era un náufrago, siempre lo fue. La fama de sus hermanas, cimentada básicamente en una sola novela, no le alcanzó sino de refilón y hoy sigue siendo el elemento más desconocido y extraño de la familia, casi un fracasado. Un rapto de lucidez, en sus últimas horas, le hizo reconocer que nada había hecho en la vida  y nada había conseguido. 


Como a veces la vida nos da crueles lecciones, la fama de Branwell se ha terminado produciendo por ser el autor de este retrato de sus hermanas, en el que aparecen, de izquierda a derecha, Anne, la pequeña, Emily, la más "artística" y Charlotte, la mayor de las que sobrevivieron. Entre las dos últimas, una columna no prevista sirve para ocultar la figura inicial, que no era otro que el propio Branwell quien, al final, decidió que ese no era su sitio. 

(Fotos: los páramos de Yorkshire, cercanos a Haworth, el escenario de la vida de los Brontë)