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Mostrando entradas de febrero, 2020

Manolita y la señorita Bates

No busques el nombre de Manolita Mendoza en ninguna antología literaria, ni en el Quién es Quién, ni siquiera en Google. No te saldrá. Puesto que es, fue, una mujer común, nada corriente, a la que merece la pena conocer. Te resultará un hecho curioso si te digo que hay un cierto paralelismo entre ella y la señorita Bates, de "Emma", la última de las novelas que vio publicada su autora, Jane Austen (1775-1817).  "La señorita Bates no es guapa, ni rica, ni joven, ni inteligente. A pesar de esto, todo el mundo la aprecia en Highbury" . Ella vive feliz (traduzco). Cuida a su madre, recibe visitas en su humilde casa, espera las cartas de la sobrina, Jane Fairfax, acude a las invitaciones que le hacen, siente que la gente la quiere y sabe ser feliz. En esto último, Manolita Mendoza y la señorita Bates andan a la par. Su paralelismo se traduce en esa propensión a la felicidad de su carácter. Ser capaz de disfrutar de lo que se tiene, sin dejar pasar ni u

Rose Bertin

Christian Dior se inspiró en la moda de María Antonieta para este vestido que presentó en su colección de 2007. Adaptado al momento actual y seguramente más estilizado, menos recargado de los que usaba la desgraciada reina de Francia. Las investigaciones históricas han descubierto a su costurera, a la persona que inventaba y cosía los trajes que la reina lucía, en esa aventura constante que era su vida, en ese devenir de lujo y de conflictos que la poseyó en toda su biografía.  La costurera se llamaba Rose Bertin. Durante casi dos décadas, y con la colaboración del peluquero Léonard Autié, mademoiselle Rose creó atuendos, día a día más excéntricos, para la joven soberana, a la que siempre movía el deseo expreso de ser la mujer más bella y elegante de Francia. Hasta que la Revolución y la precipitada muerte de la reina acabaron con la relación. Antes de convertirse en la costurera de la reina, Rose vivía una existencia tranquila, sin poder predecir cuál sería su futuro profes

"Trilogía de Candleford" de Flora Thompson

(Retrato de Flora Thompson) La editorial asturiana Hoja de Lata acaba de publicar en español un clásico de la literatura inglesa. Se trata de la "Trilogía de Candleford". Su autora es Flora Thompson, casi desconocida entre nosotros pero muy famosa en el Reino Unido. Thompson (cuyo nombre de soltera era Flora Jane Timmins), fue novelista y poeta, además de autora de artículos sobre la naturaleza, una de sus grandes pasiones. Nació en Juniper Hill en 1876, en una familia humilde, pero su empeño por mejorar de vida la llevó a convertirse en secretaria de la oficina de correos de Fringford y a dedicarse a escribir.  En 1903 se casó con otro empleado de correos, John William Thompson, de quien tomó su apellido y con quien tuvo tres hijos, dos niños y una niña. Tras escribir algunos artículos sobre naturaleza, logró ganar, en 1911, un premio de ensayos en la revista The Ladies Companion, por un ensayo de 300 palabras sobre Jane Austen. Después de esto compaginó su vida

Vestir la tristeza

(Ilustración: Sophie Griotto) En las tardes largas del invierno ella me contaba historias que inventaba sobre la marcha. Casi todas hablaban de mujeres tristes. Ella misma era una mujer triste, que ocultaba la tristeza con una capa poderosa de risa y de ingenio. Todas las personas tristes intentan convertirse en lo que no son porque la tristeza cansa. Agota. En esas tardes, conversábamos sobre la vida de las mujeres que conocíamos y de otras cuya existencia solo había llegado hasta mí a través de sus relatos. Eran cuentos que nada tenían que ver con finales felices. Eran realidades que se tamizaban con su baño de ironía, su sonrisa complaciente y esa forma generosa de mover las manos. Parecía una representación teatral con su telón y todo. El telón tenía dibujadas unas rosas. Eran rosas de Francia, esas pequeñitas, de intenso olor, como las que cruzaban nuestros arriates, cuando todavía la casa conservaba su jardín. El día en que ese jardín se perdió, cuando amanecimos sin l

