"Edgar y Emma" de Jane Austen


John Constable (1776-1837) fue un pintor contemporáneo de Jane Austen. Si te fijas en sus retratos puedes hacerte una idea cierta de cómo vestían en esa época. Esos retratos los hacía un poco para tener recursos económicos y dedicarse a su gran pasión: los paisajes, a los que dotó de técnicas modernísimas y de un aire romántico a la vez. La naturaleza en su estado más salvaje, los campos y los campesinos en ceremonias rituales, todo eso le interesaba sobremanera. Por eso he elegido sus obras para ilustrar esta entrada dedicada a un pequeño cuento escrito por Jane Austen cuando era una jovencita.


"Edgar y Emma" forma parte del libro "Amor y amistad", del que ya he hablado en este blog y que editó Alba Editorial, colección Minus, con motivo del bicentenario de la muerte de Jane Austen que se conmemoró en 2017. En el libro hay incluidos los tres volúmenes (nombre usado por ella misma) en los que se recogen sus escritos de juventud. Cartas, cuentos, novelas inacabadas, una historia de Inglaterra, así como fragmentos sueltos, aparecen en el libro, señalando ya su incipiente estilo literario. 

Se trata de un cuento completo, a diferencia de otros textos del libro que se dejaron inacabados. Ella misma reconocía en una de las cartas que solía dejar sin terminar algunas historias, pero esto es cosa común en los escritores precoces. La historia comienza con una charla verdaderamente sorprendente entre Sir Godfrey y Lady Marlow, a propósito de su regreso a la casa en la que viven, después de dos años de soportar incomodidades en una casa más pequeña. Lo curioso del caso es que ambos discuten acerca de quién es el responsable de esa situación. El diálogo no puede ser más cómico, más absurdo, pero así eran las cosas que Jane Austen escribía en esta época. Y, en realidad, en todas las épocas de su vida. Lo absurdo, lo ridículo, es una condición de su escritura. La sensatez era una de las virtudes que más apreciaba y, hay que decirlo, le gustaba poner de manifiesto la insensatez, a modo de ironía y de crítica. Debió encontrar en su vida más insensatos que sensatos. 


En el segundo capítulo del cuento aparece la joven Emma, hija de los anteriores, quien suspira por Edgar, el hijo de una familia muy numerosa que vive en las cercanías y que va a hacerles una visita. Su sorpresa es dolorosa al comprobar que el hijo no viene con los demás y, preguntada su madre al respecto (de una forma bastante impetuosa e impropia de una jovencita bien educada), esta le responde que Edgar está ausente de la casa por encontrarse en la universidad. Jane Austen remata el pequeño cuento diciendo que la muchacha, al enterarse de la noticia, se encerró en su habitación donde comenzó a llorar y siguió llorando el resto de su Vida (la mayúscula es suya). 


Puede parecernos una historia insignificante pero no lo es al leerla, porque contiene tantas dosis de buen humor que nos hace reír. Además, estoy segura de que la alusión a la pena eterna de Emma es satírica porque ¿a quién se le ocurre pasarse la vida lamentándose de la ausencia de alguien con quien no tiene ninguna relación?. El escaso sentido común de Emma va de la mano del de sus padres, también escaso, porque recordemos que en el primer capítulo andaban a la gresca (aunque educadamente) para dilucidar la culpa de que hubieran estado dos años incómodos sin motivo aparente. Las risas continúan cuando se alude a la familia de Edgar que era tan numerosa como para tener que visitar a los vecinos por partes. Ni todos cabían en el carruaje, ni todos podían ser bien atendidos en la visita. ¿Cuántos hijos tenía esta familia? podíamos decir, ¿si en cada visita acudían nueve de sus miembros?

No deja de resultar interesante que habiendo tenido unos padres cabales, los que retrata en sus obras son insensatos, hipocondríacos, despreocupados, diletantes y egoístas. Tanto los padres como las madres, aunque a ellas hay que añadir otros adjetivos, como frívolas e insustanciales. La negativa visión que presenta Austen es un signo de que su imaginación iba más allá de su propia realidad.