Davies, el magnífico


Me enamoré de Robertson Davies tras leer "Levadura de malicia". Ni siquiera tuve que leer el libro entero, porque el enamoramiento lector es así: bastaron las primeras líneas. La mezcla de ironía, gracia, hechuras y sarcasmo inteligente. Puede parecer que todo es lo mismo, pero no. Davies me conducía a través de la trama con su mano firme. No como esos escritores que te dejan vagabundear por las páginas...hasta que te sales del libro. Una vez que conoces al escritor llegas al hombre. Me interesan mucho las personas que están detrás de las obras de arte. Pero no parece que este interés sea colectivo porque resulta complicado saber cosas de verdad. Cosas que pongan de revés al personaje y que no te lo muestren siempre atildado y con la máquina de escribir delante. Empeño inútil. Leemos libros escritos por fantasmas. 

Hay otras circunstancias en su vida que me atraen, como el hecho de que se graduara en el Balliol College de Oxford, de donde fue decano el tío de la madre de Jane Austen. No es un galimatías, es así. Después de ese primer chispazo he ido dando tumbos entre sus trilogías, entre los nombres extraños que pone a sus libros, personajes inencontrables en otras latitudes literarias. Robertson Davies es una especie de Santa Claus que emerge de una chimenea para sentarse cerca de ti sin molestar pero invitándote a conocer algo que antes te estaba vedado. Es un amable conversador y un inteligente critico de la vida. En sus libros hay tanta filosofía como cotilleo. Y este cóctel no se puede malversar. 


Davies es un hombre muy afortunado. Nació en Canadá, que es uno de los mejores sitios donde puede uno nacer. Los canadienses no tienen enemigos, parecen estar en un limbo que los aísla de los problemas y sus ciudades son continuación directa de sus parques y campos. Llenas de zonas verdes, de árboles y de naturaleza. Parece, en realidad, que se han construido casas y edificios dentro del espacio verde, amplio y sin fronteras. Algunas novelas canadienses que he leído recientemente tienen un toque fresco de veracidad que falta en otras latitudes. Pero ellos no parecen impresionados por los demás sino convencidos de que lo suyo tiene algún sentido cósmico que desconocemos. La infancia de Davies fue muy feliz y ese es el mejor pasaporte para la vida. No conozco a nadie con una infancia feliz que no haya sido luego un joven feliz y un adulto feliz. En realidad, tampoco conozco demasiadas infancias felices, salvo de modo subjetivo. En este caso parece que la familia que le tocó (en esa lotería injusta de la naturaleza) era excelente, buena posición, intereses culturales, capacidad de estimular al niño...lo mejor para convertirse en alguien seguro de sí mismo y muy talentoso. Ser actor de Shakespeare moduló su carácter y le dio la ocasión de aprender algo que los escritores deberían conocer en toda su extensión: la fuerza del diálogo. El gran dialoguista de la historia de la literatura hizo que llegara hasta el fondo en ese sentido. Puedes notarlo si lees sus libros. Davies borda los diálogos. 


Adquirió una buena formación, tuvo un buen trabajo, un buen matrimonio (con Brenda Mathews), tres hijas y buena salud. Era un hombre afortunado realmente. La inteligencia de que le dotó la naturaleza la aprovechó de forma cumplida. Fue capaz de escribir once magníficas novelas, la última de ellas "Un hombre astuto", publicada un año antes de su muerte sucedida en 1995, cuando tenía ochenta y dos años. En sus últimos tiempos tenía ya esa imagen de Santa Claus, elegante, compasiva y casi paternal que vemos en las fotos. Esta foto, por ejemplo, es magnífica. Aparece muy bien vestido, con una encantadora corbata y un pañuelo como adorno. La blancura de la barba y el cabello, además de su altura, suponían un reclamo convincente en sus intervenciones, en las múltiples conferencias que dio durante su vida, con su voz magnífica de actor y con su enjundia expresiva. Un tipo magnífico, ya digo.

(14-2-2020)

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