Un irlandés en los páramos de Haworth

Patrick Brontë (el padre de los Brontë) fue un irlandés muy pobre, el mayor de diez hijos de una familia de granjeros, que tenía una cualidad que cambió su futuro. Era un superdotado. Sus extraordinarias facultades intelectuales unidas a su inquebrantable voluntad de prosperar fueron el pasaporte para una vida diferente de la que, en un principio, le correspondía por nacimiento.  Había nacido el 17 de marzo de 1777 (dos años después que Jane Austen), en Emdale, condado de Down, en la actual Irlanda del Norte. Sobrevivió a todos sus hijos ya que murió seis años después de la muerte de Charlotte (la última de ellos que falleció) cuando ya contaba ochenta y cuatro años. Destacó en sus estudios y recibió la ayuda de un clérigo anglicano que confió en sus posibilidades por lo que pudo estudiar en Cambridge y ordenarse a su vez. Contrariamente a lo que suele decirse no era pastor ni párroco de Haworth, el universo mítico de las Brontë, sino un simple coadjutor, lo que significaba men

Cartas para Katherine

Me alegro de ser poeta, de haber escrito versos, de todo lo que me ha llevado a este libro. Pero no me engaño: yo solo no lo hubiese escrito. Sin un alma tan hermosa como la tuya no habría sido. ¿Gratitud? Más que gratitud. Conciencia clara, radiante, de que toda la hermosura que puede haber en mi libro me une a ti, me enlaza a ti. Y no podré jamás sentir que el libro es mío.  (24 de enero de 1934. Cartas a Katherine Whitmore. Pedro Salinas) Si has escrito alguna vez una carta de amor, si la has recibido, ya sabes cómo es eso. La distancia aumenta el deseo. Y el deseo es el síntoma de la pasión. Escribes las cartas porque no puedes acariciar el rostro amado y en cada palabra que dibujas, estás tú, está todo lo que eres y que quieres transmitir, siquiera sea volando, a la persona que amas.  Las cartas de este libro (publicado por Lumen), las que Pedro Salinas (1891-1951) dirigió durante años a Katherine Whitmore (1897-1982), llevaban papel, sobre y sello. Estaba escritas co

Violetas

A lo lejos, sin que el tiempo las nuble, apenas sin motivo, quizá por inercia, sin amor desde luego, sin pasión, que eso sería pedirle demasiado a la vida, en forma de palabras, en forma de frases sencillas que no hablan de emociones sino solo de hechos...En la distancia, a través del aire y el teclado, en forma de voz tenue que saluda y repite la última palabra, en el recóndito espacio de un tiempo que no tiene principio y que acabará sin duda un día, tal vez no muy lejano...En un verso cualquiera, en un texto, en el fragmento de película que aparece en un cine de verano, en un artículo de prensa, en una imagen presentida, allí, en el aire, donde se oculta todo...De modo que aparezca cuando el día está más gris o ella está más cansada; de modo que recomponga apenas las piezas rotas de esa porcelana que un día cruzó su tiempo más exacto; de modo que parezca que la vida no ha terminado entera: solamente un espejismo pero cubierto de oloroso consuelo...Un pequeño haz de flores que

El hermano Brontë

Las hermanas Brontë decidieron publicar con seudónimo. El primer intento de salir a la luz fue a través de sus poemas. Charlotte recopiló algunos suyos, otros de Anne y un número mayor de Emily, con la conciencia clara de que eran los mejores de todos. El volumen, "Poems" quedó guardado en la editorial hasta que el éxito de sus primeras novelas los puso de actualidad. No incluyó ningún poema de su hermano, Branwell, confirmando así la extraña y ambivalente relación que mantenían con él. Ambos, Charlotte y Branwell, habían compartido escritura al crear conjuntamente el mundo de Angria, de igual forma que Emily y Anne lo hicieron con Gondal. Pero lo cierto es que, una vez superada la adolescencia, Charlotte se separó literariamente de su hermano y Angria desapareció. Lo mismo ocurrió con sus novelas. Con el seudónimo Currer Bell, Charlotte ofreció a su editor "Jane Eyre", además de las "Cumbres Borrascosas" de su hermana Emily (Ellis Bell) y de "Agn

