A Charlotte no le gustaba Jane


(Moda victoriana. Archivo digital de la BNE)

En el libro de Laura Ramos "Infernales. La hermandad Brontë. Charlotte, Emily, Anne y Branwell" hay al menos dos referencias a la opinión que de Jane Austen tenía Charlotte Brontë. Y no es una buena opinión. Paradójicamente, ese desagrado que sentía la mayor de los Brontë escritores acerca de Austen es una muestra más (aunque no debería hacer falta ninguna, salvo leer las respectivas obras) de las enormes distancias que separan una obra de otra. Aunque, como se sabe, es frecuente meterlas a todas en el mismo saco, sin darse cuenta de que no hay rasgos comunes sino mentalidades distintas y libros muy diferentes en todos los aspectos. Es cierto que hay muy poca distancia cronológica entre ellas pero un mundo a la hora de pensar la sociedad, de escribir y de mostrarse en su literatura. 

Uno de los más destacados críticos literarios ingleses, G. H. Lewes, a la sazón pareja de hecho de la escritora George Eliot, aconsejó a Charlotte "olvidarse del melodrama" y le sugirió la lectura de Jane Austen, quizá como antídoto a su afición por lo terrible, lo intenso y lo dramático. Pero a Charlotte, que leyó en esa ocasión "Orgullo y prejuicio", Jane Austen no le gustó. Dos años más tarde, volvió a intentarlo, esta vez con la lectura de "Emma", pero solo sirvió para reafirmarse en su primera impresión. Charlotte consideraba que, en lo tocante a Jane Austen, "las pasiones son completamente desconocidas para ella". Puede ser que esta opinión tuviera algo que ver con el empeño del crítico (no era el único) de que cambiara su propio estilo literario para hacerlo menos exagerado y hasta violento, pero eso es algo que nunca hubiera permitido Charlotte (ni ninguno de sus hermanos, por otra parte), como tampoco lo permitió Jane Austen cuando recibió el consejo del bibliotecario del regente acerca de que dedicara una obra a la figura de un eminente intelectual (trasunto del bibliotecario) en un tono ampuloso y circunspecto, lejos de la vida cotidiana que gustaba de recrear en sus libros. 

La respuesta literaria de Charlotte Brontë a estas recomendaciones bienintencionadas fue la redacción  de "Villette", el último libro publicado de los suyos (cuando murió estaba, curiosamente, escribiendo un libro al que llamó "Emma"). De este modo "dio la espalda a los intereses literarios del momento y tomó un camino extraño al escoger su propia vida como material de escritura: hizo una exploración de su intimidad que no había sido intentada antes en la ficción" (Laura Ramos). Esto quiere decir que Charlotte entró en los terrenos de lo que llamamos autoficción, una forma narrativa de la novela que hoy está de plena actualidad. De "Villette" dijo George Eliot que era "aún más maravilloso que "Jane Eyre". Hay algo casi sobrenatural en su poder". 

Basta una lectura atenta de las obras de ambas para darnos cuenta de que es imposible el entendimiento. Sospecho que tampoco a Jane Austen le gustarían los libros de Charlotte, aunque también que sus comentarios sobre ellos serían mucho más sutiles y menos explícitos, hechos desde el sentido del humor y la ironía que la caracterizaban. No podemos encontrar en las novelas de Jane Austen ese desgarro interior, esa llamarada, esos personajes atormentados, esa excesiva sentimentalidad. Por el contrario, en los libros de Charlotte (y en el resto de los libros de sus hermanos) no existe el sentido del humor y, si aparece, es de forma macabra y falto de gracia o ligereza.

Ni las condiciones de vida, ni el tiempo que vivieron, ni sus características personales ni familiares, ni el estilo que sus talentos les dictaban, tienen que ver en ambos casos. Y torcer esa inclinación es batalla perdida. Por eso resulta normal y fácil de entender que haya tanta distancia entre sus respectivas obras. Lo único que tienen en común es, eso sí, su maestría.