Los hombres que amamos


Ella y yo coincidíamos en dos cosas fundamentales. El cine y los libros. El lenguaje del cine creó un lugar común, un paraíso compartido en el que las confidencias eran posibles. La diferencia de edad no suponía gran cosa, porque cuando nací ella era muy joven, pero sí lo suficiente como para no entendernos en algunos aspectos. La vida va cambiando las ideas y los hijos y los padres se separan, como meandros de un río común que se desgaja sin quererlo. Pero el cine, y también los libros, eran la causa en la que estábamos a medias. El gusto por el cine es una herencia imposible de renunciar. Los nombres de los actores y las actrices, el recuerdo de las sesiones de cine en la infancia, las risas a cuenta de tal o cual película, los llantos en otras, todo eso tiene un sabor único que nunca se pierde. 


Él era uno de esos reyes que se aposentaban en la salita para compartir las horas de la sobremesa o los cinefórum improvisados. A ella le gustaban los hombres guapos y, como estaba enamorada del amor, los quiso a todos. Es algo que también nos dejó en herencia a sus hijas, todas imbuidas del mismo espíritu de admiración que arrasaba las pantallas. La noche de los Oscar no dormíamos y todavía hoy usamos los vídeos de Youtube como un modo de ver a nuestras estrellas, sobre todo a ellos, a los hombres que amamos. Él era uno de ellos. No el único, pues nuestro corazón tiene la amplitud necesaria para que quepan muchos, pero sí uno de los más amados. Nos dio pena su muerte como si hubiera sido alguien de la familia y, en realidad, lo era, alguien de una familia única y espléndida formada por los rostros de quienes, desde la pantalla, nos hicieron más felices que la realidad verdadera. 


No ha envejecido a nuestros ojos. Porque siguen ahí las películas y en ellas los héroes no envejecen. Mantienen siempre la lucidez y la sonrisa eterna. Mantienen la mirada, azul en este caso. Mantienen las frases que aprendimos. Mantienen el sentimiento del amor, mantienen la lucha y las cabalgadas por el oeste. Mantienen la picardía en el salón de juego. Mantienen el aire circunspecto en la sala del juicio. Mantienen la lejanía de la mujer en camisón que se estrella contra el aire frío. Los héroes no envejecen y él tampoco. Los hombres que amamos en la pantalla están siempre en la misma coordenada, sin resquebrajarse nunca. 

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