Libros sobre una máquina de coser

Ella se había quedado huérfana muy pequeña. Su padre murió en circunstancias trágicas y en plena juventud. Era un convencido luchador que dejó esta vida en defensa de sus ideas. Esa orfandad contribuyó a su espíritu soñador, con el que la vida se llenaba de elementos que la hacían más llevadera, más llena de ilusiones. El cine, la lectura y la cotidianeidad. Las peripecias humanas le parecían una fuente de interés y de posibilidades.  Aprendió a coser como todas sus hermanas, porque era un aprendizaje que podía resultar útil y, sobre todo, porque era un adorno femenino. Hacía posible la creación de vestidos y de prendas que daban rienda suelta a su creatividad. Era una inventora nata. De hechuras, formas, colores, tejidos, mezclas. Todo en sus manos adquiría una nueva dimensión. Así la maquina de coser fue más que un mueble. Llegó a convertirse en una herramienta imprescindible para dejar volar la imaginación y crear cosas bonitas.  Sobre la máquina, en un lado la caja de

"Madre e hija" de Jenn Díaz

La Editorial  Planeta a través de  Destino  ha publicado en castellano la última novela de  Jenn Díaz,  antes publicada en catalán. "Madre e hija" tiene un argumento absorbente. Cuatro mujeres, la madre, las hijas y la tía, conviven en un  hogar familiar en el que falta el único hombre que había, el esposo, padre y hermano, Ángel. Jenn Díaz se introduce en el mundo femenino a través de la ausencia del hombre. Cuando el hombre falta, la casa se cimbrea. Su inestable equilibrio en el que estaban las disputas entre la cuñada soltera y la cuñada casada se pone en evidencia. Los sentimientos y las emociones aparecen con la frescura de un paisaje que nos resulta conocido. La sentimentalidad femenina como gran espacio común que se escribe una y otra vez.  Dolores y Gloria. Ángela y Natalia. Ángel, el hombre. Y antes de eso, dos citas, una de Mercé Rodoreda "Querido, estas cosas son la vida" y otra de Ingmar Bergman "Una madre y una hija. Qué combinación absur

Los hombres leen ensayo y las mujeres novela

Dado que estamos en la época de las etiquetas, vamos a colocar una más, nada original, desde luego, más bien un mantra de esos que se repiten, se repiten, se repiten...Aquí está: los hombres leen ensayo y las mujeres novela.  A decir de los defensores de esta genial frase eso indicaría varias cosas: el apego de los hombres a la realidad y el romanticismo inherente a la condición femenina, por un lado. La escasa imaginación de los varones y la atrayente fuerza creativa de ellas, por otro. Y, sin que queramos sentar cátedra, la búsqueda de respuestas concretas de ellos y el carácter vericuético de las féminas.  De un plumazo, algunos rasgos de carácter, organizados por sexos, aparecen en esta definición altamente provocativa y llena de lagunas. Los hombres, realistas, sencillos y apegados a la existencia cotidiana. Las mujeres, imaginativas, soñadoras y complejas. En este punto ya hay quien se ha levantado de la silla en la que, cómodamente, leía esta entrada del blog, y h

A Charlotte no le gustaba Jane

(Moda victoriana. Archivo digital de la BNE) En el libro de Laura Ramos "Infernales. La hermandad Brontë. Charlotte, Emily, Anne y Branwell" hay al menos dos referencias a la opinión que de Jane Austen tenía Charlotte Brontë. Y no es una buena opinión. Paradójicamente, ese desagrado que sentía la mayor de los Brontë escritores acerca de Austen es una muestra más (aunque no debería hacer falta ninguna, salvo leer las respectivas obras) de las enormes distancias que separan una obra de otra. Aunque, como se sabe, es frecuente meterlas a todas en el mismo saco, sin darse cuenta de que no hay rasgos comunes sino mentalidades distintas y libros muy diferentes en todos los aspectos. Es cierto que hay muy poca distancia cronológica entre ellas pero un mundo a la hora de pensar la sociedad, de escribir y de mostrarse en su literatura.  Uno de los más destacados críticos literarios ingleses, G. H. Lewes, a la sazón pareja de hecho de la escritora George Eliot, aconsejó

Galdós

(Retrato de Galdós por Joaquín Sorolla. 1894. Casa Museo de Galdós en Gran Canaria) El centenario de la muerte de Benito Pérez Galdós, que murió en Madrid con setenta y dos años en 1919, empieza a mover las aguas de su recuerdo literario y quizá también humano, aunque en un país tan aficionado a las filias y las fobias será difícil, si no imposible, aquilatar su papel en la historia de la literatura española sin caer en la exageración o la vendetta. Somos así. El retrato es magnífico y hace justicia tanto al escritor como al pintor, ese Joaquín Sorolla de la mejor estirpe, una de nuestras luminarias pictóricas, lo que no deja de ser una reiteración en él, ya que la luz fue su mejor equipaje.  Bienvenida sea la conmemoración y también las disputas si así volvemos a leer sus libros y buceamos en su biografía, ahora que es posible convertirse en investigador con solo entrar en Internet. Cada uno de nosotros tiene un Galdós a su medida, en su cabeza o en su estantería. Los est

Los Brontë por Spark

La verdad es que la vida de los Brontë (todos ellos, incluidos los padres y la tía Elizabeth) resulta más apasionante que los libros que han dejado escritos. Al menos, que las novelas más famosas, una de Charlotte ("Jane Eyre"), una de Emily ("Cumbres Borrascosas") y dos de Anne ("Agnes Grey" y "La inquilina de Wildfell Hall"), porque aunque estos son los títulos que asociamos siempre a su arte, escribieron tanto y tan intensamente que resulta imposible tener una idea general de esa obra, a veces dispersa, mezclada y confusa. Al público no ha llegado ningún libro de Branwell, el único hermano en un mar de chicas, al que todas mimaban y cuya educación fue la brújula primordial de la acción de su padre, el reverendo Patrick Brontë.  Poca gente conoce que ese apellido, tan universalmente conocido, ni siquiera existió como tal, sino que constituye una invención megalomanía del propio Patrick, irlandés pobre trasplantado a la universidad de C

El hijo varón

(Caballero de 1815, vestido al estilo Regencia) La princesa Masako de Japón , una mujer joven y de educación occidental, entró en una profunda depresión cuando no pudo dar a luz un varón que pudiera heredar el título imperial. En el encorsetado protocolo del  país del sol naciente  (hermoso nombre que aparecía en mis libros de infancia) las niñas no pueden convertirse en emperatrices, salvo con el rango de consortes. Así, la hija de Masako no heredará el trono y será un primito suyo el que lo herede.  La tristeza de Masako ocupó portadas de revistas y ya parece que ha quedado en segundo plano . A nadie interesa una mujer triste más.  En la Inglaterra que vivió  Jane Austen  existía la ley del mayorazgo masculino que impedía que las mujeres se hicieran cargo de las herencias de su padre y que las condenaba a dos opciones igualmente malas: la miseria o la dependencia de un pariente varón que quisiera acogerlas. La solución que todas ellas ansiaban, por menos degradante y por

La decisión del señor Woodhouse

Hay una visión tradicional del señor Woodhouse, el padre de Emma e Isabella en "Emma", de Jane Austen, que lo presenta como un anciano hipocondríaco, muy preocupado por las corrientes de aire y las dietas a base del dulce inglés, enemigo del cambio de rutinas y amante del sosiego y las cosas inalterables. Sin embargo, una lectura más atenta, o, quizá, otro punto de vista, nos hará ver algunos aspectos de este personaje en los que quizá no hemos reparado. Y, para ello, resulta conveniente recordar que en "Emma", la novela más perfecta de cuantas escribió su autora, hay nada menos que cinco niños huérfanos.  La orfandad era algo frecuente en la época georgiana. La materna, porque el número de madres que morían en el parto era elevado y la paterna porque prácticamente todo el tiempo los ingleses estuvieron en guerra, así que los hombres iban a la guerra y muchos no volvían. En la propia familia de Jane Austen se vivió la circunstancia de que el prometido de Cas